“Llámenme Karamazov”, pudo decir, aunque no dijo, en el momento de levantar el arma.
Porque la levantó para apuntar nada menos que a su padre. Ocurrió el fin de semana pasado en una
casa de Las Toninas, un balneario conocido por su clima familiar (pero el clima familiar no
garantiza que no vaya a existir la violencia; a lo sumo la resuelve como violencia familiar). El
hijo de 17 años le apuntó al padre de 63 con un revólver calibre 22. Acababan de discutir sobre un
tema que no trascendió. El chico salió de la habitación como quien se va a buscar la calma. Pero él
no: él se fue a buscar el arma. Las armas de fuego tienen, respecto de las armas blancas, la
ventaja de que con ellas se puede evitar el contacto; el daño con filo se inflige en el cuerpo a
cuerpo, el plomo y la pólvora permiten ponerse un poco a distancia. No obstante, el hijo se acercó
esta vez para dispararle al padre. Pudiendo gatillarle a unos metros, sin sentir la ferocidad del
impacto y la consecuente conmoción, sin ver el detalle siniestro del visaje de la muerte, prefirió
la proximidad: apoyó el arma en la cabeza del padre. Esa decisión fue tan terrible como la propia
decisión del parricidio; y acaso lo fue más, porque a la crueldad del acto a ejecutar le agregó la
crueldad de la manera de ejecutarlo.
Fue ese mismo ensañamiento lo que al final lo llevó al fracaso. Porque la bala disparada en
la sien no produjo el daño querido: justamente por estar demasiado cerca del blanco, no alcanzó a
tomar velocidad y no mató. Rompió la piel del padre, tocó su cráneo invisible y se desvío sin
remedio de la indudable voluntad del hijo. No fue la indecisión lo que llevó a que ese hijo
fallara, fue el exceso de decisión. De haberle temblado el pulso, de haber cerrado los ojos, de
haber tirado de lejos, habría matado al padre. Pero no le bastó con matar, quiso también palpar la
muerte: paladearla. Y esa gula lo perdió.
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se tiene por demostrado; no se sabe todavía, sin embargo, quién desvía los disparos.
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