El triunfo cultural de Kirchner, por Jorge Fontevecchia

Probablemente los operadores de la bolsa de Londres que hicieron subir las acciones de Clarín el 50% tras la muerte de Néstor Kirchner no estén haciendo una correcta lectura de la realidad política argentina (ni la hayan hecho antes cuando hicieron bajar la cotización de esas acciones como los bonos argentinos que también hoy se recuperaron). No sería la primera vez que los analistas de bolsa exhiban su escasa capacidad de pronóstico político: ya en 2003 Lula cuando asumió su primera presidencial las acciones de las empresas brasileras bajaron y el dólar subió, para luego recorrer constantemente la tendencia opuesta.

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En lo declamativo Néstor Kirchner fue un presidente revolucionario. Pero en lo sustantivo “no quiso, no supo o no pudo” (como dijo de sí Raúl Alfonsín) lograr que sus ideas de fondo llegaran a aplicarse totalmente. Si logró, y no es un mérito menor, instalar esas ideas en la agenda y muy probablemente queden instaladas para siempre o, por lo menos, influyan como un legado indisimulable sobre el gobierno que surja en las elecciones de 2011, e incluso sobre el resultado mismo de las próximas elecciones.

Juicio a los ex represores, redistribución de la renta y desconcentración de los medios de comunicación, fueron las tres grandes batallas de Kirchner contra lo establecido, aquello difícil de cambiar, o sea: la roca dura del poder. Pero los juicios a los ex represores tardaron en poder instrumentarse excesivamente y en su mayoría aun no llegaron a condena. La redistribución de la renta mejoró durante los primeros años pero desde 2008 la inflación se encargó de destruir cualquier nueva avance e, incluso, se empeoró sobre lo alcanzado. Y sen la desconcentración de medios de comunicación, lo que es igual a decir: reducir el tamaño relativo de Clarín a lo que era antes que el propio Néstor Kirchner asumiera en 2003, es donde menos pudo avanzar porque primero ayudó a engrandecerlo y luego por la resistencia que opuso el lobby de Clarín sumado a la impericia propia del Gobierno.

Pero si Kirchner no fue tan exitoso en pasar sus ideas a la práctica, sí lo fue en hacerlas aceptadas por una mayor cantidad de argentinos. Y el triunfo cultural siempre es más importante que el material (por eso fue tan grave banalizar a las Madres de Plaza de Mayo utilizándolas en batallas del presente, o mentir sobre el pasado confundiendo a víctimas de la represión con represores para deshonrar a adversarios). Y Kirchner culturalmente triunfó. Difícilmente el presidente electo en 2011 podría silenciar el juicio a los ex represores e indultar a sus condenados, o promover una economía que no contribuya a reducir la exclusión social o pueda concederle a Clarín ventajas como las que el propio Kirchner le otorgó cuando permitió la fusión de Multicanal con Cablevisión (incluyendo Fibertel) en 2007.

Incluso electoralmente, será más difícil que triunfe un candidato cuya imagen pública aparezca asociada a la idea de punto final, a la ortodoxia económica y aparezca del brazo de Magnetto. Simplificadamente se podría decir que tras la muerte de Kirchner el Peronismo Federal, Macri y Cobos reducen sus posibilidades electorales para presidente y las aumenta Scioli y Alfonsín. Scioli porque podría ser el candidato oficial del PJ haciendo ocioso el peronismo anti K y dejando abstracta la cruzada anti Néstor Kirchner de Duhalde. Y si Cristina decidiera ir por la reelección, salvo que mostrara alteraciones psíquicas o emocionales de magnitud que volvieran a encender la confrontación, sería difícil para Scioli ir como candidato del peronismo no K traicionando no solo a sus mentores políticos sino enfrentando a una viuda. Lo mismo ya comenzaría a suceder con Cobos o Macri quienes podrían aparecer como demasiado enfrentados al oficialismo, una forma atenuada del síndrome Carrió.

Es que el sentimiento “gorila” de odio anti K tiene grandes posibilidades de desvanecerse con su muerte porque Néstor Kirchner podría llevarse a la tumba todo el sentimiento –irracional– de venganza que sobre él se acumuló. En una especie de simbólica Ley del Talión, aquella del ojo por ojo, que hacía a algunos soñar con una derrota electoral de Kirchner solo para permitir “que se pudra en la cárcel”: ¿qué más castigo divino que el perder la vida?

Está claro que con Néstor Kirchner no murió simbólicamente un ex presidente o un candidato, sino alguien a quien la población percibe como el presidente real. Cristina es la gran incógnita. Tanto puede desarrollar resiliencia, asumir como presidenta plena y transformarse en candidata de su espacio político con mayores posibilidades de triunfo en las próximas elecciones que las que tenía su ex marido, como comenzar un proceso emocional que aterrice en el traspaso de poder en diciembre del año próximo con más o menos turbulencias dependiendo si se inclina a desapego de un duelo melancólico o al un nerviosismo de un proceso maniático.

La muerte produce enormes efectos psicológicos en los vivos. Alfonsín y el radicalismo en su conjunto pueden dar reciente testimonio de ello. Pero no es lo mismo en alguien que murió alejado del poder como Alfonsín que en plena actividad como Kirchner. Y aún el ejercicio del poder, tampoco es lo mismo la muerte en alguien en los últimos años de su vida como Perón que la de alguien en su plenitud como Kirchner.

Es impredecible. Lo cierto es que cambió todo. Probablemente no en la dirección que imaginan los operadores internacionales de bolsa que hicieron subir hoy las acciones de Clarín y los bonos de deuda argentina.

La Argentina precisa que las tres grandes batallas de Kirchner contra el status quo en las que triunfó discursivamente se terminen llevando a la práctica. Que se termine condenando a todos los ex represores, que se reduzca la exclusión junto a la mejora de la redistribución de la renta y se concrete la desconcentración de medios de comunicación. Ese será el verdadero servicio de Néstor Kirchner a su país aunque fuera pos morten.

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