CULTURA MARCEL PROUST

Arqueología de una leyenda

A través de diversos registros, Marcel Proust dio sus primeros pasos literarios en una  publicación de fines del siglo XIX. Todos esos textos se publican por primera vez en español. Rudimentos del autor que cambió la historia de la literatura en occidente.

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En 1890, a varias décadas de ascender a Proust y diseñar ese “mandala”, como lo llama Barthes, “de toda la cosmogonía literaria” –A la recherche du temps perdu, por supuesto–, Marcel todavía es ese jovencito melindroso que se pasea por los salones de París adquiriendo reputación de esnobista, mientras corteja a sus amigos –y en algunos casos también a las novias de sus amigos–; pero también continúa siendo ese muchachito desvalido, asmático e hipersensible que con frecuencia se sienta en el inodoro a leer y a soñar con ser escritor.
Durante mucho tiempo se creyó que sus primeras publicaciones habían aparecido en la revista Le Banquet, donde colaboró a partir de 1892 junto a sus amigos Daniel Halévy, Robert Dreyfus y Jacques Bizet, entre otros.
Sin embargo, ahora se sabe que, dos años antes, en noviembre de 1890, poco después de terminar el servicio militar y regresar a la casa de sus padres cerca de la Place de la Madeleine, Marcel comienza a escribir bajo diversos seudónimos para la revista Le Mensuel, una publicación mensual de actualidad dirigida por Otto Bouwens, un antiguo condiscípulo del Liceo Condorcet.
Este material, exhumado por el bibliófilo Jérôme Prieur, fue publicado en 2012 en Francia por la editorial Busclats, y ahora una editorial argentina, Ediciones Godot, lo publica por primera vez en español, con una digna traducción de Matías Battistón.
En líneas generales, se trata de 11 textos que recorren un espectro temático amplio –pintura, music hall, moda, literatura– a través de una no menos amplia variedad de géneros: hay crónicas, cuentos, críticas literarias e incluso una poesía, por cierto no demasiado meritoria.
Por supuesto, como pasa en toda obra periodística, los artículos tienen un fuerte anclaje en lo coyuntural; pero Jérôme Prieur, en el estudio introductorio, no deja ningún bache: repone el contexto ausente con mucha precisión, y además sugiere varias hipótesis sobre la vida de Proust, que en algún punto brindan nuevas claves de lectura sobre su obra.
Acaso una de las más relevantes es la que concierne a Otto Bouwens, un personaje con el que Marcel, según el crítico Jean-Yves Tadié, autor de una faraónica biografía, “habrá tenido alguna desavenencia”, dado que “atraviesa como un meteorito invisible la biografía de Proust hasta el día de hoy”.

En efecto, llama la atención que en la ingente correspondencia de Proust no haya ningún rastro de su primer editor: ni siquiera una mención al pasar. “Pelea sentimental o despecho amoroso, rechazo o desprecio, el abismo que se abre entre los dos jóvenes es lo suficientemente vertiginoso como para que nos imaginemos la intensidad de la atracción que podría haberlos unido”, aventura Jérôme Prieur, quien enseguida sugiere que tal vez podría estar oculto nada menos que tras el nombre “Odette”, que, por cierto, no aparece por primera vez en Por el camino de Swann, como creímos siempre, sino en el relato Recuerdos, que publica Proust con el seudónimo “Pierre de Touche” en el último número de la revista, quizás como un “regalo de ruptura” para su amigo Otto, sospecha Jérôme, y recuerda además que ese nombre, “Otto”, aparece también en La prisionera (quinta parte de A la recherche…) y a propósito, justamente, de Odette.
Pero esta hipótesis podría sustentarse, además, en ese conocido ensayo, Proust y los nombres, que se incluye en los Nuevos ensayos críticos, de Barthes. Allí el crítico y semiólogo francés señala que, en Proust, el nombre propio no es meramente indicial, como en Peirce: se carga, además, de distintos significados –recordar, por ejemplo, aquellos pasajes en los que el narrador de A la recherche… se refiere al nombre de Gilberte–, con los que pretende establecer un vínculo natural, casi cratiliano. Pero esa motivación, en la onomástica proustiana, también se da entre la fonética del nombre propio y aquello que representa. Por eso, aunque Otto no se oculte detrás de Odette, es probable que aun así haya en Odette –en virtud de la semejanza fonética– algunos rasgos de Otto. La máquina Proust, e incluso el mismo Proust, suele operar con este tipo de desplazamientos.

Pero ahora volvamos a Marcel. Hablar de Proust siempre es un poco intimidante: lo ha sido, incluso, para el mismo Rolland Barthes (“su obra es tan polivalente, se ramifica en tantas direcciones que, cuando me acerco a ella como crítico, me invade una gran modestia y temor”, dijo alguna vez); en cambio, con Marcel es posible sentirse un poco más desinhibido: operemos, pues, también nosotros ese pequeño desplazamiento; aunque aclarando primero una cosa: en varios de los artículos de Le Mensuel –como en la multitud de intereses que abarcan en su totalidad– puede advertirse el germen de lo que será su gran catedral narrativa.
Por supuesto, no hay todavía un análisis cuántico del gesto, ni nada que se pueda pensar como cimiento de la memoria voluntaria e involuntaria; ni está –ni tampoco se anuncia– esa sintaxis laberíntica que acaso imitaba, como dijo Benjamin, el miedo al asma.
Sin embargo, en los textos sobre pintura, por ejemplo, cuando el joven Marcel –o en este caso, “Fusain”– interviene en la polémica “jóvenes contra académicos”, se inclina, como señala Jérôme, por los artistas que “juegan con el tiempo” –Dagnan, Edelfelt, Besnard, Alfred Stevens– y plantea un “arte poética exprés” que empieza a distanciarse de ese naturalismo que, por cierto, ya entonces aborrece, y se acerca mucho al que subyace en las páginas de A la recherche: “En el fondo, el objetivo es siempre el mismo”, dice, “y éste consiste para ambos bandos –nadie lo niega– en abordar directamente la naturaleza y plasmar con la mayor fortuna posible las impresiones que ésta ha provocado en el artista”.
En ese mismo artículo –“Impresiones de salones”, se llama– también habla, precisamente, de “impresiones” para atenuar sus “ínfulas de erudición”, o el “tono profesoral” de sus primeros textos: “Estas son impresiones que yo apunto, impresiones personales que, lo admito, son pasibles de reservas y réplicas”, dice.

Pero ese ethos moderado es casi una excepción. A decir verdad, no hay grandes continuidades entre un artículo y otro: Proust, o Marcel, parece diseñar un dispositivo de enunciación distinto para cada seudónimo; pocas veces vuelve a usar la misma máscara.
Cuando escribe sobre moda, como había hecho Mallarmé dos décadas antes, como hará Barthes varias décadas después –creo que nunca cité tanto a Barthes–, elige un seudónimo ambiguo: “Estrella fugaz”, y se configura en un “árbitro de la elegancia” o perito de lo trendy con notorias habilidades para empatizar con el mundo esnob del que Marcel, por entonces, formaba parte. En ese sentido, no escatima en guiños, ni en metáforas muertas ni en ese humor, ligero como el lino, que ya empezaba a sedimentarse en el género. Todo lo describe, además, con una minuciosidad casi prematuramente “proustiana” (y nótese, por cierto, que no hay tautología desde la postura heraclítea que elegimos para no inhibirnos): el vestido de paño, los corsages, la muselina de seda, la popelina siciliana con forma “mefistofélica”, o esos sombreros tan pequeños que pronto no serán “más que un cargo extra en la factura”.
El tono cambia, por supuesto, cuando interpreta el papel de crítico despiadado: cuando se convierte en “Bob” y arremete contra otros críticos –al respecto de Yvette Guilbert, una cantante de music hall– e incluso contra su amigo, o contra quien se suponía que lo era: Gabriel Trarieux, un antiguo condiscípulo del Liceo a cuyo poemario, en el número de marzo de 1891, le dedica cuatro páginas que explotan de ironía y maledicencia, quizás porque, en el fondo, como sospecha Jérôme, el joven Marcel lo ve como un rival: un alumno ejemplar que logra publicar antes que él, y cuyo futuro se presenta más prometedor (pecado que, se sabe, el mundillo no perdona).
Finalmente, en el último número de Le Mensuel aparecen dos relatos breves: el ya mencionado Recuerdo, y Cosas normandas, que es el primero que firma con su nombre y, de este modo, podría decirse que el joven Marcel empieza a interpretar el último papel, el definitivo, el que se lleva todos los aplausos: el papel de Proust.

 

Aquí están las mujeres

Sala pequeña, cuadros pequeños y, estaba a punto de decir, injustamente, arte pequeño.
No, en este grupo reducido hay algunos artistas de gran talento, como Edelfelt, Dinet, Zorn; y si bien uno siente cierta inquietud al echar el primer vistazo, luego queda encantado por la variedad de las manifestaciones actuales del arte.
¿Me pregunto qué pasará por la mente de un joven que se consagra a la pintura, que va por la mañana al Louvre y por la noche a la rue de Sèze?
“¿De qué sirve –dirá él– la enseñanza clásica, la ciencia de la composición, los largos años de estudio emulando a los maestros? Un poco de instinto, de gusto (¿y quién no lo tiene hoy en día?), algunos álbumes japoneses, muchas fotografías instantáneas: ¿acaso no es todo lo que se necesita para realizar estos bocetos fascinantes, que cautivan la atención del público y cementan la reputación del artista?
“¿Para qué vamos a escuchar todo el palabrerío solemne de los antiguos, si después tendremos que desembarazarnos de esas fórmulas académicas, de esa enseñanza retrógrada, y volver a encontrar frente a la realidad una visión original y personal de las cosas?”.
Las rebeliones de una juventud perturbada por las tendencias actuales son algo muy natural: existen en la literatura, la poesía, el teatro. Están latentes en el aire que respiramos, en la educación que recibimos. Y hace falta mucho carácter para resistirse a la corriente. Sin embargo, en literatura reconocemos de inmediato a aquel cuyos estudios clásicos son escasos, y que en su juventud habrá desatendido eso que nuestros padres llamaban las “humanidades”; asimismo, en la pintura reconocemos a quienes, al no haber estudiado lo suficiente, no tienen ningún recurso artístico más allá de la improvisación. En vano intentará olvidarlo aquel maestro de la escuela moderna: su mano, la maravillosa seguridad de su trazo y su ojo infalible nos recuerdan que alguna vez obtuvo el Premio de Roma.
Lo mismo sucede con Dinet, un joven y concienzudo cultor de la búsqueda artística, que expone las obras número 49, 50 y 51, y en quien detectamos una acabada educación en las bases esenciales de su arte.
Dinet nos muestra tres aspectos muy distintos de su talento (…). En La jeune danseuse de Laghouat, iluminación cruda, plena luz del Sol (el del Sahara), que parece traspasar la carne, apenas algunas sombras azules y ligeras. Es una obra deslumbrante.
Le Campement es un estudio opaco, una noche oscura y aun así transparente.
Après le bain nos muestra a una muchacha semidesnuda, por la mañana, en una esquina florida de nuestra Francia; no es Chloé, es una pequeña pueblerina desvestida. Una poesía íntima nos retiene ante este cuadro (…).
He dejado para lo último a Forain, paisajista. Sí, un verdadero paisaje de árboles, un cielo, vegetación; pero salta a la vista que Forain es incapaz de mostrarnos una pradera sin cubrirla de gallinas, y su Course en province [Excursión en la provincia], a pesar de su título y dimensión, no se sale demasiado de su género ordinario.

Extracto de Marcel antes de Proust (Godot, 2016).



Gonzalo Santos