El otro día uno de los ministerios del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires me invitó a
participar de un proyecto llamado “La cápsula del tiempo”. En un extenso mail me
informaban que se trataba de una entrevista grabada y creo que filmada en la que debía hablar sobre
cuestiones relativas al Bicentenario. Esta grabación iba a ser parte de otras que se guardarán en
una cápsula hasta ser abiertas durante los festejos del Cuatricentenario; es decir, en el 2210.
La invitación me pareció increíble. No pude evitar que mi imaginación se despertara
enloquecida en busca de imágenes que llenaran este despegue temporal. Mi palabra en el 2210 me
envía por un estallido neuronal a la Argentina que nos tocará vivir en doscientos años. ¿Nos? No
creo. Comencé a hacer cuentas. Debo ser un paranoico irremediable. Calculé cuándo me voy a morir de
mantenerme sano y entero hasta dormirme en un buen colchón. Luego ofrecí la misma suerte a mis
descendientes con lo que ya comencé a angustiarme. En doscientos años, una especie de
“tatarabisnieto” o nieta, escuchará esto que digo sobre los tiempos de mi Argentina, se
enterará de mis impresiones de la Ciudad y del mundo en vísperas del Bicentenario, los problemas
con el entubado del Arroyo Maldonado, la nueva bicisenda de la avenida Santa Fe, el problema de la
inflación y del INDEC, el discurso de la Presidenta en el Congreso, el resultado del partido
amistoso contra Alemania, el próximo libro que deseo escribir, los sismos y los tsunamis, la crisis
en España y Grecia, el estreno de Alicia de Tim Burton, lo ricas que son las empanadas de sábalo
que comí en Rosario, la batalla contra el monopolio Clarín, lo buenos que están los programas 6,7,8
y Qué noche Teté en Radio 10; en fin, los argentinos del 2210 tendrán datos sobre mi vida y la de
mi mundo.
¿Pero quiénes se enterarán? ¿Cómo será la Argentina en doscientos años? ¿Los argentinos tomarán
mate? ¿Cuál será el estado de las veredas? ¿Habrá veredas? Me cuesta hacerme una idea. Entonces
decidí cambiar de estrategia y de rumbo. Fui para atrás y salí a buscar gente que habitaba esta
tierra en 1810 y embarqué a uno en la cápsula sin solución de continuidad hasta detenerme en esta
semana de marzo del 2010. Dejé a mi acompañante en medio de la Ciudad.
Supongamos que traemos a un tal señor Ortiz, empleado de Aduana de la colonia de la Santa
María del Buen Ayre y para facilitarle la estadía, lo hacemos descender en Plaza de Mayo frente al
Cabildo. Dejamos que se arregle solo veinticuatro horas con cincuenta pesos en el bolsillo. Observa
que no hay caballos en la calle, ¿por qué? Las mujeres no parecen mujeres porque se visten como los
hombres. ¿Y los negros? La gente habla raro, no es español. Hay unos cañones que rugen y se
desplazan a gran velocidad que luego paran y la gente se monta en ellos. Todos corren para todas
partes hablando solos con una cosita pegada al oído. Necesita ir al baño. El señor Ortiz tiene
hambre. Entra a un lugar de dulce aroma a comino. Hay empanadas, está a salvo.
Ya no sé qué hacer con este empleado de la Aduana. Mejor termino este relato. Este asunto del
Bicentenario aún no ha comenzado y no da para más. Lo único que faltaba es que nos preparemos para
el Cuatricentenario. ¿Pero no era que el mundo arde y está por reventar por el cambio climático?
Después, antes de dormirme en una calurosa noche de verano, imaginé a un inmigrante
napolitano recién llegado a la ribera en 1910 trasladado por la cápsula del tiempo a nuestro
presente. Este hombre habitante del país del Centenario se pregunta el día de hoy: “¿Qué cosa
é el Bichentenario?”. No entiende la broma que dice que tenemos un gobierno pingüino porque
la familia presidencial viene de la Santa Croce. Don Nicola también quiere ir al baño y tiene
hambre. Huele un perfume a queso y pomodoro e ingresa a una especie de tratoría. Se come una pizza
acodado en el mostrador al lado de Ortiz que está por su segunda empanada en La Americana de la
avenida Rivadavia.
No hay como la cápsula del tiempo reversible para comprender nuestra historia.
Qué pienso del Bicentenario, me preguntan. Por un lado siento que somos un país joven. El
hombre más genial de estos primeros doscientos años se llama Domingo Faustino Sarmiento. Ese es el
testimonio que me hubiera gustado dejar en la cápsula de haber aceptado el convite. No pude
hacerlo, dije que hasta que no volviera de Marte no estaba en condiciones de asumir nuevos
compromisos. No sé si comprendieron el vértigo en el que me encontraba por mi imaginación desatada.
Otra vez será, me juego para el Tricentenario; en cien, podrán contar conmigo.
El mejor es Sarmiento. En estos días leo algunos escritos sobre los superhéroes de los EE.UU.
en estos doscientos años. Ellos también son jóvenes. Escucho lo que dicen Gore Vidal, Edmund
Wilson, Garry Willis, Edgard Lee Masters, gente de gran peso intelectual, de los próceres de la
nacionalidad como Washington, Jefferson, Franklin, Lincoln. Los han bajado del pedestal a
piedrazos. Pero lo que queda no es una ruina, por el contrario, se yerguen grandes hombres de carne
y hueso. Un Jefferson con su hacienda de esclavos que defendía una Constitución racista y timócrata
que estimaba que un negro equivalía a tres quintos de un hombre, por la que la votación de los
propietarios de tierras se multiplicaba con su voto personal más un sesenta por ciento de un voto
por esclavo de su propiedad. Un propietario sureño con sesenta esclavos vale treinta y siete votos
(tres quintos de hombre por esclavo más el voto personal) frente a un único voto de un blanco del
norte que no tuviera esclavos. Todo, en nombre del principio de que todos los hombres nacen
iguales. El gran padre Abe, Abraham Lincoln, tenía el plan de enviar después de la Guerra Civil a
todos los negros a la Gran Cartagena de Indias porque pensaba que la convivencia entre negros y
blancos era imposible. Las estatuas de los fundadores tienen moho.
Sin embargo, la historia es la política del pasado, y la lucha por el poder y el amor a la
patria no deja a los hombres como ángeles. Por eso son grandes, por lo que hicieron con sus vidas
frágiles, fisuradas y exigidas por situaciones adversas.
No sé en qué momento nosotros los argentinos veremos a nuestros epígonos como hombres y no como
excusas para nutrir nuestras necesidades ideológicas. La musa Memoria se lleva todo. Pero no es una
virgen. Por el contrario, no hay divinidad más usada, abusada y gozada.
Pensar a Sarmiento en un San Juan en el medio de la nada, pueblo sin destino custodiado por
frailes y hacendados armados, a este joven soñando un país enorme, una especie de neverland con
telégrafos y chimeneas, vías férreas, barcos y puertos, laboriosa y próspera, habitada por gente de
todo el mundo, con escuelas y universidades para hombres y mujeres; este hombre maestro de la
palabra y guerrero político, nuestro gran periodista, escritor, educador, magullado por
contradicciones como todo grande; quizás una vez subidos sobre sus hombros nosotros, los enanos,
podamos ver lejos si aún no hemos perdido de vista el horizonte. Aún creo que podemos
intentarlo.
*Filósofo (www.tomasabraham.com.ar).
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