CULTURA ENSAYO

1914 Hombres sin atributos

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Dos novelas terminan con los primeros combates de la guerra de 1914: La marcha de Radetzky de Joseph Roth, en la que muere el oficial austríaco Von Trotta, su personaje principal; y La montaña mágica de Thomas Mann, donde el narrador abandona a Hans Castorp en medio de una batalla, y declara que ni él ni sus lectores volverán a tener noticias del personaje. Junto con El hombre sin atributos de Robert Musil, estas novelas se mencionan, con inconmovible unanimidad, entre las mejores del siglo pasado (en alemán). Las tres fueron escritas después de 1920. La guerra les dejó su marca. El hombre sin atributos es una inmensa narración inconclusa.

Pero hay una significativa coincidencia: el texto que conocemos termina exactamente en los meses anteriores al comienzo de la guerra. Después de 1914, novelas como estas no pueden continuar.

 Las tres tienen como protagonista a un “hombre sin atributos”, educado en el viejo régimen y que no llegará a conocer la conmoción europea que dará paso al nuevo escenario de humillación alemana y austríaca, revolución en Rusia y nazismo. Sus autores, Musil, Roth y Mann, sí conocieron esas consecuencias y los tres se exilaron. Pero los personajes quedaron en el límite del año 1914, sólo que convertidos en actores de novela moderna: hombres anacrónicos que la literatura transforma en héroes impávidos, distantes o inexpresivos.

Musil define: “Un hombre que posee todas las cualidades, pero todas le resultan indiferentes”. “Estaba interiormente convencido de que él no podría ser nada; todo lo atraía y una fuerza mayor lo separaba de todo. ¿Qué lo llevaba a vivir oscuramente y sin decisiones? Sin conocer la causa, Ulrich se sintió triste y pensó: No me amo lo suficiente”. Antihéroe moderno, Ulrich es también un hombre de Kakania, la Viena así designada por Musil con una palabra inventada que tiene las iniciales de imperio (austríaco) y de reino (húngaro), donde gobierna el amado Franz Joseph, soberano benevolente que firmó el ultimátum con el que se inició la guerra de 1914. Un amasijo de elegantes contradicciones póstumas.

El hombre sin atributos comienza en agosto de 1913 y se interrumpe un año después. Ya ha sucedido el atentado en Sarajevo y poco falta para el ultimátum de Austria a Serbia. En los sucesos de ese año que conduce inevitablemente a la guerra, la novela  transcurre en una realidad paralela, una seudorrealidad, una construcción que imita lo que podría ser real, pero se aleja cada vez más. En la seudorrealidad tiene lugar la llamada “campaña paralela”, presidida por una bella dama de salón y un noble de la alta burocracia imperial. Se trata de organizar, con la debida anticipación, los festejos del jubileo por los 70 años de Franz Joseph como monarca del Imperio Austro-Húngaro. Ese aniversario se cumplirá en 1918. Musil y sus lectores saben que en 1918 ya sucedió el desmembramiento final del imperio austríaco y la humillación de su aliado alemán. Por eso, la fecha para la cual se preparan los personajes es una imposibilidad, alrededor de la cual se expande hasta límites nunca más extremos la ironía constante de la novela. Son fantasmas los que se preparan para celebrar lo que nunca será celebrado.

Los burgueses, aristócratas, militares, abogados y académicos que se reúnen en un salón mundano para discutir el lema que deberá presidir el jubileo de Franz Joseph en 1918 serán todos ellos espectros, hombres definitivamente sin atributos, derrotados y arcaicos. Hacia el costado de escena, pero ya avanzando, están quienes se sienten amenazados por la pluralidad étnica y racial del Imperio Austro-Húngaro. Son los jóvenes germanófilos que, en los años 20, se convertirán en los jóvenes nazis. La novela, en 1913, transmite sus discursos afiebrados.

Todo en El hombre sin atributos es irónico. La novela no es crítica de un grupo, contra el cual podría destacarse otro. No hay condenados y salvados, como en el realismo del siglo XIX. Solamente hay gente que se mueve al azar en una superficie que cree conocer, pero que desconoce porque ha perdido justamente el sentido de realidad. Los lectores de Musil tenemos que prepararnos para un difícil ejercicio ininterrumpido: no hay nada con lo cual identificarse, nada que valga la pena contraponer a otra cosa. Las búsquedas intelectuales de Ulrich quedan irresueltas, porque carecen de pasión. El entusiasmo de la bella dama que organiza el jubileo es inútil porque carece de fundamento histórico. Cualquier fórmula que se encuentre puede ser reemplazada por una diferente.

Ni siquiera los “hombres de acción” actúan. Pero son ellos (un general austríaco y un capitalista alemán que también posa de filósofo) quienes traman un negocio de verdad: pozos de petróleo en el límite con Rusia a cambio de inversiones alemanas en el armamento austríaco. Por lo menos esos dos, entre rostros cubiertos por las máscaras de identidades simuladas, hablan de lo concreto, aunque tampoco sepan qué es verdaderamente el futuro.

Imaginen el último salón elegante en los últimos días de una capital imperial. Espacio de la seudorrealidad para hombres cuyo refinamiento es insuficiente porque no pueden prever lo que se aproxima. Están en peligro, pero todavía son los invitados de honor de una fiesta patriótica, aristocrática y mundana.

Nada más parecido a las vísperas de una catástrofe para la cual nadie está preparado.  El imperio austríaco pensó que su ultimátum de agosto de 1914 a Serbia, después del atentado en Sarajevo, iba a terminar con una derrota o una humillación del país al que hacía responsable. Terminó, en cambio, con el imperio.

Ulrich es ciego. Impecable razonador, académico sólido pero sin objetivos, confía siempre en su percepción, que juzga exacta porque cree ocupar la perspectiva adecuada. Tiene esas cualidades, pero no se equivoca Musil cuando lo llama “un hombre sin atributos”. Ulrich no es tan diferente al resto de los que se mueven en los salones y las oficinas del imperio austríaco. Todos están obnubilados, todos tienen la perfecta e inútil conducta del autómata, todos caminan y hablan como sonámbulos de imaginación alucinada. Ninguno puede prever el estallido del proyectil en Sarajevo, aunque los militares y los burócratas de Viena saben que el imperio es un polvorín de nacionalidades irredentas, de patriotismos territoriales que supuran como heridas en el centro de Europa. Están enajenados sin saberlo. Si no hubiera estallado la guerra, igual estarían elegantemente locos, alienados en la histeria y la repetición, el misticismo o la ciencia positiva, porque cualquier creencia ya no encuentra donde apoyarse.

La montaña mágica de Thomas Mann transcurre en Davos, lo cual parece una ironía retrospectiva que arroja su sombra desde el pasado hasta el presente. Pero en 1907, Davos era una aldea. Allí está el Berghof, sanatorio para tuberculosos, adonde llega Hans Castorp, joven ingeniero recién graduado, a visitar a su primo. Sin proponerse nada, Castorp se queda en ese sanatorio: de la categoría “sano” pasa a la de “enfermo”. Ni rebelión ni lamento, simplemente ha encontrado un lugar donde creía estar sólo de paso, por el fin de semana. 

Sin embargo, en esa aldea de enfermos y farsantes, siete años después de la llegada de Castorp algo se anuncia: los temperamentos se agitan, las palabras son venenosas, dos intelectuales discutidores se baten a duelo por insultarse a los gritos en medio de una discusión filosófica. La pureza del aire de montaña, que curaba o mataba a los tuberculosos, se remueve como un pantano contaminado. La absoluta entrega de Castorp a la paz de la tuberculosis: estar bajo el sol, controlar la fiebre, comer y dormir, se rompe con el trueno de Sarajevo que retumba en las montañas suizas.

Castorp no despierta. Simplemente actúa un mandato como si fuera un durmiente encerrado en su cueva. Baja a Davos, toma el tren, se alista en un batallón de voluntarios. Poco después camina hundiéndose en el barro hasta que se tira al suelo o cae, cuando las balas ya lo alcanzan. Sucedió en 1914, hace cien años.



Beatriz Sarlo