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Pequeñísimo. Para disimular cumplimiento de la orden de la Corte Suprema, el Gobierno envió publicidad oficial a PERFIL atacando a la propia editorial.

Si se tratara de una disputa entre barras, sería ingenioso. Cuando lo que está en juego es un juego y la realidad es una ficción, resulta innecesario aplicar criterios de razonabilidad. Pero cuando se trata de actos del Poder Ejecutivo, el goce del otro se vuelve obsceno. Buscando cumplir el fallo de la Corte Suprema de Justicia, que ordenó al Gobierno que en no más de quince días hábiles cesara con su discriminación con la publicidad oficial, la Presidencia de la Nación envió su primer aviso. Pero para hacer evidente su disconformidad, el aviso ataca a la propia Editorial Perfil.

Dice en su título y único mensaje: “El Gobierno nacional combate el trabajo esclavo. La editorial que publica este diario ha distinguido a empresas que hoy están siendo denunciadas por la AFIP por trata de personas y esclavitud laboral. El trabajo esclavo es una responsabilidad de todos”.

Este aviso recuerda a aquel titulado “Apriete” –de cuando Pepe Albistur era secretario de Medios–, que para un Día del Periodista decía: “Hoy, estamos apretando a los periodistas (con un fuerte abrazo)”.

¿Habrán quedado los mismos creativos? Porque a la similitud conceptual de este aviso con aquél, se agrega que hubo un antecedente similar al de “Apriete” hecho seis meses antes por la Secretaría de Medios, para el aniversario de la revista Noticias, en el que se “apretaba a Noticias (con un fuerte abrazo) por su aniversario”. El aviso, al final, fue enviado y luego retirado por la propia Secretaría de Medios.

Y aunque resulte disparatado, vale repetir nuestra respuesta cuando hace algunos meses los medios oficiales hicieron la misma acusación del aviso. En enero de este año se denunció por esclavitud laboral a una subsidiaria de DuPont. Seis años antes –vale remarcar: seis años antes– la revista de Editorial Perfil que se especializa en economía y negocios, Fortuna, en los premios que todos los años entrega a veinte diferentes empresas de cada rubro, otorgó a DuPont el premio en la categoría “Industria química”.

Los Premios Fortuna no son elegidos por la editorial, ni siquiera por un jurado elegido por la editorial, sino que surgen de los resultados: ventas, rentabilidad, patrimonio, liquidez y endeudamiento, publicados en los balances de las empresas de cada sector, sobre una fórmula que es idéntica todos los años y es la misma que utilizan otras revistas de economía y negocios del mundo que, en su mayoría, tienen un premio similar.

Nadie podría haber previsto con seis años de anticipación que una subsidiaria de DuPont –llamada Pionner– sería acusada de tener trabajo esclavo. Más de cien empresas diferentes han recibido este premio, entre ellas, varias del Estado o con participación del Estado. Con la misma arbitrariedad se podría decir que el Estado aceptó recibir un premio con el que se ha distinguido a empresas que hoy están siendo denunciadas por la AFIP por trata de personas y esclavitud laboral.

Es tan obvio lo falaz de la acusación que inmediatamente surge la pregunta: ¿por qué lo hacen? Si creyeran que el mensaje del aviso daña verdaderamente, en lugar de hacer el más pequeño –3,8 centímetros– de todos los avisos que haya hecho el Gobierno, lo hubieran realizado en los formatos habituales de la publicidad oficial. Si no creen que daña y sólo pretenden hacer parecer que cumplen formalmente con lo que les ordena la Justicia, y al menor costo, no precisarían atacar en su mensaje a Editorial Perfil.

Otra hipótesis es que el destinatario del mensaje no sea Editorial Perfil, sino la Corte Suprema de Justicia. Que sea una forma de advertirle al máximo tribunal cómo se cumplirán las órdenes con las que el Poder Ejecutivo esté en desacuerdo. Y que la burla no esté dirigida al periodismo, sino directamente a la Justicia.

En cualquiera de los casos se exhibe una creciente falta de pudor, porque primero usaron los fondos del Estado para promocionar los propios méritos del Gobierno, premiar a los medios amigos con publicidad oficial y castigar a los “rebeldes” con discriminación. Luego pasaron a contratar productoras para que en los medios públicos hicieran programas que directamente agredieran a los periodistas que resultaban antipáticos. Y ahora, directamente, usan la publicidad oficial para difamar a esos periodistas y medios sin tercerizar la tarea en una productora independiente, sino con el escudo de la Presidencia de la Nación.

Los griegos creían que cuando los dioses querían castigar a alguien, lo enfermaban de hybris para que fuera sujeto de su propia perdición. Hybris era el “orgullo desmedido, la soberbia, altivez extremada, endiosamiento, arrogancia temeraria, envanecimiento, jactancia, petulancia, presunción y vanagloria”.

Al quitarle a la persona el don de la moderación, o la cuota mínima de ella, el individuo ya no podía dominarse a sí mismo y “ocasionaba inevitablemente injusticia porque su falta de consideración a los derechos de los demás lo llevaba a creer que era dable asegurarse lo imposible por medios injustos”.

Quien padece de hybris cree que sabe todo, no duda, cree que sus decisiones son correctas y su autoridad incuestionable, “es incapaz de no excederse en el ejercicio de sus propias potencias y no sabe guardar medida. Más que una rebelión contra los dioses o las leyes, hybris es una rebelión contra los propios límites, contra el límite mismo”.

Hybris y la vida trágica van de la mano. Ojalá se curen.

 

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