Uno de los datos más poderosas de ésta época en la Argentina es la notable adopción de una fabulosa mistificación por quienes gobiernan. La asumieron como criterio y guía principal, pero la sociedad la paladea y termina ingiriéndola. Se ha naturalizado. Es lo que hay, balbucean.
Empezó tibiamente en 2003. Con frecuencia regular, desde el aparato del Estado se empezó a pregonar entonces, que en la Argentina había terminado la era de la hipocresía. Con estas nuevas autoridades, imprevistamente catapultadas al poder tras la demolición de un orden descosido desde fines de 2001, venía –se dijo– la era de la franqueza. Terminados los rulos del eufemismo institucionalizado, era el turno de la verdad, sin afeites ni adornos. Concluía el rococó.
Desde entonces, el ascenso de esta sutil pero perversa y fuerte concepción no ha tenido límites. Abrazados sin remilgos a los aires que prevalecen desde entonces, los dueños del poder se asumieron entusiastamente como “transgresores” deliberados. No le cerrarían el paso a ningún revoltoso y más aún, se sumarían a ellos. El desorden y la ordinariez, rezaban, son saludables y creativos.
El dispositivo se fue acompañando de una correlativa inmersión en el lenguaje y los modos de una
curiosa aunque en el fondo abyecta farandulización. Argentinismo paradigmático: con la excusa de
acabar con la tilinguería, sobrevino así la era de la guarangada.
Así, funcionarios que cobran remuneraciones estatales solventadas por el Tesoro público, se
manejan con una brusquedad tan grosera como la que podrían esgrimir quienes se sostienen sobre sus
propios recursos. Hablan, intervienen y operan así porque, alegan, son militantes provisoriamente
encerrados en el traje de funcionarios.
Han incorporado una vulgaridad deliberada y despótica a su verba y a su praxis. Alegan que usan
vestimenta de burócratas, pero que se enorgullecen de ser militantes. ¿Cómo, quién? Como ese orate
del isabelismo setentista sentado al lado de Néstor Kirchner que calificó al Dr. Julio Strassera,
fiscal de las juntas militares, de “borracho hijo de puta”.
¿Qué opina de esos tonos y modos? Se lo pregunté la otra noche a un aparentemente fervoroso
dirigente peronista de Lomas de Zamora que ahora tiene gravitación fortísima en el aparato del
Estado. Ah, bueno, se defendió, pero ese compañero hablaba como “militante”, no como
funcionario.
Lo dicho: como no son tilingos, tienen derecho a envararse henchidos de orgullo en su hiriente
guaranguería. Terminó la hipocresía de los liberales y los “giles de cuarta”, como
califican desde el lumpenaje a la gente decente, valiosa y de principios.
La noción de militancia empuñada por el actual poder pretende ir unida a la de pasión. Dicen
que obran así motivados por la roja y caliente sangre que fluye por sus venas. ¿No se asumió el
mercurial canciller como “barrabrava”? Militantes, apasionados, sanguíneos, gente
arrasada por la devoción a las transformaciones y que ocupa las primeras líneas de la batalla
(debidamente aprovisionados, claro, de las bondades del Presupuesto nacional), son la encarnación
de esta supuesta revolución cultural. Dicen ser la contrapartida a las frialdades, protocolos y
solemnidades de esas pobres almas que creen en la superioridad de la mesura.
Cuando se los acucia para que respondan cómo es posible que se ofenda tanto, a tanta gente y durante tanto tiempo, desestiman la imputación. Quienes creen, contra viento y marea, en la contundente jerarquía del respeto como elemental rasgo de reconocimiento adulto del adversario, son meros estorbos execrables para esta formidable farsa seudoprogresista que hoy empapa a la Argentina exaltando un supuesto “modelo” al que se etiqueta de redistribucionista y justiciero.
Rotas aquellas costuras que configuraban los rudimentos de un estado de derecho convencional, la
Argentina es –ahora mismo– pura intemperie, país y sociedad azotados por un lenguaje
prostibulario que se nutre de mentiras, insidias y descalificaciones sistemáticas, aireadas por los
medios con una osadía de impunidad agraviante. Han embellecido artificialmente la guaranguería para
terminar siendo los verdaderos nuevos tilingos del siglo XXI.
Su mito funcional es que los apasiona el conflicto de intereses, esta nueva guerra para la
que enrolan con armas y pertrechos. Por eso hablan así y de ese modo operan.
Abundan las situaciones en las que se patentiza esta agresiva exhibición del desprecio. Todo exhala el sabor de una agria y vetusta venganza. Las piezas del puzzle oficial se arman con visiones hirientes y descalificantes de trozos del pasado argentino, escarnecidas por representar lo que hoy el aparato del Estado menosprecia.
Esta militancia encaramada en la nomenclatura estatal convalida el nihilismo prevaleciente en
medios estudiantiles, donde el envilecimiento de la función educativa es asociado con la idea de
una sana participación política. Retropropulsada a los años 70, la vanguardia estudiantil se
radicaliza contra el concepto mismo de autoridad y jerarquía natural en la tarea educativa.
Hay que darse una vuelta por las facultades de las universidades públicas donde se enseñan
humanidades y ciencias sociales, para advertir el grado superlativo de degradación de una
arquitectura que los militantes dicen querer mejorar, pero que en la vida real vandalizan y
destituyen, baldosa a baldosa.
Es así esta época. Mitómana, engañadora, supuestamente brutal en su declamada sinceridad, no deja de ser una elaborada parodia. Los guarangos que hoy dominan la política del Estado e intoxican la escena mediática, serían detestados por los mitologizados pensadores nacionales de hace medio siglo, que el actual establishment “transgresor” venera. Scalabrini Ortiz, Jauretche y Hernández Arregui se horrorizarían de esta artificial talibanización de la Argentina, a la que no convalidarían. El huracán guaranguizante vacía de trascendencia hasta a esos próceres del nacionalismo popular que desafiaban a la oligarquía liberal, pero leían libros y escribían en castellano.
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