¿Quién dijo que mentir es malo? Las mentiras nuestras de cada
día, dicen los que saben, muchas veces
son necesarias. Y es imposible abstenerse de ellas.
En la política y en los medios, las mentiras
tienen patas cortas. Pocos pueden olvidar
el falso título de Juan Carlos Blumberg, o
de la
ideal noche
de pasión que vivió el fubolista Rolando Schiavi con la actriz Sandra Bullock, y algunos
tendrán frescas
las 100 mentiras de los Kirchner o
recordarán cuando hace poco
Aníbal Fernández dijo que Nicole Neumann es una
mentirosa. Pero mentir no siempre es algo malo o, al menos, eso creen especialistas y
mentirosos.
“
Es imposible no mentir. La antigüedad de la mentira en el ser
humano es la misma que la de la verdad”, asegura Adriana Guraieb, miembro de la Asociación
Psicoanalítica Argentina (APA) y
full member de la Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA). Y explica que las mentiras no son necesariamente
dañinas, y que por el contrario,
suelen “ser necesarias”.
“No tiene que ver con la mentira, sino
con la intencionalidad de la mentira. Por ejemplo, podríamos decir que un
escritor, que inventa historias en sus escritos, es un recontra mentiroso, pero lo hace con un fin
importante para la literatura y la cultura. En cambio, un delirante que construye un mundo irreal
para dañar, no tiene un buen fin en sus mentiras”, señala la especialista.
Guraieb explica que hay distintos tipos de mentiras.
“Están las mentiras que funcionan como un
mecanismo de defensa, que surgen como una necesidad, ante una posible amenaza real
o fantaseada... de perder nuestro lugar, nuestro prestigio, nuestra relación sentimental. Pero
también mentimos
para eludir responsabilidades, para gustar, agradar, salvar nuestra imagen o ser
aceptados”, señala Guraieb.
“O mentimos porque nos gusta dar una buena imagen, y así
enmascaramos nuestros defectos o mostramos sólo lo mejor. O tal vez para evitar un castigo”,
agrega la psicoanalista. Y añade que también existen las mentiras llamadas
“protectoras”, para cuidar, por ejemplo, a un enfermo, que si se entera, capaz le
afecta peor la noticia.
Además, la búsqueda de artilugios para “mentir bien”,
es decir, para que el otro “se la crea”,
permite también el desarrollo de la creatividad. “Mentir, miente cualquiera,
pero mentir bien supone inteligencia para tener el conocimiento cabal de la verdad. Supone, además,
entender qué es lo que el otro quiere escuchar, o mejor dicho entrar en la mente de quien escuchará
la mentira. Esto convierte a la mentira en
un hecho creativo, y no hablo de las intenciones que pueden ser sublimes o dañinas, hablo de
lo que hay que tener para
mentir con convicción”, indica la especialista.
La mentira como una forma de creatividad parece la excusa
perfecta para los mitómanos, pero la idea ha sido fundamentada. “Hace poco, una investigación
de la Universidad de Toronto, Canadá, señalaba que los chicos que saben decir mentiras
tienen mayores probabilidades de prosperar en su vida de adultos”.
Además la licenciada ofrece otro dato llamativo, que obtuvo de
una encuesta que realizó el diario británico
Daily Mail:
"
En promedio, decimos cuatro mentiras por día, lo que en toda nuestra vida sumarían, aproximadamente, unas
100.000”.
Los
mentirosos
. “El acto de mentir está mal visto. Pero decir que uno no
miente es la mentira más grande que hay. Es imposible no mentir. Aunque sea en tonteras”,
asegura Juliana Aguirre, de 34 años, que vive en el barrio porteño de Belgrano. Y dice que ni
podría, ni siquiera, hacer un inventario por día de sus “mentirillas”, porque perdería
la cuenta.
Lo mismo dice José García, de 27 años. “Creo que nadie
puede no mentir. Pero también creo que hay diferencias entre mentir piadosamente y mentir con ánimo
de
joder (sic) a alguien. Ahí se pone en juego el engaño. Y
el engaño, sí, es mucho más cuestionable. Aunque creo que todos, en mayor o menor
medida, engañamos alguna vez”, afima el joven cineasta, que vive en el barrio de
Boedo.
Fabián C., un ingeniero de 52 años, dice que la mentira no sólo
“existe en la vida cotidiana de todo el mundo”, sino que “es necesaria”. Y
ejemplifica: "
Nunca le contaría a mi mujer que estuve con otra mujer, aunque sospeche, se lo
negaría a muerte. Salvo que quiera lastimarla a propósito o separarme de ella. Hay mentiras que son
necesarias y fundamentales para cuidar al otro”.
(*) De la redacción de
Perfil.com