Hace algunas semanas leí en la revista Ñ un interesante artículo llamado “El idioma de los negocios prontos”, firmado por Guido Carelli Lynch. Escrito con una prosa inteligente y tono crítico (atributos ausentes en casi todas las otras secciones del mismo diario), la nota se preguntaba: “¿Cómo se hace un best seller?”. Pero además de intentar dar una respuesta a esa cuestión, el texto se detenía en algo más sutil y a la vez central, que remite a la función del best seller en el mundo editorial y en el ámbito cultural en general.
Al comienzo del artículo, escribe Carelli Lynch: “Los best sellers son los encargados de sostener la maquinaria, de sentar el precedente y la jurisprudencia básica para verificar cuál es la medida del éxito. La producción de esa batería constituye ya no un mal (literario) necesario, sino definitivamente una presencia imprescindible, porque no es otra cosa que la prosa cursi de Isabel Allende la que financia la voz (…) siempre al borde del Nobel de Antonio Lobo Antunes, y son las verdades de perogrullo de Bernardo Stamateas las que ayudan a sostener un catálogo como el de Emecé”.
Y más adelante, Ignacio Iraola, “director editorial del coloso Planeta, en Argentina”, vuelve sobre la cuestión de un modo cercano a la honestidad brutal: “Los mega best sellers –mal vistos por la intelligentzia– son los que permiten publicar apuestas editoriales, que en muchos casos son de algún integrante de la intelligentzia. Muchas veces un best seller financia la publicación de gustos editoriales. Y está perfecto que así sea”.
Varios matices me separan de la frase del director de la colosal editorial: tratar a los intelectuales bajo el término –tan trillado, además– de intelligentzia remite a una concepción populista (de mercado) y antiintelectual que me desagrada profundamente.
A la vez, suponer que publicar buena literatura son simples “gustos editoriales”, como quien se da una gratificación (comprarse un plasma para ver los partidos) o confiesa un hobby (seguir cursos de cocina molecular), informa mucho sobre el lugar de los buenos libros en el mercado literario y su destino final (la mesa de saldos). Sin embargo, más allá de señalar sus impensados, comparto la perspectiva de Iraola, al menos en su aspecto sustancial. El de los best sellers no es un fenómeno tan importante (ni tan complejo), ni vale la pena detenerse demasiado en ellos ni, muchos menos, ejercer la crítica desde la indignación, la diatriba moral o la queja resentida.
Si hay algo que me resulta indiferente, son los best sellers. Si sus pingües ganancias permiten subvencionar las novelas que escriben mis amigos, mejor. Y si eso no ocurre, pues mala suerte. Nunca entendí por qué los buenos escritores, los editores arriesgados, los intelectuales críticos o, simplemente la gente como yo –tan sólo un lector– prestan tanta atención a la discusión sobre los best sellers.
Porque donde sí hay que detenerse, donde sí hay que ejercer la crítica, aun a riesgo de la soledad, la incomprensión y hasta de ser objeto de sorna y de violencia, es en la parte menos pensada de la frase de Carelli Lynch: aquello que se financia con las ganancias de los Stamateas y las Allende. La discusión no debe ser con los best sellers, sino con lo que habitualmente se llama “literatura de calidad”. El problema no son los best sellers sino las novelas bien trabajadas, pulcras, prolijas, sobrias e incluso, a veces, hasta inteligentes, que desfilan (en los catálogos, en las librerías, en los suplementos culturales) como si fueran literatura crítica, inconformista, renovadora. A mí me preocupa más que se piense que Paul Auster, Sandor Marai o Haruki Murakami son grandes escritores, que lo que venden Majul o Pigna. Pero tal vez sea ya una discusión perdida.
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