CULTURA FOUCAULT EN ARGENTINO

Arqueología de un mito

La editorial Siglo XXI publica un libro sobre la recepción crítica de las lecturas de Michel Foucault en Argentina, protagonista inopinado prácticamente de todos los debates intelectuales de nuestro país desde hace décadas. Evangelio cansino, obra apremiante o archivología elemental, este volumen vuelve a poner en la palestra una de las pasiones de la academia local: la reproducción “ab absurdum”.

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Mariana Canavese es doctora en Historia por la Universidad de Buenos Aires e investigadora del Conicet. Su tesis de doctorado es el texto que da origen al libro Los usos de Foucault en la Argentina (Siglo XXI Editores), recientemente editado. El subtítulo, “Recepción y circulación desde los años cincuenta hasta nuestros días”, da cuenta de una extensa labor por parte de la autora en la recopilación de fuentes diversas, testimonios, artículos periodísticos, entrevistas personales y múltiples documentos, además de la bibliografía cuidadosamente consignada.
¿Cómo se leyó a Michel Foucault en la Argentina? ¿Qué condiciones de recepción se dieron en la apropiación de la obra del filósofo francés en la Argentina, en el período que va de 1958 a 1989? Canavese describe al joven Foucault que se inserta a través de su primer libro, Enfermedad mental y personalidad (1954), en el “mundo psi” porteño como una fuente bibliográfica más entre otras. El filósofo aparece por primera vez a partir de la alusión de José Bleger, reconocido psicoanalista miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina. Era un Foucault referenciado entre el sartrismo dominante y mediado por el antihumanismo del pensamiento de Louis Althusser. En medio de la hegemonía lacaniana local, la primera traducción del primer libro de Foucault ocurrió en 1961 por parte de Emma Kestelboim, una joven estudiante de filosofía de aquel entonces, para la editorial Paidós. A fines de los 50 y comienzos de los 60, cuando Foucault comienza a ser traducido y citado, su discurso no era muy afín a las ideas dominantes de los ámbitos por los que circulaban sus primeros textos (lacanismo, marxismo). Su método arqueológico, emparentado con el estructuralismo, generaba tensiones con las visiones humanistas de la izquierda.
 La publicación de Las palabras y las cosas (1966) tornó aún más compleja la situación. En aquel texto Foucault le dedicaba unas pocas páginas al marxismo y lo reducía a la episteme del siglo XIX. La crítica al antropocentrismo y la noción de “muerte del hombre” generaban ruido en las aspiraciones emancipatorias de la izquierda. Sin embargo, el libro gozó de éxito comercial tanto en Francia como acá.

Los primeros lectores argentinos de Foucault por entonces eran psiquiatras, psicoanalistas, psicólogos, críticos literarios y escritores. Foucault no ingresó por la institucionalización académica sino por los márgenes (grupos de estudio, intervenciones periodísticas), algo que a mediados de la década del 70 y comienzos de la década del 80, se expande a través de las lecturas de Hugo Vezzetti y Tomás Abraham, y de revistas literarias como Sitio donde se menciona Las palabras y las cosas. Un dato interesante que marca Canavese es que ningún testimonio señala que Foucault haya sido un autor silenciado durante la dictadura. Hacia principios de los 80, Eduardo Marí, abogado que trabajó como asesor legal del Banco Central desde 1951 a 1987, incorporó una lectura de Foucault desde el derecho en línea con el marxismo estructuralista.
El arribo de la primavera alfonsinista en 1983 nos trae un Foucault usado en clave humanista y en relación con los derechos humanos. Algo extraño para un pensador antihumanista, que siempre había manifestado una evasión de toda construcción identitaria. Se transforma entonces en un pensador del poder y en la Argentina se hace un uso político de sus ideas en relación con causas de la post-dictadura, como la tortura, las prisiones, la punición y el ámbito jurídico a partir de la recepción de las ideas de Vigilar y castigar (1975).
Un capítulo aparte le dedica Canavese al vínculo problemático entre Foucault y Marx en el plano local. Foucault, que había sido fuertemente crítico del marxismo y sus implantaciones gubernamentales (el caso polaco) es leído contra Marx o para “salvar” a Marx. La edición de la antología Disparen sobre Foucault (1993) de Horacio Tarcus compilaba artículos críticos sobre el pensamiento de Foucault desde una tradición marxista. Ya a fines de la década del 80 y comienzos de los 90, Foucault pasó de ser el filósofo del “destape” sexual de la democracia al intelectual clave en el eje del debate modernidad/posmodernidad. Estas condiciones habilitaron un Foucault leído en clave esteticista, posmoderna y liberal. El filósofo circulaba por los diarios y revistas como una cita cotidiana y se hablaba de una “moda Foucault”. También se incorporan sus textos en cátedras de la Universidad de Buenos Aires a través de Tomás Abraham y Esther Díaz.

Canavese explora hacia el final del libro unas conjeturas sobre el Foucault de la década del 90 y la primera década del siglo XXI en Argentina a partir de la aparición de los textos de Edgardo Castro que permitieron una lectura en clave kantiana y conceptualmente rigurosa. Comenzó a ser habitual en el plano local la cruza de Foucault con una serie de autores italianos como Giorgio Agamben, Roberto Esposito o Antonio Negri, especialmente a partir de la cuestión biopolítica, pero no encontró una respuesta fértil en el auge del populismo que hizo foco en la propuesta intelectual de Ernesto Laclau. En este aspecto, la recepción de Foucault por parte de intelectuales kirchneristas prácticamente fue nula.
 El pensamiento de Foucault a través de sus receptores argentinos más destacados (Vezzetti, Abraham, Castro) tomó una multiplicidad de variantes. Esta caracterización que realiza la autora da cuenta del rasgo del Foucault local signado por la prevalencia del “mundo psi”, la sociología, el derecho y de modo tardío por la filosofía. Los foucaultianos hoy son muchos menos, pero más académicos.
Foucault sigue escribiendo: aún contamos con más de setenta mil páginas inéditas en la Biblioteca Nacional de Francia, el cuarto tomo de la Historia de la sexualidad y un diario intelectual.



Luis Diego Fernández