CULTURA

Balet sin música, sin personajes, sin nada

La artista argentina presenta una nueva apuesta de su trabajo, con la que se propone reflexionar acerca de la invasión e intervención de lo pictórico en el espacio físico de exhibición e histórico-simbólico del campo del arte. Hasta el 16 de febrero.

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Foto:Gentilez Leila Tschopp

Arquitectos, escultores, pintores debemos regresar al trabajo manual. Establezcamos, por lo tanto, una nueva cofradía de artesanos, libres de esa arrogancia que divide a las clases sociales y que busca erigir una barrera infranqueable entre los artesanos y los artistas”. Así manifestó Walter Gropius a comienzo del siglo XX y creó en Weimar la Bauhaus, una escuela estética y de pensamiento que cambió nuestra relación con el diseño (y el arte) de una vez y para siempre. En ese contexto, Oskar Schlemmer (1888-1943) hizo de la danza algo diferente: el Ballet Triádico. Pensó coreografía como un pintor: redefinió el cuerpo y el espacio, trazó figuras geométricas exactas, grandes diagonales, círculos y exageró perspectivas. Ciñó palos, por ejemplo, en piernas y manos de los bailarines para ejecutar figuras perfectas, cambiando la relación con el espacio, la composición y la visualidad. Revolucionó, en este sentido, al incorporar al movimiento en el análisis sobre el cuerpo y el espacio en la danza. Otro artista, posterior y de otras latitudes, que logró “volverse artesano” e hizo que su arte “bailara” fue el brasileño Hélio Oiticica (1937-1980) Sus obras de los años 60, sobre todo, están muy relacionadas con el carnaval, la danza y la favela. Los Parangolés (capas de colores) cubren y disimulan, con sus movimientos, la distancia entre lo alto y lo bajo, lo popular y lo elevado. Es el movimiento, nuevamente, que ocupa toda la escena. Y el color que vibra y no necesita de más imágenes para impregnar y lanzarse a la fiesta. Oskar Schlemmer y Hélio Oiticica se juntan, imaginariamente, y bailan. Quien nos hace hablar de estos dos artistas, tan distantes en apariencia, es Leila Tschopp con su muestra Diagrama #1: Movimientos dominantes en la sala 3 del Centro Cultural Haroldo Conti. De una manera sutil y desplazada, Tschopp los evoca, no tanto en su quehacer directo, sino en una tesis sobre el movimiento que ella misma está pensando desde la pintura. Una tela de un mostaza intenso que está colgada de una de sus puntas deja caer los preliminares: las capas de Oiticica están inferidas pero les faltan los cuerpos. En esa carencia está la clave. Tschopp coreografía una danza para su pintura geométrica que ya se ha librado del cuerpo, pero no de movimiento. Eso está también en los paneles que cuelgan de la pared central, donde el sol del mediodía lanza sus rayos por las ventanas de la sala. La primera imagen (o la última, según desde donde se ingrese) es el esquema de Stick Dance (danza de los palos), de Schlemmer. De ahí en más, en las otras telas va modulando, a la manera en que Schlemmer lo hizo con la danza: tirando líneas en fuga, demarcando círculos, exagerando diagonales. La paleta extraña, de ocres, magenta y negro es la música de la sala. Su arte combinatorio está en la repetición y la ligera variación de tonos. En ese sentido, los toques degradée realizados con aerógrafo resumen al propio movimiento pero dado por el color. El color en fuga, podría decirse de esas pequeñas pero potentes zonas de la obra. La tercera pieza es una síntesis de lo anterior: el paño rojo que cuelga como diminuto telón, como capa, como capote de brega (por el color) apenas tapa la obra montada como una escenografía. Toda la ilusión de la pintura en estos dos niveles: la escena que se abre con la capa que, a modo de tobogán, nos trasporta a este mundo. El que siempre cambia; en el que todo está en movimiento



Laura Isola