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Recuerdos de Afganistán

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Por Tomás Abraham | 23.07.2010 | 23:41

Una publicidad en el New York Review of Books del libro recientemente editado My life with the Taliban de Abdul Salam Zaeef llamó mi atención por los comentarios elogiosos y las entusiastas recomendaciones de sus primeros lectores. Una vez encargado y recibido comencé a leer el libro de quien fue embajador talibán en Pakistán en el año 2000, y prisionero en Guantánamo de 2002 a 2005. Zaeef hoy vive en Kabul, retirado de la vida política, reinvindica su condición de talibán de Kandahar, cree que los norteamericanos están haciendo un desastre en su país, está en contra de la guerra, de la violencia, del fanatismo religioso, pero sigue siendo un musulmán devoto y fiel a su historia. Hombre joven, nacido en 1968, comenzó su acción militar a los quince años en la resistencia contra la invasión soviética. Fue liberado de la cárcel de Guantánamo por ser declarado inocente de crímenes de terrorismo y a pesar de no haber firmado una declaración en la que debía confesar su militancia en Al Qaeda, organización a la que dice nunca haber pertenecido.

Conservo como un ejemplar incunable un número de la revista Le Temps Modernes, fundada por J.P. Sartre, del bimestre junio-julio de 1980, dedicada a Afganistán. Una serie de trabajos sobre la invasión soviética se suman a aquellos que informan al público lector sobre la historia del país, sus costumbres, lengua y economía. El editorial que lo presenta dice: “Los acontecimientos de Kabul vienen a confirmarnos con crueldad la muerte de nuestras ilusiones. Han sido enterrados definitivamente los después de todo que protegían aún con fragilidad nuestras esperanzas: la URSS, era después de todo socialista, nos era necesario después de todo llamar socialista a ese monstruo que se devoraba a sí mismo”.

Afganistán que seguía a Camboya y anunciaba a Polonia en el despedazamiento moral del socialismo de Estado y de las esperanzas comunistas que lo sostenían, se anunciaba como el nuevo Vietnam. Esto se decía hace treinta años.

En los comienzos de la década del setenta cruzo la frontera entre Irán y Afganistán para descubrir lo que se llama Medio Oriente. Conocía Israel, Marruecos, había viajado meses por Turquía e Irán, pero el perfume de las mil y una noches recién aparece en Herat. Ancianos sentados bajo el techo de una pequeña tienda fumando una enorme pipa de agua. Turbantes y barbas. Olores. Silencio y música lejana. Calles de tierra. El tiempo es el del misterio. Se interrumpe la aceleración que mide el ritmo urbano. La ciudad de Teherán del régimen del Sha mezclaba Occidente con arcaísmo, Turquía era un borbotón caótico de gritos y bocinas, aquí, en esta primera ciudad de Afganistán, la cortina temporal se abría a otro mundo. Un mercado sucio, con más moscas que carne, una habitación sin muebles de paredes blancas y ventanas atentas al salmo religioso. Hashish. Corderos, perros.

La noche se interrumpía con la luz tenue de un fuego. La media luna y la estrella eran reales. Con pasos sigilosos y rápidos caminaban las mujeres cubiertas totalmente con su burka. Una rejilla a la altura de los ojos era el único contacto permitido entre el interior velado y el exterior. Ni siquiera se podían ver los ojos negros, brillantes e inquietos de otras tradiciones árabes. Creo que es la mirada de la gente lo que marca el corte de esta cultura con la otra, la nuestra, la que llegaba hasta este borde geográfico. No hay curiosidad, hay secreto, no se busca lo nuevo, se oculta lo propio. Los ojos no preguntan, se abisman hacia adentro.

La ruta a Kabul estaba dividida en dos. La primera parte era de un asfalto gris oscuro, construida por los norteamericanos, la segunda mitad era de una piedra clara, fabricación soviética. La furgoneta se me quedó varada en el camino, de noche. Me habían advertido que de las laderas de la montaña bajaban bandidos a caballo. Ya en Dogu Bayazit, en la frontera entre Turquía e Irán, no pude salir del pueblo un par de semanas porque estaba rodeado por bandidos –palabra extraña, infantil–.

Kabul ya era diferente, vivía el caos de un sitio de encuentros apurados, todo el mundo recorre la ciudad polvorienta para cualquier lado. Un café central parecido a los que conocemos en las rutas argentinas al lado de estaciones de servicio. Disentería, hospitales con pasillos repletos de gente sin atender. El líquido de la Coca-Cola era verde. Mucho kebab en la calle, pinchitos de carne oscura y diminuta. Vendí la camioneta por doscientos dólares a un señor pakistaní luego de varias reuniones en la que participaban personajes con aires de importancia que oficiaban de intermediarios. Fue una negociación lenta que duró quince días.

Se compraba cocaína en las farmacias. Nunca entendí por qué en las casas de cambio del mercado negro el valor del dólar era inferior al oficial. Todavía había un rey. Salam Azeef habla de una época feliz, de un Afganistán vivible, visitado por turistas jóvenes, como yo.

Hoy el país está en vísperas de una guerra civil. EE.UU. no tiene una estrategia respecto de su futuro accionar en la región. La cambia de acuerdo a sus fracasos. Envía nuevas tropas a la vez que anuncia futuros retiros de efectivos. Hay además una guerra cultural que no favorece las negociaciones políticas. Occidente tiene una ofensiva de predicadores de los derechos humanos que creen que la libertad se logra con bombas, insultos y arrogancia. Se desconocen las tradiciones y los tiempos de cambio social en las otras regiones. No se toman en cuenta que en lugares en los que dominan fundamentalismos crueles se llevan a cabo resistencias de hombres y mujeres de la misma cultura que no por eso comparten los valores de raíz europea. Además, en la favorecida Arabia Saudita las mujeres no viven más libres que en la condenada Irán.

Nuestra civilización vive su propio desafío. Desde la revolución gloriosa inglesa, a la norteamericana y francesa, nuestra visión se apoya sobre una idea de lo que define la célula social: el individuo. Desde el hábeas corpus a la libertad de conciencia, los ideales de solidaridad y fraternidad, descansan sobre la sacralidad del individuo. La mayoría de las culturas tienen otra tradición. Etnias, clanes, tribus, familias, jerarquías, tienen características diferentes a la nuestra. Su posibilidad de cambio y de liberación respecto a la opresión de sus minorías y géneros, no transitan por nuestros carriles. En Irán, Afganistán, Irak, existe una diversidad de grupos que buscan su espacio. Por lo general, no tienen mucho que agradecerle a este Occidente que los ha usado, abusado, explotado y robado.

Afganistán fue el enclave para que rusos, ingleses, turcos y ahora norteamericanos, masacraran a su pueblo. La ignorancia no ayuda. Zbigniew Brzezinski –el consejero en política internacional de Jimmy Carter– dice en la revista Foreign Affairs de enero de este año: “Entre los países democráticos, EE.UU tiene uno de los públicos menos informados en lo relativo a los asuntos globales. Muchos norteamericanos, como lo muestran los artículos sobre el tema de The National Geographic, no están familiarizados con lo más básico de la geografía mundial. Tampoco lo están con la cultura y la historia de otros pueblos. ¿Cómo pueden tener la más elemental comprensión de lo que pasa en Afganistán y Pakistán y de los dilemas que afrontan los EE.UU. con semejante desconocimiento de lo que sucede allí?”


*Filósofo www.tomasabraham.com.ar

 
 

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