CULTURA MICHEL FOUCAULT

Animal de confesión

Autor de una obra que se resiste a agotarse, Siglo XXI edita un curso sobre la confesión, que baña con nueva luz al único filósofo francés inobjetable.

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Foto:Cedoc

El proyecto filosófico de Michel Foucault siempre resultó solidario con su experiencia de vida. Algo de lo que era plenamente consciente cuando manifestaba que todos sus libros respondían a “una experiencia”. Sea en su período arqueológico (de “archivista”) con Las palabras y las cosas o La arqueología del saber, o bien mucho más marcadamente en su período genealógico (“nietzscheano”) con Vigilar y castigar o La voluntad de saber, hay evidencias al alcance de la mano que lo señalan: desde las visitas sistemáticas a veinte prisiones junto al Grupo de Información (donde estaban Gilles Deleuze y otros intelectuales de nota) hasta sus prácticas sexuales sadomasoquistas que nunca ocultó y de las que habló en entrevistas para medios estadounidenses. La articulación de la dicotomía de poder/saber fue, también, producto del alumbramiento que le produjo Nietzsche –podríamos decir que lo despertó del sueño dogmático de las tres H: Hegel, Husserl y Heidegger, a quienes leyó sistemáticamente desde 1964 a 1968–.

Ahora bien, si Foucault fue moda y divulgación, ya no lo es desde hace rato. Esto implica echar por tierra lecturas forzadas, por no decir erróneas o interesadas: Foucault no fue tan de izquierda como se cree –pese a su breve paso coyuntural por el PC parisino–, ni fue un “teórico del poder”, ni fue un historiador heterodoxo. A Foucault se lo ha leído de manera sociologizada, literaria o hasta psicoanalítica (cuando expresamente fue antipsicoanalítico). En su artículo del Diccionario de Filósofos, el mismo pensador escribe su entrada bajo el seudónimo de Maurice Florence, y deja testimonio de que adscribe su filosofía a la tradición heredera de Immanuel Kant. Es decir, una historia crítica del pensamiento, un análisis de las condiciones de posibilidad bajo las que se formaron ciertas relaciones de época entre sujeto y objeto, una analítica del presente que intenta responder a la pregunta: ¿qué es la actualidad? ¿Qué es lo que sucede a nuestro alrededor?

Bajo el sol de ese interrogante kantiano por los tiempos presentes, entre abril y mayo de 1981, Michel Foucault dicta en la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica) un curso al que titula: Obrar mal, decir la verdad: la función de la confesión en la justicia. Un valioso material que resultó prácticamente editado en simultáneo en francés, inglés y español (por Siglo XXI Editores). Es claro: no es novedad que la problemática confesional haya sido capital en el pensamiento foucaultiano: ya se podía rastrear en libros emblemáticos del filósofo como Historia de la locura en la época clásica o Historia de la sexualidad, así como en los cursos del Collège de France de la década del 80. La salida a la luz del material inédito del filósofo implicó también un cambio en las aproximaciones, recepciones y lecturas que se tenían sobre su obra. Como señala Edgardo Castro –quien cuidó la edición del curso y cuya Introducción a Foucault también lanza a la vez Siglo XXI–, “el ciclo de publicaciones de Foucault todavía no está cerrado”. Lejos de ello, en la Bibliothèque Nationale de France, el “archivo Foucault” comprende 72 mil páginas, cuyo contenido se desconoce por completo y donde se encuentran joyas como el cuarto tomo de la Historia de la sexualidad, titulado Las confesiones de la carne, así como veintinueve cuadernos a modo de diario intelectual, donde el filósofo registró sus pensamientos desde 1961 hasta su muerte, en 1984. En este marco, la edición consecutiva de los cursos (de 1970 a 1984, de los que aún restan dos ciclos lectivos de los trece en total), más la tesis complementaria de doctorado, así como el presente curso de Lovaina, ponen a Foucault en otra órbita. De este modo, asistimos a ámbitos de reflexión del pensador francés como la biopolítica, el liberalismo, la seguridad o el mercado, que se encontraban totalmente ausentes o parcializados en sus libros editados en vida. De la misma manera, se lo puede leer con una impresión más abarcativa de su programa, en el cual ya se ve con claridad el influjo de Kant, que tiñe gran parte del desarrollo.

El nuevo curso de Lovaina contiene, además, dos entrevistas con filósofos, juristas y criminólogos en las que Foucault amplía sus definiciones y se explaya sobre sus posiciones políticas y coyunturales. El presente seminario se realizó en el marco de una invitación a Foucault por parte de la Facultad de Derecho y la Escuela de Criminología cuyo armado no resultó precisamente simple. Para la edición del texto hubo que combinar la copia original y otras versiones mecanografiadas, así como trece casetes U-matic que sirvieron de soporte de la grabación del curso que en su momento realizó el Centro Audiovisual de la Universidad. De modo que, cruzando material escrito y audiovisual, se llegó a ensamblar el libro hoy existente.

El curso consta de una conferencia inaugural el 2 de abril de 1981 y seis clases hasta el 20 de mayo del mismo año en las cuales Foucault ofrece un recorrido por autores clásicos (Homero, Sófocles, Hesíodo) hasta llegar a definiciones en el marco del derecho penal y el concepto de confesión. Recordemos que en el primer tomo de la Historia de la sexualidad (1976), cinco años antes del presente curso, ya Foucault decía: “La confesión se convirtió, en Occidente, en una de las técnicas más valoradas para producir la verdad. Desde entonces, hemos llegado a ser una sociedad singularmente confesante. La difusión de los efectos de la confesión llegó lejos: a la justicia, la medicina, la pedagogía, las relaciones familiares, las relaciones amorosas, el orden más cotidiano y los ritos más solemnes; confesamos nuestros crímenes, confesamos nuestros pecados, confesamos nuestros pensamientos y nuestros deseos, confesamos nuestro pasado y nuestros sueños”. La reflexión del curso de Lovaina sobre el particular no hace sino continuar y expandir la idea de confesión como cincel de la subjetividad. Obrar mal, decir la verdad es un curso potente y riguroso que se puede leer como el “eslabón perdido” entre el primer tomo y los dos tomos restantes (1984) de la Historia de la sexualidad, en el sentido de continuar con la crítica a la llamada “hipótesis represiva” e introducir a la vez el ciclo de las técnicas de sí y del gobierno de uno mismo. Vale decir, la confesión como forma de engranaje de la moral estética que se presenciará en la etapa del ocaso de su pensamiento.  

Señala Foucault que la confesión en el marco de los sistemas jurídicos se revela como una forma de constitución de uno mismo: “Lo que uno dice constituye una prueba y puede ser usado contra sí mismo”. ¿Cuál es la función que otorga el filósofo a la confesión? Un puente entre sujeto y poder. Un proceso que hace de él un objeto y a su vez lo subjetiva. Esa doble articulación es lo que interesa a Foucault: la confesión como forma de subjetivación, como discurso donde se monta el diseño de prácticas de la existencia. Dicho de otra manera: en Obrar mal, decir la verdad, Foucault plantea la investigación de las condiciones de posibilidad de la transformación del sujeto (del “nosotros”) en el marco del dispositivo confesional.

En la entrevista que le realizan el 22 de mayo de 1981 los criminólogos Jean François y John de Wit –en el marco del apéndice del curso–, Foucault dice: “La cuestión de la confesión fue asimismo muy importante para el funcionamiento del derecho penal contemporáneo. Esta cuestión aparece con mucha claridad entre las décadas de 1830 y 1850, en el momento en que se pasa de una confesión que era la de la falta a un requisito complementario: “Dime qué has hecho, pero dime sobre todo quién eres”. En este aspecto, la historia de Pierre Riviére fue muy significativa. Tenemos en ella un crimen que nadie comprende. Ese “quién eres” que es requerido en el interrogatorio será una de las piedras de toque del recorrido del filósofo en sus clases. Nada de ello resulta ajeno: en el curso Foucault procede a comparar la confesión con otras prácticas de veridicción, esto es, aquellas donde se enuncie la verdad, sobre todo prácticas religiosas, pero lo hace para situar la cuestión en una perspectiva más general. En ese sentido, enunciados como el de la parresía (el hablar con franqueza a riesgo de vida) o la profecía son otras formas de discurso donde se encabalga lo verdadero. Allí se ven algunos hilos a los que Foucault dará la puntada final en su último curso del Collège de France en torno al cinismo y la figura de Sócrates, esto es, la filosofía como forma de vida es una resistencia combativa que opone el coraje de la verdad al poder.

En la entrevista citada, los criminólogos preguntan al filósofo: “¿No se puede decir en cierto sentido que Foucault es un libertario?”. Foucault responde: “En cierto sentido, si usted quiere. Pero en cierta ideología libertaria hay con frecuencia una reivindicación, justamente deliberada, de las ‘necesidades fundamentales’, de la ‘verdadera naturaleza’ y todo eso. Yo no me situaría en esa perspectiva. Lo que busco es una apertura permanente de las posibilidades”. Esa resistencia a militancia alguna (homosexual, partidaria, etc.), al mismo tiempo que la búsqueda de ampliar horizontes posibles, hace que Michel Foucault admita solamente la definición ideológica de “libertario” con la condición de no caer en universalismos, naturalezas o “esencias” del hombre. Sagazmente, los criminólogos detectan en ese rechazo al poder a la vez que a la identidad (sexual, partidaria) la voz de un libertario en tiempos donde la verdad se revela como una construcción, y la única política viable que vislumbraba el filósofo en 1981 era en cuanto modo de vida. Una regla, una técnica de sí de la existencia sin proclamas altisonantes, pomposas ni “humanistas”. Fragmentos de biografía, coherencia, en ese sesgo Michel Foucault, de cuya muerte se cumplen treinta años el próximo 25 de junio, fue un animal de confesión, una bestia filosófica. Es mucho para estos tiempos.



Luis Diego Fernández