Esta página de PERFIL de hoy, se estará imprimiendo cuando toda la zona de los festejos del
Bicentenario en el Centro de Buenos Aires comience a despejarse de los residuos que dejó la
imponente presencia popular.
Una semana después de las emociones, la rutina ya campea de nuevo sobre calles y veredas. El
paisaje recupera su aspecto tradicional, en el contexto habitual de ruido abrumador y ajenidad
tenebrosa que se respira en toda gran área metropolitana.
¿Cómo se habrá digerido y qué habrá quedado de ese entusiasmo que centenares de miles de
seres humanos expresaron para celebrar dos siglos de nacionalidad argentina? Imposible saberlo,
pero no cuesta ni es imposible postular que los festejos, más allá de su costo desorbitado para un
país con los niveles inaceptables de pobreza e indigencia que caracterizan a la Argentina, han
servido ahora de fuerte elixir para revitalizar a las actuales autoridades.
Nadie puede pronosticar a ciencia cierta, dada la proverbial volatilidad argentina, que estas
mieles de mayo de 2010 se mantendrán intactas en octubre de 2011, pero es evidente que mucha gente
se ha expresado con noble y plausible optimismo en las calles, exhibiendo una fuerte corriente de
esperanzada confianza en el país. Esto no sólo no es malo, sino que es muy bueno.
La mera constatación de que una sociedad se aleja prudentemente del nihilismo venenoso que
produce su autodestrucción, como sucedió en 2000/2001, provoca alborozo. Que esto suceda en la
Argentina lo es más aún, porque otrora nuestro país ha sido generador de colosales desmadres de
efusividad necia, súbitamente mutados en ominosos espasmos de negrura existencial.
Debería evitarse incurrir en diagnósticos demasiado concluyentes, no importa desde qué mirada.
Cuando uno se para ahora mismo en el centro de la pista de aterrizaje de la riojana Anillaco,
desolada y barrida por el viento y a la que le han robado hasta las balizas demarcadoras, sólo
escucha la desnuda soledad de la naturaleza y asume en su elocuencia el carácter provisorio de toda
gloria.
Al margen de los presagios victoriosos que con llamativa rapidez se dispararon desde el
Gobierno y otros ámbitos satisfechos con este estado de cosas, nada puede entenderse sin antes
advertir que ese gentío pacífico y feliz que navegaba plácidamente en un jubileo de 96 horas con
todo pago, tiene todo el derecho del mundo a sentirse bien y despreocuparse de todo lo demás. ¿Por
qué no podrían sentirse así?
En este punto, impresiona que el martes 25, cuando los colectivos y subtes de Buenos Aires no
daban abasto porque no se cobraba pasaje, mucha gente creyera que estaba viajando
“gratis”, esa palabra mágica y clave de mucho de lo que hemos hecho y seguimos haciendo
los argentinos. Pero, ¿fue acaso gratis viajar el 25 de mayo en Misiones o en Chubut? Lo ignoro,
pero a nadie le importa mucho, como tampoco se razona quién paga lo que se brinda sin pedir nada a
cambio.
Es como si en un rincón remoto e irreductible de nuestra condición nacional, un alma infantil
gozara con las golosinas y se devorara los cucuruchos, sin interrogarse de dónde vienen y quién los
hizo posible. El transporte del 25 fue “gratis”, sí, pero sin embargo alguien lo pagó,
algún papito azucarado con billetera gorda y estrategia resuelta.
Es buena la felicidad y es impopular la preocupación. En los años ochenta se instaló con
fuerza, en unos medios liberados de la censura del pasado, la noción de que la gente reconcentrada
o excesivamente recelosa era una colección de caras-de-culo, los célebres “caracúlicos”
que patentó una figura entonces rutilante, Raúl Portal, desde el mismísimo canal oficial de TV. Lo
“caracúlico” fue un diagnóstico lapidario como herramienta eficaz para opacar o
directamente descalificar a personas, supuestamente amargas, sombrías y empapadas de mala onda (la
“patota cultural”), cuya única pretensión era advertir que no existe tal cosa como un
almuerzo gratis.
Los “caracúlicos” eran y son, en promedio, gente preocupada por confrontar y
resolver las lacras sociales más acuciantes, convencida de que el adolescente barullo entusiasta
que soslaya ponerles cimientos verdaderos a las condiciones de posibilidad de un país más justo,
equitativo, próspero y salubre, inexorablemente termina precipitándose al abismo de las depresiones
más devastadoras.
Una agresiva y virulenta cruzada contra ese supuesto “caraculismo” se evidenció
ahora, tras los fastos del Bicentenario. Era previsible. Gozar del placer es sano y legítimo. El
carnaval exalta y revitaliza. Hasta que, cuando llega la hora, los disfraces se arrugan y el
maquillaje se volatiliza.
En tiempos de escuálida robustez moral, la supuesta cara de culo de quienes, escépticos,
sospechan de esta fiesta no debería determinar que sean crucificados por mero ejercicio de
agnosticismo ideológico. Después de todo, uno de los selectos invitados especiales de la Presidenta
que ascendió por la alfombra roja de la Casa Rosada la noche del 25 de mayo de 2010, escribía en
julio de 1979 (Videla presidente) en una importante revista extranjera:
“Bajo el sistema de libre empresa: la Argentina, con su economía nuevamente prosperando
atrae las inversiones extranjeras de todo el mundo. (…) El terrorismo marxista internacional
llevó a cabo una de sus más intensas campañas en la Argentina entre 1973 y 1976, provocando la peor
crisis económica en la historia de la nación. Cuando, en marzo de 1976, las autoridades militares,
respondiendo a una extendida presión pública, se hicieron cargo del gobierno, la nación estaba a
punto de colapsar. (…) Cuando llegó al poder en 1976, el nuevo gobierno heredaba una
inflación salvajemente descontrolada. Además, el país estaba convulsionado por un caos social
provocado por la falta de autoridad del gobierno anterior y victimizado por una serie de crímenes
terroristas. La oleada terrorista no había sido plenamente comprendida en los círculos políticos
internacionales. Poco sabía de los asesinos, torturas, extorsiones y amenazas terroristas.”
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