Con el perdón de mis amigos islámicos y judíos, confieso que la carne de cerdo me resulta deliciosa. No la que se vende por ahí, carne de chanchos viejos, engordados en jaulas mientras conviertan su asqueroso alimento balanceado en masa corporal (no en carne: en masa, en grasa). Me gustan el lechón niño o adolescente y la chanchita impúber, bichos de 6 a 17 kilogramos, preferidos de los gourmets, los que asan en las parrillas presidenciales. Se los paga hasta $ 90 por kilo, aunque en Palermo se pueden encargar por mucho menos en la carnicería revival Antoñito, de Serrano y Soler: el viejo “mercadito” donde hacia 1920 compraba lomo y verdura la mamá del joven Borges. En cuanto a las virtudes afrodisíacas del cochinillo, son apenas virtuales y sólo suceden en la mente. Como el salmón, la criadilla, el ciervo ahumado, las dificultosas langostas y las tan vulvares y metafóricas ostras, calientan por su precio o su rareza y exclusividad y no tienen más poderes que el de representar el poder acceder a ellos. Lo que en verdad calienta es el dinero y el goce de participar del derroche neocapitalista: un goce antisocial que se ha convertido en eje privilegiado de la sociabilidad contemporánea y de la avaricia presidencial. Hace unas semanas, para eludir el tema de nuestros avaros y obscenos gobernantes, escribí sobre el dios creador de los judíos, el Yahvé que heredaron y traicionaron los cristianos e islámicos de la actualidad. Caprichoso pero sutil, el dios no prohibió directamente al cerdo sino la carne de los animales con pezuña y colmillos, bestias capaces de cavar y proclives a alimentarse de los cadáveres inhumados ritualmente. Ese don de cavar y comer muertos movió a Muhammad a decretar la impureza del perro. Hubo un día en el que el profeta ordenó la matanza de todos los perros a excepción del lebrel Saluki, animal de caza que carece del instinto y de las condiciones para cavar. Ahora es tan difícil que la creciente población islámica de Estados Unidos acepte a los lazarillos, que en Michigan han comenzado a adiestrar caballos enanos que prestan el mismo servicio a los ciegos devotos de Alá. Pero hay que reconocer que la prohibición del cerdo es funcional a los pueblos nómades: ovejas, cabras y vacas se pueden arrear de un lado a otro, pero jamás un cerdo obedecerá al humano ni entenderá al perro pastor. Donde se crían cerdos, la gente se achancha y no quiere migrar porque perdería su riqueza: el chancho sólo funciona estando acorralado. “Acorralado” es una palabra muy querida por el Pepe Mujica, que en un tiempo fue criador de “hacienda porcina”, como ellos dicen mientras rezan para que los asambleístas gualeguaychenses terminen con sus chanchadas.
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