Historias viejas. ¿Qué estaba haciendo allí? Veía pasar los grupos de unos cincuenta a
doscientos manifestantes y todo me recordaba al abril de 1982 y a las primeras manifestaciones de
apoyo a Galtieri y su aventura de Malvinas. Recordé la noche en que, desde la ventana de un bar de
la misma calle Corrientes, vi pasar decenas de millares de personas –de otra clase,
predominantemente clase media– y entre ellas descubrí a tres amigos y conocidos y a tres
contertulios de mi mesa de La Paz. Entre los conocidos –marco sus iniciales- estaba F. con
una escarapela y junto a una mujer fea que debía ser su esposa. Estaba el gordo O., que marchaba
solo y como zombie, sacudiendo una pequeña bandera argentina de papel o de plástico, y estaba
D., que se movía en un grupo de saltarines jóvenes.
F. era un simpático oficial de la Federal que nos vendía cocaína y que, años después, cuando
apareció en una lista de integrantes de la Triple A comprometido en el asesinato de Ortega Peña,
nos explicó por qué conservaba su cargo y su prestigio en la fuerza a pesar de ser un drogón más
zarpado e incontrolable que nosotros, sus clientes, que no éramos gente de fiar.
El gordo O. había sido el director de una financiera de los tiempos de Martínez de Hoz que se
fugó con su secretaria y toda la plata de sus ahorristas y ahora reaparecía sin temor a cruzarse
con un damnificado.
D. había estado dos meses secuestrado y muy castigado en el cuartel Patricios y después pasó
largo tiempo preso en Devoto y en Caseros. Ex periférico del ERP 22, ahora simpatizaba con el MAS
de Zamora y Nahuel Moreno.
A semejanza del cana F. y a diferencia de O., mis tres contertulios participantes de la
marcha lucían enormes escarapelas patrias. Eran Marcelo Moreno, ahora columnista estrella de Clarín
y por entonces secretario de Cultura del pasquín masserista Convicción; Alejandro Horowicz, hoy un
distinguido académico de economía, por entonces era coordinador de la página económica de Clarín,
supervisado políticamente por Rogelio Frigerio y tolerado pese a su carrera de militante de la
izquierda revolucionaria, a menudo puso su vida en peligro, y la Feigele –pajarito en
iddish–, periodista brillante que por entonces dirigía una revista de cocina, vinos y
frivolidades fundada por Brascó, y una mujer progresista reconocida por esa inteligencia que
siempre la preservó de caer en el feminismo.
No olvido la pasión con que, días después, el joven Horowitz nos explicaba en la mesa de La
Paz las razones de su compromiso con la gesta de Malvinas y su certeza en el inexorable triunfo de
nuestras tropas. ¡Y todo eso fundamentado en el cuadro de situación internacional de la lucha de
clases y el escenario de la crisis del imperialismo!
La marcha del jueves. Debió haber 25.000 personas. Mi cuenta surge de dos modelos.
El modelo más fiable es el del cómputo de los pequeños bloques que compusieron la columna que
marchó de Congreso a Tribunales. Había bloques de veinte o treinta manifestantes, otros de
doscientos, unos pocos de una docena, y cuatro o cinco de trecientos o poco más. El cálculo
estadístico de la mediana me indicó un promedio de setenta y cinco miembros por bloque que bien
pudieron ser de cincuenta o cien personas. El recorrido de la larga fila me dio no menos de 300
agrupamientos. La estimación de curiosos participantes –gente aislada, la mayoría apartada en
cordones y veredas– era no menor a un quinto del conjunto. Calculé 18.000 distribuidos en
grumos o bloques y otros siete mil repartidos en grupitos de cordones y veredas.
Otro modelo midió la compacidad de las filas de manifestantes en la avenida Callao –más
compactas– y en Corrientes y sus dos paralelas, más laxas. En la parte compacta se
verificaban 40 personas cada dos metros (unas veinte por metro) lo que me dio dos mil personas por
cuadra en la zona compacta de cinco cuadras y mil para la zona laxa de ocho cuadras. La suma de la
columna central se acerca a los 18.000 manifestantes ordenados, a los que hay que agregar unos
cinco o diez mil que accedieron con sus bloques por calles laterales y unos dos mil que fueron
directamente a Tribunales sin pasar por el Congreso.
Los dos cálculos coinciden entre un mínimo de 16.000 y un máximo de 34.000. Son cifras más
consistentes que este texto redactado a los apurones previos al cierre de la edición. Digamos, por
ahora, que hubo 25.000, lo que es mucho para una ciudad absolutamente despolitizada.
Grumos, brumas y motores. Esta crónica la paga generosamente PERFIL. Si la pagase Clarín,
apostaría a que no hubo más de 12.000 personas. Si la pagase el Estado, o –lo que es casi lo
mismo, el reducido núcleo que rodea a Kirchner y su Frente para la Victoria–, estimaría entre
cuarenta y cincuenta mil personas. Pero los números carecen de importancia. Aquí lo que vale es el
poder medido no por la cantidad, sino por las propiedades del conjunto que la mide.
Agrumados: las verdaderas movilizaciones políticas se caracterizan por integrar en la masa a
personas indiferenciadas, unidas sólo por una consigna común, sin distinciones de ningún tipo. Los
grumos de esta manifestación, en su mayoría –estimo yo que fueron no menos de 150 bloques de
personas–, respondían a cortes ecológicos: zonas de la división en partidos y barrios del
conglomerado de Capital y Gran Buenos Aires, y secundariamente, dentro de esos barrios y partidos
suburbanos de zonas de influencia de movimientos políticos y de punteros. En no menos de la quinta
parte de los carteles de cierta magnitud figuraba alguna firma: la de un puntero político, la de un
concejal o un intendente o la de un mayorista distribuidor de planes sociales. Poquísimos de estos
grumos obedecían a líneas políticas identificables por propuestas diferenciales pese a su
subordinación al orden de la transversalidad: CTA, Juventud Sindical Peronista, Partido Comunista,
los trotskistas o ex trotskistas del MST y alguna otra apenas más trascendente que un sello de
goma.
Abrumados: los primeros grupos en partir de Congreso hacia Tribunales, y los primeros en
abandonar la concentración, aun antes del cierre del acto y de los discursos que ni se oían,
parecían abrumados por el cumplimiento de un deber cívico que no les interesaba. Serían los míticos
manifestantes por el choripán, pero no había choripán y no venían para eso sino por lealtad a quien
los hubiera convocado. Predominaban entre ellos familias, –muchas con bebés– y parejas
y tríos de mujeres mayores de sesenta años. Todos contaban con sus medios de transporte en los
doscientos o trecientos ómnibus que confluyeron a la zona y se distribuyeron en un radio de quince
manzanas alrededor del centro. En esos grumos abrumados no se registraban cánticos, consignas ni
señal alguna de entusiasmo. Sus pancartas y carteles eran sostenidos por hombres o mujeres jóvenes
que lo hacían como posando para una foto de Clarín, mostrando eso que César Aira llamaría un
abnegado fastidio.
Motorizados: un mínimo de 100 y un máximo de 300 ómnibus rodeaban la zona. No eran la clase
de micros precarios que andan por los barrios o se usan para transporte escolar o de hinchadas de
fútbol: más de la mitad de los que pude ver de cerca eran unidades con aire acondicionado,
cubiertas nuevas y pintura intacta. En Congreso conté dieciséis coches cama de dos pisos. Sobre
Carlos Pellegrini se enfilaban cinco iguales, aunque más lujosos. Casi todos ellos, de líneas de
transporte, como Chevalier, y otros pertenecientes a agencias de turismo radicadas, según sus
inscripciones, en partidos del interior de la provincia de Buenos Aires. Vi uno de Puerto Deseado
y, al comenzar el acto central en el que faltó un buen sistema de sonido, pensé que unos cincuenta
habrían viajado durante doce horas para nada. O solamente para hacer bulto. Esos abultadores son
parte de nuestra realidad. Llenan las listas de escritores, de premios municipales y pensiones
graciables o de guerra, y engordan las listas de “abajo firmantes” de las solicitadas.
Allí eran a lo sumo la tercera parte de la concurrencia. Son gente que, tal como hoy apenas
abultan, mañana, en otras condiciones, pueden aprender a manifestarse y darles una sorpresa a los
que durante tanto tiempo los usaron sólo para sumar.
Bultos. Si un tercio o, en el peor los casos, la mitad de la concurrencia se limitó a
abultar, el resto –yo apostaría a que siete de cada diez manifestantes– participó
emocionalmente de la marcha y la concentración. ¿Quién es esta gente que no se vio, por ejemplo, en
las movilizaciones antisojeras? Decidí llamarlos “los hijos del reflujo”. Son
kirchneristas de siempre que finalmente salen a la luz a causa de esos pocos puntos de recuperación
de imagen que consiguió el Gobierno y por los muchos puntos que semana a semana y papelón tras
papelón va perdiendo la oposición. La oposición: una entidad que, como esta masa de abultadores de
identidad precaria, es producto de la conducción de Néstor Kirchner.
Patético, yo. A medianoche leí por Internet un comunicado que anunciaba que habían
participado trescientas organizaciones. Patético, yo, me alegraba de la coincidencia entre la cifra
y mi cálculo de grumos o bloques de público. Patético también el movimiento transversal K, que
parece enorgullecerse de su colección de sellos de goma de los cuales el noventa por ciento no
representa más que a pequeños círculos creados ad hoc y que en la marcha estuvieron representados
por diez, veinte o treinta activistas. Debió haber representantes de la famosa Carta Abierta, pero
no llegué a verlos en la columna ni entre los oradores, en los que figuró como artista invitada la
filósofa y excelente folclorista Liliana Herrero, esposa del director de la Biblioteca Nacional. A
falta de Carta Abierta, a última hora ingresó a la plaza Lavalle un ómnibus destartalado y decorado
con chatarra, con carteles que lo identificaban como perteneciente a Carta Popular y cargaba en el
techo un par de actores o mimos representando algo que a nadie le llamó la atención. Patético el
bloque de unos veinte manifestantes que sostenían un cartel que los identificaba como
“Autoconvocados de Facebook”. Patéticos los dos militantes que sostenían una pancarta
de color naranja del Partido Humanista. Eran hombres grandes: tal vez los únicos que quedan
del grupo fundado por el inolvidable Silo. Patéticos los dos bloques o grumos de admiradores de la
antigua URSS agrupados bajo sendos carteles que los identificaban como representantes del viejo y
glorioso Partido Comunista. Eran muy poca gente –dos grumos que sumarían ciento cincuenta
personas– y fueron los últimos en partir de Congreso. Patética esa señora de aspecto
distinguido que recorría la marcha a contramano, sola y levantando una hoja manuscrita que decía:
“Antes nos secuestraban los hijos, ahora a nuestras palabras”, evocando una metáfora
parecida que alguna vez usó la presidenta Cristina. Lo más patético, el último bloque que ingresó a
la plaza por Lavalle: eran seis hombres y su mujeres cuarentones y cincuentones de pelo blanco que
sostenían bien por debajo de sus cinturas un cartel extendido a todo lo largo de la calle que los
identificaba como miembros de la Asociación de Abogados de Buenos Aires. El grupito dejó que los
que iban delante tomasen distancia y se detuvo durante media hora junto a la esquina de Talcahuano.
Estaban posando para las fotos. “Contentos como opa en sulki”, dijo un santiagueño
salido de una columna juvenil peronista, una de las pocas que entonó la marchita. El fotógrafo de
PERFIL se entretuvo un buen rato tomándolos desde diferentes ángulos. Jamás vi a un opa en sulki
pero, a la vista de estos doctores, lo imaginé muy feliz. A medianoche, googlié la asociación y
aprendí que nuclea a cinco mil de los cincuenta mil abogados de la matrícula porteña, de modo
que esos once felices representaban el 0,2% de su membresía. No patética, sino conmovedora, la
escena de Plaza Lavalle: mientras hablaba la señora Bonafini, vi dos parejas de hombres y mujeres
gordos, cada una con su bebé junto a un paquete de lona desenvuelto en el que se veían termos,
mate, sándwiches, pañales, yerba y cuatro panes. Los dos hombres y una de las mujeres dormían
sentados en el piso pero apoyados en un banco. La otra mujer, soñolienta, amamantaba a uno de los
bebés y miraba en derredor como buscando a alguien. La gente ovacionaba a su Hebe y coreaba:
“¡Patria sí, colonia no!”. Mientras, una parte del público cantaba el Himno siguiendo
las voces junto a Teresa Parodi y la profesora Herrero, un grupo de mujeres jóvenes y muchachitos,
tal vez familiares, se acercó a la mamá, alguien besó al bebé y los muchachitos despertaron a los
varones armaron su paquete y salieron en busca de su ómnibus. El acto había terminado.
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