CÓRDOBA EL REGRESO AL GIGANTE DE ALBERDI

Otra vez juntos

Belgrano volvió a jugar “oficialmente” en su estadio después de casi cuatro años. En el Julio César Villagra hubo homenaje para “Tito” Cuellar.

La familia Cuellar, en el homenaje a
La familia Cuellar, en el homenaje a Foto:CEDOC PERFIL
Hubo que poner tubulares aquel 8 de septiembre de 1968 en el Gigante de Alberdi. A Belgrano le tocó ser a nfitr ión de Lanús en el histórico debut de un cuadro cordobés en un Nacional y nadie se lo quiso perder. En el local había muchos nombres importantes: “el Negro” Piedra, “el Cabrito” Bracamonte, “el Mingo” Ceballe, “el Toni” Syeyygüil, “la Chiva” Altamirano”, “Palito” Mameli... Y uno imprescindible: Tomás Rodolfo Cuellar, “el Tito”, el caudillo de la defensa que para el póster posaba como centrodelantero: agachado, en el centro de la escena y “dueño” de la pelota. 

Antes y después de aquel 0-0 ante el Granate, Cuellar jugó otros 323 partidos y completó 13 vueltas olímpicas con la camiseta celeste hasta su retiro, en 1975. Había llegado a la “B” en 1963, cuando aún era un futbolista part time, ya que también jugaba al básquet en el Club Unión Eléctrica. Los memoriosos lo recuerdan como uno de los emblemas belgranenses de todos los tiempos, con el número “2” en la espalda y la cinta de capitán. En las adyacencias de la cancha, un mural lo muestra con estampa de crack y la leyenda “el Patrón del Gigante”. 

El idilio entre Cuellar y Belgrano tuvo más capítulos: en 1986 “Tito” condujo al equipo campeón invicto del Regional, el primer título en la AFA para la Docta. Entre sus dirigidos se destacaba Julio César Villagra, “la Chacha”, otro nombre ilustre de la historia “pirata” que hoy identifica al escenario de la calle Arturo Orgaz. En aquel tiempo también se dio el gusto de dirigir a Diego Maradona, cuando el astro desembarcó en Córdoba para jugar un amistoso con la “10” de Belgrano, apenas 11 días después de su consagración en el Mundial de México con el seleccionado argentino. Y en la cancha grande, la de la vida, Cuellar jugó del lado de Agustín Tosco, el emblemático dirigente gremial de Luz y Fuerza: “Yo también trabajaba en Epec y él me tenía un aprecio especial. A raíz de los problemas políticos, él había pasado a la clandestinidad y otro compañero me pidió que lo llevara en mi auto hacia un lugar. Terminé la práctica, los subí y cuando llegamos al Camino a La Calera nos pararon los militares. Ahí Dios me iluminó y cuando se acercó el soldado le dije: ‘Hola. Soy Cuellar, de Belgrano’; y me dijo: ‘¡Ah, ‘Tito’! Pase, pase, ningún problema’, y pudimos seguir”, testimonió el exdefensor en una “joyita” de archivo del periodista Gustavo Farías. 

En 2002, cuando el bergantín naufragaba por aguas turbulentas, aceptó el desafío de ser otra vez el timonel, aunque el naufragio ya fuese casi un final irremediable. 

Mi papá es un ídolo

“Yo sólo lo conocí como DT, pero imaginate que ya era mi ídolo desde mucho antes de saber que él era un ídolo”, contó Soledad, la menor de los cuatro hijos de “Tito”, quien es jugadora y entrenadora de hockey en el Tala. “A la cancha recién fui en 2002, cuando se fue Mac Allister (actual Secretario de Deportes de la Nación) y mi papá se hizo cargo del equipo; fueron tiempos difíciles para Belgrano y para él. En el torneo que ganó en el ’86 no íbamos a verlo, por cábala. En aquella época el ritual familiar era escuchar los partidos por radio después de comer costeletas con papas fritas en el patio de mi casa”, agregó la más chica de lo que ella misma denomina “la familia grande” de los Cuellar, que completan su mamá Susana y sus hermanos María Alejandra, Pablo y Camila, y que tiene otros nueve integrantes en “las divisiones inferiores”. 

“Estamos muy emocionados, conmovidos, porque esperamos mucho tiempo este homenaje. En 2008 le pusieron el nombre de ‘Tito’ Cuellar al vestuario del predio de Villa Esquiú, pero no fuimos porque hacía poco tiempo que él había fallecido y porque además consideramos que su lugar es el Gigante. Hubo épocas en las que Belgrano fue muy ingrato con mi papá, pero afortunadamente ahora hay gente que está trabajando mucho por recuperar la historia y la identidad del club y eso está muy bueno. Y no sólo lo digo por mi papá, quien realmente jugó y dirigió por amor a la camiseta”, dijo Soledad. “Mi papá fue un esposo y un padre muy presente, y un ejemplo de constancia. Como DT era muy exigente, y a veces bastante duro, pero aún así lo querían. Tengo la fortuna de trabajar en Epec, el mismo lugar donde laburó mi papá toda su vida, y todavía no encontré quien me hable mal de él”, concluyó. 

“Cuellar fue un hombre trabajador, honesto, leal y muy familiero; un tipazo. Como entrenador, me impresionaba la capacidad que tenía para transmitir sus ideas y sus valores”, apuntó el profesor Julio Pastor, quien acompañó a “Tito” como preparador físico en Bella Vista, Peñarol y Centro Juventud Agrario de Corralito. En este club del interior provincial Cuellar fue testigo de los últimos destellos de Julio César Villagra, el 12 de septiembre de 1993 (“jugó el mejor partido de su vida; hizo dos goles, uno mejor que otro, y ganamos 2 a 1”, recuerda Pastor). Desde la madrugada siguiente, y durante dos días, “Tito” le haría el aguante a “la Chacha” en el Hospital de Urgencias de Córdoba, antes del sorprendente pitazo final. 

Casi medio siglo después de aquel primer partido de Belgrano en la máxima divisional de la AFA, “Tito” volvió a ocupar el centro de la escena en el Gigante, su lugar. “Tomás Rodolfo Cuellar” se llama desde ayer la Platea Hualfin. Hacía rato que lo estaba esperando el “Julio César Villagra”.