CULTURA

Arqueología del epistolario amoroso

Conscientes de saber que somos la primera generación de la humanidad que ha visto desaparecer el género literario de la escritura de cartas, aún es muy pronto para precisar los alcances y el tamaño de dicha pérdida. Un repaso por los momentos estelares de la escritura amorosa.

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Todavía se escriben cartas en el mundo de la comunicación generalizada y de internet, y quizás algunas son sentimentales, pero en el futuro es posible que el género epistolar se convierta en un fósil de la galaxia Gutenberg. Mientras tanto, a fin de dejar algún testimonio de la humanidad que escribía cartas postales, nada mejor que recordar este hábito en vías de extinción de intercambiar esquelas amorosas. Es en la literatura donde más se ha cultivado el epistolario amoroso y, entre aquellos que con más o memos empeño la practicaron, están Goethe, Victor Hugo, Flaubert, George Sand, Dickens, Dostoievski, Kafka, Hemingway, Bioy Casares y otros. Desde luego, lo más interesante es que en cada una de estas correspondencias se exhibe una historia amorosa, a veces feliz y otras no tanto.
Empezando por el período romántico de la literatura moderna, el más paradigmático del epistolario amoroso, se han conservado las cartas del poeta John Keats a Fanny Brawne. En el verano de 1818, en Londres, Keats (de 23 años) conoce a Fanny (de 18 años) en la residencia de Wentworth Place, donde un amigo suyo alquilaba junto con la familia Brawne. Ninguno de los dos sobrevivió al flechazo. Fanny quedó conmovida con la sensibilidad y los poemas de Keats, y se convirtió en la musa inspiradora de sus poemas y cartas.
Algo más curiosa es la historia encerrada en las 1.770 misivas que se enviaron durante once años Goethe y Charlotte von Stein, una dama de compañía en la corte de Weimar de la duquesa Ana Amalia de Brunswick-Wolfenbüttel. Relata la leyenda que, un día de 1775, Goethe contempló el perfil en sombra de una dama que le mostró un amigo filósofo y cayó hechizado. Era la baronesa Charlotte von Stein, casada con el palafrenero ducal. A su vez, ella había leído Las penas del joven Werther, de Goethe, y le escribió, inquieta por el tema e interesada por el autor, al médico y filósofo Johann Georg Zimmermann. Este le envió un perfil en sombra de Goethe. Mutuamente fascinados por la sombras del otro, se encontraron meses después en Weimar, iniciando una larguísima historia de amor imposible, exclusivamente epistolar. La versión alternativa es la del investigador Ettore Ghibellino en Goethe und Anna Amalia(2003), quien afirma que la baronesa sólo cumplió una función de “mensajera” de la mujer amada por Goethe, la duquesa Ana Amalia, casada y diez años mayor que él.
Sea como fuere, otro adulterio destacado en la historia de la literatura y de la correspondencia amorosa es el de Honoré de Balzac y la condesa polaca Eveline Hanska. En 1832 ella le escribió una carta de admiración por sus novelas y comenzó entonces un largo carteo. La condesa, casada con un anciano y venerable terrateniente de Ucrania, prometió casarse con Balzac después de la muerte de su marido. Entretanto sostuvieron un intenso romance, aunque de breves encuentros hasta la muerte del consorte, en 1843. Las Cartas a la extranjera revelan que durante un período las relaciones fueron completamente atormentadas. Enamoradísimo y melancólico por la separación forzada, Balzac no pensaba más que en ella, hasta que quedó embarazada. El hecho despertó reacciones opuestas en los dos amantes, es decir, cuanto más entusiasmado estaba él, más desanimada se mostraba ella. Poco antes de morir, en 1850, Balzac se casó con Eveline, luego de entretenerse con otras amantes. Siguiendo con los adulterios que dejaron correspondencia, es particularmente significativo el de Gustave Flaubert y Louise Colet. Ella vivía en París, era poeta, estaba casada y había tenido amoríos y aventuras extramatrimoniales, además de una hija natural. Se conocieron cuando ella tenía 35 y él 24, y mantuvieron la relación de amantes unos ocho años durante los cuales se veían ocasionalmente. En La orgía perpetua, Vargas Llosa dice que fueron veinte encuentros como mucho, y que en algunos de ellos se limitaban a “reñir”. La extensa correspondencia coincide con el período en que Flaubert escribía Madame Bovary, y por lo tanto refleja sus problemas estéticos y de método de trabajo. Las primeras cartas muestran una pasión desbordante. Al no poder encontrarse, Louise ardía, mientras las respuestas de él son frecuentemente ambivalentes y sembradas de oscilaciones emocionales. Las esquelas de Flaubert, sobre todo las escritas entre 1851 y 1855, no sólo constituyen obras maestras del género epistolar, sino que contienen fragmentos de una de las grandes teorías narrativas de la literatura moderna. En 2003, Siruela publicó 168 de las 275 misivas: Cartas a Louise Colet. Ella también le escribió, pero el material fue destruido por la sobrina de Flaubert.
 Al arrojar una mirada al tortuoso siglo XX, es imposible eludir las cartas de Franz Kafka a Felice Bauer y Milena Jesenská. A la primera la conoció en agosto de 1912 en Praga, durante una cena en casa de su amigo Max Brod. Por aquel entonces, él tenía 29 años y ella, 24. Luego del flechazo, la correspondencia entre ambos se inició en septiembre. Más de 500 cartas y tarjetas postales fueron escritas casi diariamente entre el 20 de septiembre de 1912 y el 16 de octubre de 1917, una etapa fundamental en la obra de Kafka, durante la que escribió El proceso y La metamorfosis. En 1988, Elias Canetti publicó El otro proceso de Kafka, sobre una selección de estas misivas, donde consideraba que transcribían las emociones que inspiraron El proceso, al punto que la enigmática detención de Joseph K. simbolizaría el compromiso del autor con Felice. Lo cierto es que, tanto Kafka como ella, dudaban acerca de que el matrimonio fuera una idea adecuada. En abril de 1914 se comprometieron por primera vez, rompieron pocos meses después y se reconciliaron por última vez en julio de 1917. Dos años después, Kafka comenzó a intercambiar cartas con Milena Jesenská, una escritora y periodista que se acercó a él cuando decidió traducir su cuento El fogonero. Durante casi un año, Kafka le escribió con fogosidad, pero también con dolor. Milena no era feliz en Viena con el escritor Ernst Pollack, quien le proponía un matrimonio abierto y ella debía aceptar que llevase amantes al hogar. Al parecer, por las primeras cartas que se escriben, no demoró en confiarle su situación a Kafka. La apasionada correspondencia entre ambos duró de 1920 a 1922, pero sólo tuvieron dos encuentros personales.
Tampoco es posible soslayar las cartas de amor de Fernando Pessoa a Ofélia Queiroz, publicadas en forma completa en 2012. El libro contiene 51 misivas de Pessoa y 129 de ella, sin contar los telegramas que se envían cuando ya no están juntos. Comienza con el intercambio epistolar de 1920, antecedido por una única carta de Ofélia de 1919, cuando comenzó la relación. Ella contaba con 19 años, él con 31. A fines de 1920, dejan de relacionarse y de escribirse. La segunda y última etapa de la correspondencia se inició en 1929 y se extendió hasta 1931. Durante algún tiempo compartieron tareas en una misma oficina, pero se encontraban muy poco, a escondidas y siempre brevemente debido a que él se negaba a formalizar: le parecía ridículo pedir la mano de Ofélia, una muchacha que pertenecía a una familia acomodada de Lisboa. En sus cartas, ella se quejaba repetidamente de la inestabilidad y la reserva de Pessoa para escribirle, y una y otra vez le preguntaba si la quería. Pessoa le explicaba que no le gustaba escribir cartas y, menos todavía, amorosas. Como sugiere el epistolario, no tuvieron ninguna relación sexual plena sino sólo roces y caricias. Ofélia era muy directa al respecto, aunque no estaba dispuesta a lo que Pessoa le reclamaba sin que pidiera su mano.
Otro asunto son las 1.926 cartas sentimentales que Vladimir Nabokov dirigió a Véra Slónim, su esposa, entre 1923 y 1977. En julio de este año se publicaron en castellano (el año pasado se conocieron en inglés) con el título de Cartas a Véra. En su correspondencia de los años 20 del siglo pasado (la más abundante del libro), Nabokov intentaba levantar el ánimo a su esposa respecto de la mala relación parental con la madre del escritor, la crianza de su pequeño hijo y las privaciones económicas que padecía. En las misivas de Nabokov descuellan los piropos, la solicitud de respuestas epistolares (ella sólo respondía a veces), las pequeñas bromas y acertijos con palabras cruzadas, los graciosos apodos (“mi colchoncito”), los detalles de lo que hacía a lo largo del día. De hecho, Véra dejó todo para hacer de asistente de su esposo y se transformó en su dactilógrafa, chofer, traductora y secretaria. Se dice que salvó los originales de Lolita del fuego al que su autor los arrojó. Según parece, le fue fiel durante más de cincuenta años, aunque su cónyuge prefirió no imitarla. En 1937 la relación casi terminó cuando Nabokov se complicó sentimentalmente con la poeta rusa Irina Guadanini, pero la dejó cuando Véra le reclamó que tomara una decisión.
La correspondencia de Pablo Neruda a Matilde Urrutia (publicada con el título de Cartas de amor por Seix Barral en 2010) revela una historia amorosa inversa porque Neruda, cuando en un concierto al aire libre en el parque Forestal de Santiago conoció en 1946 a Matilde, su futura esposa, estaba casado en segundas nupcias con la pintora Delia del Carril, con quien permaneció casi veinte años. El epistolario, que comienza en 1950 y termina a mediados de 1973, pocos meses antes de que la muerte de Neruda, atraviesa diferentes etapas de la relación, desde la prolongada clandestinidad (con celos, rabias, deseo y otras exaltaciones) hasta llegar a un broche final de reflexión y sosiego. La correspondencia abarca veintitrés años. Al principio, la relación fue secreta y de viajes continuos por todo el planeta, que finalizaron en parte en agosto de 1952, cuando, luego de una estancia en Capri, ambos volvieron a Chile. No pudieron contraer matrimonio sino hasta octubre de 1966, tras la muerte de María Antonieta Hagenaar, primera esposa de Neruda. En la Atlántida, a 40 kilómetros de Montevideo, hoy existe un museo en la casa que los amantes solían compartir en vacaciones.
La literatura latinoamericana ha prohijado varias correspondencias de amor. Por ejemplo, la de Juan Rulfo a Clara Aparicio, quien recibió 81 cartas de amor del escritor entre 1945 y 1950, durante los años del noviazgo y primeros del matrimonio. El carteo se inició cuando Rulfo, de 27 años, se fue de Guadalajara a la ciudad de México alejándose de Clara, de 16, a quien poco antes de marcharse pidió formalmente que fuera su novia. En las respuestas a las esquelas, ella hacía observaciones sobre Pedro Páramo, por entonces en gestación (el libro El llano en llamas, publicado en 1953, está dedicado a ella). El epistolario se publicó en 2000 con el título de Aire de las colinas y contiene algunas cartas banales y otras de cierta poesía. También quedan las cartas sentimentales de Octavio Paz a la escritora Elena Garro, su futura esposa y autora, en 1963, de la novela Los recuerdos del porvenir, que para varios críticos, con los libros de Rulfo, se anticipa al realismo mágico. Paz le envió unas veinte cartas de amor entre julio y octubre de 1935, dos años antes de casarse. Escritas cuando Paz tenía 21 años, seis más que ella, trasuntan su adoración amorosa y la oposición de los Garro al noviazgo. En las cartas, él cuestionaba a la familia por su rigidez moral e insinúa, además, que mantuvieron relaciones sexuales, lo cual turbaba a Elena. La pareja se separó en 1959.
Pero la correspondencia de Paz no tiene punto de comparación, ni en cantidad ni en intensidad, con la que Adolfo Bioy Casares (casado con Silvina Ocampo) asedió a Elena lo largo de dos décadas, de 1949 a 1969, a través de 91 cartas, trece telegramas y tres tarjetas postales. En una palabra, una verdadera joya del género epistolar rioplatense. Según los investigadores de amoríos entre escritores, Bioy se encontró en tres oportunidades con Elena. Dos en Europa, en 1949 y 1951, y una en Nueva York, en 1956. Cuando se conocieron, en 1949, en París, en el hotel George V, Elena tenía 29 años, y Bioy, 35. Las cartas de él la persiguieron por Francia, Japón, Suiza, Austria. Entre agosto y octubre de 1951, le envió más de veinte. No todas son de amor. En algunas se habla de ella, junto a Paz, como agente literaria de Bioy en Francia. Helena Paz Garro, hija del matrimonio, relata en sus Memorias (2003) que su madre se quedó embarazada de Bioy, lo cual provocó que su padre la obligara a abortar.
En definitiva, estos epistolarios de grandes escritores aún nos dejan las huellas de existencias hechizadas por el amor, felices o no, que la era digital amenaza con borrar estúpidamente en la trivialidad de la comunicación instantánea

Ruben H. Rios