Hace un par de días, con un amigo, recordábamos declaraciones de Maradona sobre Bilardo a lo
largo de los años que llevan de conocimiento, sobre todo desde 1986 hasta la actualidad. Recordemos
que en 1983, cuando Julio Grondona –tercer vértice de este triángulo más célebre que eficaz
para la Selección argentina– designó a Bilardo como entrenador en reemplazo de César Menotti,
el entonces ex entrenador de Estudiantes se tomó un avión a Barcelona, tocó el timbre de la casa de
Maradona y le dio la cinta de capitán. “Vos sos irreemplazable, voy a armar un equipo para
vos.” Tres años más tarde y habiendo superado un complot de la Secretaría de Deportes del
gobierno radical de entonces (cuyo titular era Rodolfo “Michingo” O’Reilly, un ex
rugbier), Bilardo y Maradona giraban de felicidad en el césped del Azteca de México y Grondona
observaba cómo su obra más grande llegaba a la cima.
El jefe le había puesto el cuerpo al ataque estatal que se desató sobre el equipo un par de
meses antes del Mundial de 1986. Aquellos triunfadores de México quedaron en el póster, las fotos y
las imágenes que se extendieron hasta cuatro años más tarde. El final fue con las lágrimas de Diego
empapando su ya empapada camiseta azul de la final perdida con Alemania en Italia ’90, con
Bilardo dejando su lugar a Basile y con Grondona convertido en una máquina de acumular más y más
poder; más y más socios poderosos; más y más negocios y más y más riqueza.
Los caminos se trifurcaron. La carrera de Diego terminó antes de tiempo. Como el mejor jugador
de fútbol de todos los tiempos, haber llegado sólo hasta los 31 años en el mejor nivel nos deja, a
la distancia, la idea de que pudo haber estado en ese mismo olimpo tres o cuatro años más. Eran los
tiempos en los que –según la genial definición de un taxista napolitano– “Diego
es Dios a la tarde y el diablo a la noche”. Su mejor performance, esa del “standing
ovation” dominical, fue antes de 1991.
Como entrenador hizo algo muy bueno: los jugadores volvieron a sentir ganas de ser convocados
a la Selección. En las Eliminatorias no encontró estilo ni fútbol. En el Mundial, cambió su idea
antes del debut con Nigeria. Ya quedó dicho acá que el 0-4 con Alemania obedeció a que su mala
lectura del partido con México lo llevó a repetir equipo y estrategia al partido siguiente. De
estas tres patas, siempre fue la más débil. Siempre. En cuanto se corrió del eje grondoniano, tuvo
que irse.
Bilardo se fue deshilachando. Dirigió a un mediocre Sevilla, con un Maradona enfermo como figura central. Diego lo insultó a la salida de un partido en el que decidió reemplazarlo, y se tomaron a golpes. Años más tarde, el Narigón fue elegido por votación por socios e hinchas de Boca para conducir el cambio “profundo” de la primera etapa de Macri como presidente del club de la Ribera. Se gastaron 20 millones de dólares en jugadores, terminó con las carreras de Navarro Montoya, Mac Allister, Gamboa y otros, y tuvo que irse por perder un campeonato imposible. Quiso ser presidente de la República, presidente de la AFA, pero de allí en más, sólo fue técnico de Estudiantes un tiempo. Hizo televisión, tiene un programa de radio a la medianoche y Grondona le hizo un contrato como “Director General de Selecciones Nacionales Argentinas”. A juzgar por cómo van las cosas en juveniles y cómo nos fue en el Mundial de Sudáfrica, el cargo parece ser más nominal y honorario que otra cosa.
Grondona creció a niveles obscenos. Y este crecimiento de poder, influencia y patrimonio fue inversamente proporcional al derrumbe cuali y cuantitativo del fútbol argentino. Cada vez pasa más días en Zurich y menos en Buenos Aires. Sin embargo, nadie del coro estable que permanece acá hace algo sin levantar un teléfono. Porque “Don Julio” no sólo es el dueño de la AFA, sino también el vicepresidente de la FIFA. Entonces, los dirigentes del fútbol argentino, al verlo, imaginan a un Coloso de Rodas de carne y hueso que los pisará en cuanto una voz se eleve más allá de lo que parezca normal. Son célebres las “votaciones” en la AFA, con el hombre del poncho parado al lado de la urna, semblanteando a quienes sufragan. “Si te tirás contra Grondona, te vas al descenso”, se le escucha decir en privado a más de un dirigente de club. No sé si algo de esto habrá pensado Maradona cuando llamó traidor sólo a Bilardo. Si bien decirle “mentiroso” públicamente a alguien es grave, está claro que la palabra “traidor” es de una contundencia que no tiene ni siquiera la palabra “mentira”.
A alguien se le ocurrió insinuar que aquel “aguante Maradona” de Cristina Fernández de Kirchner era “presión” para que siguiera Maradona. El que dijo eso no conoce a Grondona. Está desde 1979. Tiene fotos con Videla, Alfonsín, Menem, De la Rúa, Néstor y Cristina. Siempre estuvo en el mismo lugar, mientras los otros fueron y vinieron. El poder de este hombre de Sarandí es inconmensurable. Por mucho menos que este escandalete, a cualquier otra asociación de cualquier otro deporte la hubiesen intervenido. Al fútbol no. “No jodamos”, le contestó Grondona al ex árbitro Guillermo Marconi cuando, en su condición de secretario general del Sadra (Sindicato de Arbitros de la República Argentina) y secretario de Trabajo del gobierno de Menem, lo advirtió sobre una chance de intervención estatal de la AFA durante una huelga de árbitros en 1992. “No jodamos”, dijo, y se rió. A Grondona no le importa nada. Se sabe invulnerable.
Creer que el “aguante Maradona” de la Presidenta iba a influir sólo sirvió para la
chicana política opositora. Acá no se habló del tema jamás. Siempre supimos que la decisión de si
seguía o no Maradona era de Grondona. Y fue de Grondona, nomás.
El lo echó a Maradona de manera deshonesta, sin decirle que ya no lo quería. Bilardo debería
irse, su gestión como “Director General de Selecciones Nacionales Argentinas” es
ineficaz. Y Grondona seguirá estando. Para bajarlo de su lugar, hay que tener un coraje que los
dirigentes no tienen. Están ofendidísimos porque Maradona no los dejó entrar a la concentración en
Sudáfrica.
“No hablamos de fútbol”, respondieron algunos ante la consulta de la famosa
votación contra Diego. No me extraña. Nunca hablan de fútbol. Sólo se cuidan de no molestar al
monstruo.
Y mientras se cuidan del monstruo, lo alimentan cada vez más.
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