CULTURA ENSAYO

1914 En los albores del siglo XX

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Foto:Cedoc Perfil

En la primera semana de enero de este año, me sorprendí con una evidencia. Se cumplía un siglo del comienzo de la Gran Guerra.

Cuando visité Terezin, guiada sobre todo por Sebald, sólo me interesaba el campo de concentración disfrazado de apacible aldea. En esas simétricas construcciones del siglo XVIII, los nazis habían montado una escenografía pueblerina por donde caminaban las futuras víctimas, para tranquilizar a los eventuales visitantes internacionales. Yo iba siguiendo la huella de los lugares del Holocausto y, por casualidad, ya que no lo recordaba o no lo sabía, encontré la celda donde había sido encarcelado el estudiante anarquista Gavrilo Princip, que, en Sarajevo, el 28 de junio de 1914 mató al archiduque Franz Ferdinand y a su esposa disparando el tiro de largada de la Gran Guerra.

Todo parecía remoto y, sin embargo, no podía sentirlo lejano en el canicular enero de 2014. Por alguna razón insistía ese recuerdo, no de la Gran Guerra como acontecimiento final del siglo XIX sino de 1914 como explosión de violencia previsible y a la vez inevitable. Mientras escribía sobre política argentina, el asesinato de Sarajevo y el fin de un mundo eran mi dimensión histórica secreta. Típica argentina, miraba con un ojo las peripecias locales y con el otro, unos hechos que habían sucedido en Europa Central hace un siglo. Me apresuro a aclararlo antes de que todo sea considerado una nueva expresión de cosmopolitismo, esa dolencia que nos lleva a estar descentrados, según la doctrina de los catecismos nacionalistas. Toda mi vida fui una descentrada (dejo a los lectores que atribuyan distintos significados al adjetivo).

Aunque desde hace meses resulta azaroso comprar libros en el exterior, sus versiones digitales, por un puñado ínfimo de dólares, todavía están a mano. Me apropié, entonces, de un libro nuevo sobre 1914, exacto año de mis obsesiones. No sobre la Gran Guerra sino sobre los acontecimientos que rodearon el asesinato de Sarajevo y la declaración de hostilidades del Imperio Austrohúngaro y Alemania, contra Serbia, Rusia y sus aliados. No voy a hacer aquí el imposible resumen de una historia que los lectores interesados pueden bajar por veinte pesos desde el sitio de Amazon (nota al pie para los audaces pero inexpertos: primero se baja gratis un simulador Kindle para cualquier computadora y luego todos los libros que se les ocurra). Así leí The Sleepwalkers, de Christopher Clark, académico inglés que subtituló con la sencillez de quien promete y cumple: cómo Europa entró en la
Gran Guerra.

Nadie tema que vaya a resumir aquí las 600 páginas del libro de Clark. The Sleepwalkers (título que cita el de una novela del vienés Hermann Broch) es historia política pura y dura, sin las expansiones sociales o culturales a las que hoy estamos acostumbrados. Sin embargo, me dio unas claves inesperadas pese a atenerse al relato cronológico y espacial de los acontecimientos en Europa Central y Oriental, el Imperio Austrohúngaro, Serbia, Bosnia, Bulgaria, Rumania y Turquía, más las políticas exteriores de Rusia, Inglaterra y Francia respecto de esos Estados.

Magnicidios como el de Sarajevo no eran del todo excepcionales. El primer capítulo de The Sleepwalkers narra el asesinato del rey en Belgrado, capital de Serbia, en 1903. Doce oficiales forzaron la guardia y avanzaron hasta la antecámara, cuya puerta volaron con un cartucho de dinamita. A tiros y cuchilladas llegaron a los aposentos reales. Mataron al rey Alejandro y a la reina Draga. Cortaron los cuerpos en pedacitos y los tiraron por la ventana. Acuchillaron en la oscuridad a varios asistentes y, esa noche misma, a un ministro. Carr, habitualmente sobrio, dice que fue “una orgía de violencia gratuita”.

Muy cerca de esta célula de sangrientos oficiales serbios estaba quien once años después fue el organizador del atentado contra el archiduque en Sarajevo. Apis era su nombre de guerra y fue siempre un factor en las sombras, miembro de las burocracias y los servicios de información, organizador de patrullas suicidas. Uno de sus seguidores confesó que Apis, “con unas pocas palabras, dichas de la manera más sencilla podía convertirnos en dóciles ejecutantes de su voluntad”. Hipnótico. Sonámbulos.

Todo indica que Apis diseñó el plan del atentado de Sarajevo y eligió a los ejecutores. El asesinato del rey de Serbia fue una indicación entre muchas de que el terrorismo, los nacionalismos y las disputas dinásticas amenazaban al Imperio Austrohúngaro desde comienzos del siglo XX. Sin embargo, lo que a cualquier lector actual impresiona del relato de Carr es lo que él mismo señala: el carácter extremo y suicida de las células terroristas. La que integraba Gavrilo Princip estaba formada por un trío de estudiantes, equipados con armas y cápsulas de veneno para la muerte prescripta si eran capturados por la policía. Gavrilo Princip no tuvo tiempo de tragar ese veneno. Fue juzgado en los estrados del Imperio Austrohúngaro y murió en prisión, tuberculoso. Era tan joven que los jueces debieron esperar algunos meses para comenzar el proceso (dato que parece increíble, pero es verdadero).

Gavrilo Princip disparó sobre Franz Ferdinand, heredero al trono del viejo Franz Joseph, emperador de Austria y rey de Hungría, y sobre su mujer, rodeados de custodias y funcionarios. Mientras agonizaban, la cabeza de ella sobre las rodillas del archiduque, Franz Ferdinand le imploró: “Sophie, no mueras por favor, no mueras que quedan nuestros hijos”. Stefan Zweig recuerda la premonición que lo asaltó ese día en un recreo cercano a Viena: “El rumor del viento en los árboles, el canto de los pájaros y la música que flotaba en el parque estaban presentes en mi conciencia mientras leía… De repente, la música se interrumpió en el medio de un compás… instintivamente miré a mi alrededor. También los que, como un flujo, paseaban por ese bosque se detuvieron abruptamente. Algo había sucedido”. Dos meses después llegó el ultimátum austríaco a Serbia y, enseguida, el comienzo de la Gran Guerra.

El Imperio Austrohúngaro regulaba la coexistencia de diferentes nacionalidades que vivían bajo la administración de Viena y Budapest, desde la frontera con Italia hasta la frontera con Rusia, en un territorio inmenso donde había de todo: cristianos, judíos, musulmanes. El Imperio zurcía regiones que entraban rápidamente en la modernidad industrial y vastos pantanos donde se daban los animales salvajes y las ovejas. Bajo Franz Joseph, el último emperador de Austria y rey de Hungría, prosperaban la modernidad vienesa y el tradicionalismo. En los Estados independientes como Serbia hervían las reivindicaciones nacionales. Y por debajo del centralismo imperial había un patchwork de nacionalidades: serbios, eslovenos, bosnios, galitzianos, polacos, principales sujetos de un enconado destino. Era un tapiz de restos que comenzaban a separarse y de pueblos que se odiaban o se despreciaban.

Varios tiempos diferentes corrían hacia un desenlace común cuyo primer acto fue el doble asesinato del 28 de junio, y su escenario fue una ciudad que ha vuelto a resonar entre los episodios más sangrientos de fines del siglo XX: el sitio de Sarajevo, de 1992 a 1996, fue el más largo en la historia de las guerras modernas. La historia no se repite, lo sabemos, sino como farsa. Sin embargo, en Sarajevo la violencia se repitió como una tragedia gigantesca. Y hay otras insistencias: la célula terrorista de Gavrilo Princip expresaba reivindicaciones nacionales irreductibles y un patriotismo mortal. Christopher Carr enuncia la hipótesis de que estos jóvenes suicidas son ancestros de otros. Había más en aquel verano de 1914 que lo que yo supuse en el verano porteño de un siglo después.

Entonces recordé tres novelas y volví a leerlas: La marcha Radetzky, de Joseph Roth, La montaña mágica, de Thomas Mann, y El hombre sin atributos, de Musil. Dos de ellas concluyen en los primeros combates de la Gran Guerra. La tercera quedó inconclusa, pero su relato llega hasta esa línea de sombra.
(Continuará).



Beatriz Sarlo