CULTURA EL ROCK GANA EL NOBEL

Bob Dylan

El jueves pasado, la Academia Sueca decidió darle el galardón al cantautor estadounidense, de 75 años, aludiendo que Dylan “creó nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción americana”.

Célebre. Famoso, imitado y glorificado en todo el mundo.
Célebre. Famoso, imitado y glorificado en todo el mundo. Foto:cedoc
Ciertos gestos del destino denotan una profunda ironía con las decisiones del comité que entrega el Premio Nobel de Literatura. Horas antes de conocerse el resultado de este año, moría en Italia Dario Fo. El autor teatral anticlerical y de izquierda, premiado en 1997 con el galardón que hoy reconoce a Bob Dylan (Robert Allen Zimmerman), fue fiel a sus convicciones antifascistas, que lo llevaron a luchar en la resistencia contra Mussolini. Fo nunca cedió, murió con las botas puestas. En ese mismo año, en Bolonia, durante el Congreso Eucarístico Internacional, Bob Dylan brindó un recital ante el papa Juan Pablo II (en su juventud, partisano en Polonia). A continuación, las palabras del Pontífice a la multitud se basaron en la canción Blowin’ in the Wind. Cuenta la leyenda que John Lennon enfureció al enterarse de la conversión católica de Dylan y por eso escribió la canción Serve Yourself, donde le recuerda la cuestión de las guerras santas, la sangre derramada, el engaño estatal para justificarlas. Este reproche pacifista de Lennon sucedió poco antes de que lo asesinaran.

De premiar sangre, sudor y teatro a premiar sangre, sudor y poesía. ¿Es eso lo que reconoce este Nobel literario? Así parece, más allá del gesto político de la Academia Sueca con el catolicismo, que ya cuenta con miles de víctimas del terrorismo islámico trasnacional. Pero también podemos pensar que premia a la cultura popular, a ese fino sedal que toca a la historia contemporánea con el sacrificio de varias generaciones representadas por una voz y un ritmo, que le son propios y simbolizan en Dylan el dolor acumulado ante tanta injusticia.

En lo que hace a la verdad impresa, lo editado como libro, Bob Dylan no posee una obra escrita sólida y reconocible en las librerías del mundo. Tal vez forzado por compromisos contractuales, escribió Tarántula, textos poéticos en prosa abigarrada y experimental, evocando a Burroughs y Kerouac, que fue publicado en 1971 con poca repercusión. Su obra, por tanto, puede enmarcarse en el concepto de poética pero en función de la puesta en acto musical, en el canto, en la declamación que, en este caso, va ligado al tristemente célebre mercado musical. Death Records era el nombre del sello discográfico en el film Phantom of a Paradise, de Brian De Palma, la versión de Fausto que en 1975 anunciaba el sacrificio de los ídolos de la industria musical por lograr éxitos, unos tras otros. Por tanto, detectar qué es lo premiado de su carrera poética, el material literario que lo sustenta, está ligado al recorrido del cantante, a sus fuentes de inspiración, referentes y contemporáneos culturales con los que configuró un movimiento de rebeldía, muchos de los cuales quedaron en el camino, como un tendal de íconos sacrificados por la música. Parte de esto se encuentra en su libro autobiográfico publicado en 2004, Crónicas: volumen uno, donde reniega del título mediático “representante generacional”.

Este reconocimiento a la poética intermediada en la música refiere a otras tradiciones, como es el caso de juglares y trovadores. En ellos anidaba tanto la difusión de las novedades del reino como las críticas sociales, o las noticias sobre los padecimientos de otros pueblos. En esta singularidad es que puede observarse en Dylan una mezcla que se remonta a sus orígenes. Nieto de inmigrantes judíos ucranianos, lituanos y armenios, nació en 1941 en Minnesota, en el centro oeste norteamericano, entre montañas de hierro, granjas e industrias en desarrollo, pero donde perduraba el derrumbe económico originado en la crisis de 1930. A través de la radio llegó a la música folk, y a uno de sus cantantes icónicos, denunciante y luchador por las víctimas de la explotación del “sueño americano”: Woody Guthrie. Este bardo del folk fue el precursor de la “canción de protesta”, género que a partir de mediados de la década del 60 se encendería por todo el mundo como una bola de fuego. Dylan cursa un solo año en la universidad y a partir de allí se desarrolla todo a la vez: el músico, el cantante y el compositor. No le faltó suerte y, de manera temprana, tuvo el reconocimiento de sus pares del folk tradicional, lo que no es poco. Con una voz áspera, tonos entrecortados, una dicción amañada por la melodía, su estilo resultó particular y atractivo. Esos factores lo convirtieron en una pequeña estrella, pero sus letras, los textos que cantaba, comenzaron a mostrar un peso específico. En términos del fenómeno musical, Dylan ofrecía una identidad formidable, capaz de adquirir el tamaño de una estrella.

“Nunca te volviste para ver los ceños fruncidos de los malabaristas/ y los payasos que hacían sus trucos para ti,/ nunca comprendiste que eso no estaba bien./ Permitiste que otras personas se divirtieran por ti./ Solías cabalgar sobre el caballo cromado con tu diplomático,/ quien llevaba en su hombro un gato siamés./ ¿No fue duro cuando descubriste/ que desapareció después de robarte todo lo que pudo?”

Estas estrofas pertenecen a Like a Rolling Stone (1965), tal vez la canción más cantada por otros artistas, entre ellos, Jimi Hendrix, Rolling Stones, David Gilmour y Green Day. La misma refiere a Edie Sedgwick, actriz y modelo que estuvo relacionada sentimentalmente con Dylan y pertenecía al círculo creativo de Andy Warhol. En los versos vaticina la tragedia de esa mujer que, desubicada, enfermiza, será víctima de sus propios fantasmas suicidándose pocos años después. Pero a la tragedia oponía su propia visión de los conflictos sociales norteamericanos: los derechos civiles de la población negra, la Guerra de Vietnam, la decadencia de los círculos políticos, fueron temas suyos y de Joan Baez, con quien compartió una relación sentimental. En 1967 Dylan sufre un accidente con una motocicleta, no consta que fuera tan grave como para que se apartara de la vida pública hasta 1969, pero de alguna manera esto le sirvió para detener la escalada de excesos en alcohol y consumo de drogas que, para la época, era el denominador común de todo el medio musical. En ese momento ya había cruzado la línea musical del folk al rock eléctrico, en alguna medida cortaba lazos con la tradición del medio oeste, del campo, para buscar nuevos horizontes creativos que lo llevarían al blues, al gospell, al rockabilly e incluso al jazz.

Hasta aquí podemos señalar el inicio, a partir de qué factores y con qué elementos Dylan construyó su poética. Lo que sobrevino a partir de la década del 70 fue una avalancha de creatividad que da por frutos cientos de canciones, con versiones de todo tipo, con grupos musicales que fueron rotando, al punto que en los últimos diez años mantuvo un ritmo de presentaciones que rozó las cien anuales. Queda a la industria editorial la misión de editar, traducir, comentar, reseñar, incentivar los ensayos críticos, sobre una obra tan amplia. Es al revés: el premio obliga a la literatura a ocuparse de Dylan, y tal vez, también, de la música popular y sus letras memorables, que han modificado la visión de las personas. En 2011, al cumplir 70 años, también recibió el homenaje de las universidades de Viena, Bristol y Maguncia, que organizaron simposios donde se compartieron estudios sobre su obra. Es indudable que el Premio Príncipe de Asturias de las Artes en 2007, el Premio Pulitzer en 2008 y su designación como miembro honorífico de la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras en 2013 lo impulsaron a recibir este Nobel de Literatura.

Ahora, más allá del merecimiento relativo a sus competidores, o a la aprobación del premio por parte del universo de la literatura académica o especializada, queda una pregunta crítica inquietante: ¿en qué lugar está el escritor en el siglo XXI? ¿Es tan pobre su producción que la poesía de un representante del fenómeno musical más poderoso de la historia humana viene a saldar su anemia creativa? O peor, ¿qué le queda a la literatura impresa como recurso ante la poesía propagada por un artefacto de difusión que llega a millones de personas en todas partes del mundo sin necesidad de traducción? Más allá de la profunda crisis del sistema comercial de la música, la notoriedad del juglar Dylan, el valor icónico y trascendencia que mantiene entre generaciones, pone en cuestión qué tipo de rol desempeña el escritor en la sociedad contemporánea, o coloca un velo de duda sobre su futuro. Qué será del escritor sin el sustento de una difusión global, o si desaparecerá en el mismo acto de ser difundido como una imagen, en un intento vano de salvar su obra.


Dylan artista plástico

Drawn Blank, publicado en 1994, es un libro de Bob Dylan donde se reproducen dibujos realizados “para reorientar una mente inquieta” durante las giras musicales entre 1989 y 1992. Esto entusiasmó a la curadora del museo Kunstsammlungen, en Chemnitz, Alemania, Ingrid Mössinger, quien organizó una exposición de los originales. A instancias de ella, Dylan realiza cuadros con acuarela basándose en aquellos dibujos, utilizando contrastes de colores, así como tonos vibrantes, en varias versiones sobre un mismo motivo. “Esta elección y habilidad en la aplicación de diferentes arreglos de color para el mismo dibujo original permite a Dylan expresar sus sentimientos y percepciones de una idea o visión que evoca continuamente diferentes sentimientos y reacciones, y crea de este modo la evolución de las obras de arte. Esta técnica es intrínseca a Dylan en todos los aspectos de su vida creativa”, se lee en la página web donde se ofrecen los grabados. Algunos de ellos tienen un precio de 10 mil libras esterlinas, otros 5 mil.

En 2008, la Galería Nacional de Dinamarca propone a Dylan exponer en Copenhague. Considerando la serie Drawn Blank agotada, se dedica a pintar durante un año más de cuarenta piezas originales. Esto conformó lo que el artista considera su verdadera evolución en la pintura: La serie de Brasil. Sus curadores escriben: “La vida de Dylan en la carretera ha dictado una existencia nómada transitoria durante los últimos cincuenta años. En verdad, la ciudadanía tiene poca resonancia para Dylan. El es indígena en todas y en ninguna parte, un miembro de la comunidad mundial, un niño del mundo”. Esta serie también está a la venta como grabados exclusivos, pero con valores que rondan las 2.500 libras esterlinas.

Contemplando estos cuadros cabe preguntarse qué ocurre con el mercado del arte cuando un famoso compositor musical accede a otros canales de expresión. La cruda simpleza de sus líneas, los tonos forzados de una paleta limitada, reclaman un límite a la falta de autocrítica del músico, a la falta de pudor de los curadores, así como cierto descaro en la explotación comercial que el conjunto declara. Tal vez en esto Dylan es víctima del tour de force del nuevo siglo, por el que si dos o tres voces autorizadas por su rol señalan algo como “arte”, esto le otorga la categoría per se. De todas formas, estos valores son al día de hoy. Estos grabados aumentarán su cotización con el premio adjudicado, así como su venta, en una vorágine donde el arte queda de lado. Entonces, mejor disfrutar de sus canciones...

Omar Genovese