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Benveniste o el hechizo de la lengua

La publicación de las lecciones dictadas en el Colegio de Francia durante 1968 y 1969 por uno de los mayores lingüistas de todos los tiempos, permite calibrar el legado vivo de una inteligencia abocada a desentrañar el mundo de los signos y la ampliación del sentido.

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Foto:Cedoc

Fuera del ámbito universitario, concretamente de las facultades de Filosofía y Letras y sobre todo entre los especialistas en lingüística, el nombre de Emile Benveniste entraña una paradoja propia de los recintos académicos y los temperamentos eclesiásticos: se trata de un célebre desconocido –sólo por el gran público, ya que entre sus pares tuvo siempre la estatura de eminencia– que realizó aportes incalculables a la más compleja y acaso mayor de las creaciones humanas: la lengua.

Este hecho habla, más que de una sociedad ignorante e indolente, de un atributo que puede atribuírsele al objeto de estudio; y es que, a diferencia de otros campos del saber humano, los vastos dominios, pasiones y misterios de la lengua son un poco más remotos debido a su cercanía: la lengua es un susurro compañero, espectro al que nos enfrentamos desde que nos hacemos del habla (Homo loquax, consideró Edgar Morin a la especie), cuyos alcances no podemos dimensionar a cabalidad debido a que nos articula a plenitud: la lengua es la prótesis originaria que pasa desapercibida. Si para Charles Darwin el origen de las especies constituía el “misterio de misterios”, lo mismo podríamos sostener respecto del origen y el desarrollo de las lenguas. Inmersos en su espesura circundante y sobrecogedora, como los peces ondulantes en los mares, solemos olvidar que habitamos un océano turbulento que determina nuestras vidas. Pensar la lengua –hacer lenguaje– es revelar al gigante desconocido que justifica y hace posible la existencia.

Desde muy joven, Benveniste se destacó como un alumno brillante no sólo de la ciencia que por comodidad y justicia se le atribuye a Ferdinand de Saussure, la semiología, sino sobre todo por su conocimiento de diversas y muy variadas lenguas, vivas y muertas, rasgo esencial para atisbar la complejidad del fenómeno.

Si bien Benveniste fue lo que podríamos considerar un espíritu devoto del estudio que hizo avanzar la lingüística hasta lugares insospechados –Barthes y Lacan se rendían a las dotes de su talento con el fervor de dos auténticos apóstoles–, el destino de sus investigaciones salió de los recintos universitarios cuando en 1967 publicó el tomo Problemas de lingüística general, lo que vendría en perfecta sintonía con la fiebre estructuralista de la época, y se vería reforzado con un segundo tomo en 1974, acabando para siempre con la visión conductista del lenguaje humano que emparentaba dicho proceso con la comunicación distinguible en las abejas y otros animales.

Es Benveniste quien distingue por primera vez la diferencia entre enunciado –la afirmación autónoma, independiente del contexto– y enunciación –el acto de afirmar asociado al contexto–. Antes de Benveniste nadie había indagado tan hondo en el estudio de los pronombres, que son también una exploración del tiempo. La meticulosidad de sus estudios permite que el alcance de sus investigaciones toque los dominios de la antropología, la filosofía, la filología, la historia y la psicología (el mismo Jacques Derrida confesaría que su célebre trabajo Sobre la hospitalidad no era otra cosa que una glosa al texto Vocabulario de las instituciones indoeuropeas de Benveniste).

La publicación de Siglo XXI Argentina del tomo Ultimas lecciones recupera una serie de lecciones impartidas en el Collège de France en las que el análisis de la realidad en tanto entramado de signos resulta una categoría epistemológica, porque, aunque lo olvidemos, “vivimos en un universo de signos. Utilizamos conjuntamente, sin darnos cuenta y a cada instante, varios sistemas de signos: señalarlos es ya una exploración en el ámbito de la semiología”, y continúa: “Hablamos. Ese es un primer sistema. Leemos y escribimos: ese es un sistema distinto, gráfico. Saludamos y hacemos signos de cortesía, de gratitud, de adhesión. Seguimos flechas, nos detenemos ante semáforos. Escribimos música”.

El libro, acorde con la moda de publicar todo el material de lo que podríamos llamar “maestros franceses del pensamiento contemporáneo”, cobra especial relevancia en el caso de Benveniste, que a la manera de Saussure nunca se preocupó demasiado por el destino de su legado. En ese sentido, tanto el prefacio de Julia Kristeva como el posfacio de Tzvetan Todorov, dos autoridades en la materia, permiten calibrar la relevancia permanente de quien consideran su maestro (así el caso de Kristeva colinde con lo chusco, al pretender leer, con una hermosa dosis de humanidad, un mensaje cifrado donde lo que hay es el deseo de un anciano aquejado por un derrame cerebral de aferrarse a una teta).

Pocas veces las obras de un auténtico genio –constante, humilde, dedicado– llegan al contacto de los hombres. La publicación de este libro teje ese puente que invita a continuar con el hechizo de la lengua.



Rafael Toriz