A diferencia del amplio anecdotario bien o mal asignado a cualquier personaje más o menos
público, el que lleva la firma Fogwill no es intercambiable –y él se esforzaba con ahínco
porque así fuera. Estoy cansado de oír anécdotas jugosas de Churchill aplicadas a Picasso o a
Bernard Shaw, las mismas salidas infelices provenientes de las bocas de Marilyn Monroe o Isadora
Duncan. El anecdotario fogwilliano, en cambio, no tolera esos corrimientos de personalidad: sus
salidas sólo son suyas, sus comentarios no pueden asignarse a otro, sus actitudes (imperdonables
algunas, al menos por mí) sólo pueden ser suyas. Eso se llama ser original en términos de
Chateaubriand: que no puede ser imitado.
Lo conocí en el ‘88. Yo acababa de editar un libro, el primero, del que había salido un
adelanto en la revista Ultimo Reino. Aquel adelanto había salido con una leve errata: por esas
raras correcciones del destino el último parrafo de un poema había quedado afuera. Como todo
escritor primerizo llevaba ejemplares de mi libro en el morral y lo encontré a Fogwill tomando café
en el bar de la extinta librería Gandhi de la calle Montevideo. Me acerqué, libro en mano, lo dejé
sobre la mesa y dije algo así como: “Fogwill, te dejo mi libro”, a lo que él, sin
levantar la vista de lo que estaba leyendo tomó el libro y devolviéndomelo, sin mirarme, dijo:
“No, no, no, mi mamá siempre me enseñó que no recibiera cosas de extraños”. De modo que
tomé el libro y emprendí la retirada. Pero para entonces Fogwill ya había levantado la vista y
leído el título del libro, lo que le llevó a pedirme que volviera y se lo diera. Confirmó primero
si no se trataba de un libro del que había salido un adelanto en la revista Ultimo Reino. Le dije
que sí, y entonces Fogwill comentó algo que, como muchas veces después, lo confirmaría como el
mejor lector de todos, el que era capaz de descubrir las intenciones y los traumas en la frase más
pueril. Recuerdo que dijo: “¿Qué sos vos, anarquista? ¿Por qué terminas los textos
así?”. Le expliqué que no, que ese texto no terminaba de ese modo, que un error había dejado
el último párrafo afuera, mientras lo buscaba tembloroso en el libro. Cuando lo encontré se lo
mostré. El leyó y dijo: “Ah, ahora sí. Dejámelo”.
Muchos lamentarán (yo, entre otros) la pérdida del Fogwill polemista y del escritor, del poeta
ejemplar (del poema al mar, un soneto incluido en Partes del todo, había escrito más de 150
versiones) y del cuentista. Creo que más que sus llamadas telefónicas semanales, en las que
comentaba –riendo– los efectos producidos por su última columna en esta sección, lo que
voy a extrañar, sobre todo, es eso: la total seguridad de que era un lector infalible, capaz de
notar la ausencia de un mero verso, porque leía con la misma atención, entrega y una exigencia que
aplicaba a lo que escribía. No queda nadie –nadie que yo conozca, al menos– que lea con
tal curiosidad a los escritores jóvenes, sus coterráneos. Y nadie que, como sólo creo que hacía
Fellini, pesquisara al autor para llamarlo y alabarlo o insultarlo.
No queda nadie. Si alguien por una de esas casualidades conoce a un sustituto, por favor, que
me lo haga saber.
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