CULTURA JUNTOS, PERO NO REVUELTOS

Argentina-Brasil: desde un horizonte distante

De unos años a esta parte, y gracias a la promoción de su gobierno, Brasil ha colocado lo más notable de su literatura en el mercado editorial argentino, propiciando no sólo un cambio generacional sino una nueva manera de leer. A los nombres de Fonseca, Lispector y Guimaraes se han sumado Noll, Freire, Caio y Hatoum, entre otros. ¿Qué ocurre a la inversa? ¿Se promociona la literatura argentina en el país vecino?

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Foto:Cedoc

Nuestra trajinada vida “familiar” tiene en el fútbol su analogía perfecta: todo bien hasta que nos cruzamos en una hipotética final de la Copa del Mundo. ¿Toda la proximidad que supimos conseguir en un duelo modelo 2014? ¡Minga de integración! Ese cotejo, aún, es conjetural. Pero pensar su sustrato es remontarse al minuto cero de dos mentalidades opuestas.

En la torcida, la optimista promesa del hexacampeonato; del lado nuestro, la vanagloria de sentirnos mejores instalándonos en la dorada época en que el Pájaro Caniggia nos dio el gusto de dejarlos sin mundial. ¿Hará lo mismo el Flaco Di María?

Otro escenario. Personas y libros. ¿Reflejan las políticas de Estado el tratamiento de países “hermanos” que nos damos en el plano de la retórica dirigencial? En Brasil, de cada diez obras cuya extraducción se promueve con recursos públicos, cinco son al español. El 60% de ellas recaen en editoriales argentinas. ¿Por qué la extraducción avalada por el Programa Sur apenas llevó presupuestariamente a arenas lingüísticas brasileñas, entre 2010 y 2011, menos del 6% del conjunto de nuestra literatura? Existen sobradas razones para una respuesta ante esta asimetría que obedece a muchos factores, entre los cuales la razón glotopolítica es poderosa. Brasil=Ilha Grande es un tópico del gigante que es dueño de una lengua geográficamente rodeada. El argumento de una economía de excedentes y más previsible (con variables planchadas, incluida la inflación), donde, por presupuesto, se tiene previsto invertir, sólo en el rubro en el sector, 12 millones de reales –a razón de 500 mil dólares– anuales durante diez años consecutivos, es también eficaz. Lo que no atienden esas cifras macro es el cómo. Y en el cómo de las erogaciones, no en su superioridad, yace toda una clave. La política de fomento brasileña surge de la acción concertada entre varias dependencias del gobierno federal: Cultura y Relaciones exteriores (como suele ser de rigor) más la poderosa Apex-Brasil (agencia de exportaciones e inversión) y un ente administrador muy prolijo y transparente en la gestión, la Fundación Biblioteca Nacional. Procede a seleccionar proyectos y a dotarlos de una ayuda económica, promedio de entre 2 mil y 3 mil dólares, que reciben los editores internacionales para traducir a su idioma todo tipo de obras brasileñas.

En lo cuantitativo, no difieren tanto del Programa Sur, implementado a partir de la experiencia de Argentina como invitada de honor a Frankfurt (2010). Pero el proyecto brasileño –que se encuadra en una amplia propuesta de apoyos en promoción de lectura– contempla un estrechamiento mayor del lazo cultural. Intercambio de autores, becas a traductores para trabajar inmersos en el contexto de producción de las obras, etc. De allí que –haciendo de las personas que hacen libros su mayor activo– nuestros vecinos diseñaron una forma consistente de enriquecer su cultura que está de manifiesto, como punta de lanza, en la nutrida asistencia de escritores y otros artistas a raíz de que San Pablo haya sido invitada de honor en la actual Feria del Libro de Buenos Aires.

La alegría no es sólo brasileña. A la hora de ponderar los avances en el fomento a la labor editorial conseguidos por aquí, Ana María Shua fue tajante sobre el Programa Sur de extraducciones: “Cambió la historia de la presencia de la literatura argentina en el exterior. Es perfectible, pero muy digno de aplauso”. Lo que ocurre, y da pena, es a que el grueso de nuestra obra no está al amparo de una política específica. Y menos del Ministerio de Cultura de la Ciudad, cuya presencia en stand y plotters enormes en la Feria no se condice a la hora de erogar premios. Así, la difusión y el modo de vida del autor criollo –a menos que se trate de los cracks por cuyos derechos velan convenientemente los agentes– dependen de un goteo veleidoso que recuerda la muletilla de Macunaíma, el antihéroe que inventó Mario de Andrade: “¡Qué pereza!”. Toda una paradoja.

Comparar es preciso. “Fue un trabajo hermoso: me hundí en cada una de las cuatro historias, palabra por palabra, para encontrar argentinismos suaves y sinónimos sin ripios”. Así describe Hernán Casciari su trabajo (en colaboración con Javier Trímboli) para traducir cuentos brasileños en la Orsai número 6. Onda que se agradece a la hora de disfrutar la literatura de Andréa del Fuego, Daniel Galera, Santiago Nazarian y Ana Paula Maia. Pero, al hacerlo, habló de un “goteo”, concepción que desmiente la aluvional llegada de títulos, de nombres y más nombres. De variedad de géneros. ¿Quién conocía diez años atrás a Milton Hatoum, João Gilberto Noll, Silviano Santiago, João Antonio, Caio Fernando Abreu, Sérgio Sant’Anna, Marcelino Freire? Especialistas. Hoy son parte de la escuadra novedosa que trajo la ficción brasileña apoyada por FBN a nuestras playas lectoras. Freire, Marcelino (47), pernambucano y actualmente radicado en San Pablo, un caso testigo: hizo punta con Cuentos negreros (Santiago Arcos) y tiene en preparación su primera novela, Nuestros huesos (Adriana Hidalgo), próxima a salir también en Francia.

Escuadra invencible. Un muestreo de nombres de históricos que fueron traducidos hasta ahora: Fonseca, Guimarães Rosa, Lispector, Nelson Rodrigues o Vinicius. Cracks que no agotan el espacio ni el reconocimiento internacional. Por el contrario: lo cimentan para disfrute de escritores vivos y vertientes particulares como la LIJ o el libro gráfico. En un lote de seis autores argentinos –Andruetto, Istvansch, Graciela Repún, Sergio Olguín, Cecilia Pisos y Fernando Sorrentino–, la mitad no recibió ninguna clase de traducción de sus ficciones al portugués de Brasil en la última década. Comparación odiosa. Porque, además, quienes sí publicaron en portugués expresaron que casi siempre el Estado gravitó poco o nada.

Andruetto, quien recibió el premio IBBY Andersen, se mostró agradecida con Cancillería: “Se han cubierto (no por pedido directo, sino de instituciones) viajes míos a Chile, México y –esto sí a solicitud mía– han aceptado la cobertura del aéreo a la Feria Internacional de Bologna para fines de marzo”. No es la tónica dominante, sin embargo. Aunque la LIJ es una de las vertientes de más reconocimiento internacional, es escaso el rol del Estado en apoyarla. “La literatura para niños y jóvenes suele ser muy poco considerada para la participación en programas de este tipo”, resumió Cecilia Pisos. La de Fernando Sorrentino –quien se ufana de arreglarse solo– es una situación muy ilustrativa: abrió una brecha con una novela en la extinta Plus Ultra que interesó en Brasil en 1989 y debió esperar hasta 2009 para que otro libro suyo recalara allí.

Las antologías son otra merma. Mientras que un cuentista argentino de trayectoria puede integrar una antología extraducida hecha a pulmón, en Brasil las antologías funcionan y tienen un horizonte tan amplio que incluso contemplan la difusión subsidiada de compilaciones de ensayos y obras conjuntas de autores inéditos. De nuestra parte, el interés del flujo hacia Brasil se concentra en glorias como Borges, Cortázar, Puig o Piglia. O en casos extraordinarios como el de Shua. Representada por la agente Nicole Witt, se ganó un lugar sistemático en el mercado brasileño revalidando la muy buena circulación que tuvo La muerte como efecto secundario en los Estados Unidos. Brasil interviene, con presencia en las cuatro ferias principales (Frankfurt, Bologna, Guadalajara y BookExpo America), a una escala que deja lejos a las módicas tiradas negociadas para el mercado local, rara vez superiores a los 3.000 ejemplares. El asunto de las traducciones alternativas es otra diferencia crucial. De hecho, para Gran Sertón: Veredas, AH contó con una considerable ayuda económica. ¿Nuestros catálogos en Brasil? ¡Ay! Supieron ser fornidos por la pujanza de las antiguas Emecé y Sudamericana, pero en la última década fueron desguazados. “No peito a saudade cativa. Faz força pro tempo parar”, canta Chico Buarque en Roda Viva. Lo que invita a un alegato contra nostálgicos amantes de lo que supo ser y/o entusiastas negadores de lo que hay en nombre de lo que debería ser: el tiempo no para. Así lo muestra la tozuda iniciativa de Marcelino Freire, llamada Balada Literária; ser parco por falta de caracteres no nos exime de decir que es el zigzag deleuzeano hecho militancia prolibros.

Alegato contra la desesperanza. Felizmente para casi todos, la rueda del tiempo está viva. E integrarnos, si bien no es un destino manifiesto, parte de una voluntad que percibimos en el aire y en la sangre. María Teresa Andruetto y la ítalo-brasileña Marina Colasanti, por caso. Dos mujeres poetas. En los albores de la década pasada, una editorial le encarga a la cordobesa que traduzca al español Ruta de colisión (puede verse parte en Imaginaria, Nº 197). A partir de allí, intercambian visitas o se encuentran en congresos; cuando se publica (por RHM) La niña, el corazón y la casa, la argentina se lo envía a su amiga. “Es un libro que estruja el corazón”, responde Colasanti, y se encarga de convencer a su editora (de Global) para retomar el oficio de traductora. Con éste, un posterior libro de Andruetto en preparación en Brasil y un ensayo sobre literatura se hace la entente.

¿Podrían nuestras sucesivas gestiones olvidarse de gallineros y demás hipérboles sobre la decadencia cultural y ponderar el tamaño de nuestra no desesperanza? Nos lo debemos. Por la memoria de aquel paladar negro que tuvo en algún momento la marca Argentina, así en el fútbol como en la literatura. Por influjo de la garganta antropofágica que heredamos de la genética tupí. Y porque hacer tiempo pensando en ir a penales, cansa: puede dejarte sin aire para una buena definición. Puede atascar el ritmo que celebran las voces y la sangre.



Marcelo Bello