CULTURA


Boris Groys o la caducidad del presente

El influyente filosofo aleman recorre en esta entrevista los dos libros de su autoria que por estos dias Se publican en la argentina: ‘introduccion a la antifilosofia’ y ‘arte en flujo’.

PERFIL COMPLETO

No nos quedan más principios, ni remixes, ni finales, podríamos decir parafraseando al George Steiner de las Gramáticas de la creación, y sin embargo, dentro de los profundos desamparos a los que nos somete el capitalismo desbocado –siempre envilecedor de la experiencia, dejando como paliativo un consumismo enajenante de exquisito diseño, en el mejor de los casos–, aún es posible plantear ciertas preguntas que articulan una reflexión a campo abierto para comprender el presente, cuando sólo en apariencia ya todo ha sido dicho. Y además, con fecha de vencimiento de ayer.
La figura y trayectoria de Boris Groys (1947), nacido en Berlín Oriental, es ya distinta del filósofo tradicional de importación que tanto suele erotizar a las élites culturales de América Latina. Con una formación universitaria en filosofía y matemática en lo que fue la Universidad de Leningrado, más tarde se abocaría al estudio de la lingüística en Moscú –Groys es fluido en alemán, en ruso y en inglés– para finalmente abandonar la Unión Soviética por pedido de las autoridades en 1981 debido a sus ensayos sobre arte y cultura (el año pasado se publicó en español su ensayo La posdata comunista, una pieza formidable, epigramática: “La revolución comunista es la transferencia de la sociedad desde el medio del dinero al medio del lenguaje”; “para que la sociedad sea criticable, primero tiene que volverse comunista”) y desarrollar una carrera académica en la República Federal Alemana que lo ha llevado, al día de hoy, a trabajar como profesor e investigador de la Universidad de Nueva York y en la Universidad de Arte y Diseño de Karlsruhe en Alemania, entre otras instituciones de prestigio internacional.
Vasta, sólida y sugestiva, su producción reciente se centra en los conflictos inherentes a la producción cultural, la creación del valor artístico, la distribución del arte, los nuevos espacios públicos y, fundamentalmente, la teoría crítica como herramienta para comprender los desafíos que plantea la web así como las diversas interacciones con el campo artístico en tiempos en los que el artista –y prácticamente el ciudadano común– ha devenido objeto artístico: la mirada quirúrgica de un Walter Benjamin se encuentra, en sus páginas, surfeando con un sólido arsenal las olas de silicio de la red.
La ocasión de esta entrevista está relacionada con dos libros de reciente aparición en la Argentina. Por un lado, su Introducción a la antifilosofía, que publica Eterna Cadencia, una colección de ensayos sobre pensadores heterogéneos –Kierkegaard, Lessing, Jünger, Derrida, Nietzsche, Heidegger, Wagner, McLuhan o Bajtín ( y sí, ni una sola mujer)– un tanto anticlimáticos pues, como sostiene el autor, “el actual mercado de la verdad parece más que saturado… En todas partes encontramos verdades, y en todos los medios, ya sean estas verdades científicas, religiosas, políticas o relativas a la vida práctica”. Vista como mercancía, la verdad no es un buen negocio, por ello Groys sostiene que “de Sócrates, pasando por Marx, la teoría crítica de proveniencia frankfurtiana rige que la verdad, cuando se presenta como mercancía, deja de ser una verdad” perspectiva que la crítica filosófica ha desarrollado con profundidad y por lo tanto desacreditado, “¿no es acaso la filosofía misma la que transforma toda verdad en mercancía? En efecto, la actitud filosófica es una actitud pasiva, contemplativa, crítica, y por ende en última instancia consumista”. Para Groys, ello explica la pasión de nuestra época por los recetarios de cocina, es decir, por los instructivos para la vida, algo que su Antifilosofía está muy lejos de encarnar.
El otro libro, que será publicado por Caja Negra, es más complejo y sobre todo más interesante por los temas que abarca. Arte en flujo. Ensayos sobre la evanescencia del presente aborda, en cada capítulo, temas que serían ocasión de sendos seminarios universitarios. Ya sea que discurra sobre el arte en internet o como Google, se encuentra más allá de la gramática, su mirada es penetrante y a contrapelo. Imbuido por Benjamin y también por Derrida, Groys lleva la teoría crítica al encuentro con el presente escurridizo y sus múltiples, elusivas representaciones. Los roles que juega el archivo, los cambios entre finitud y mortalidad entre la obra y el autor provistos por la tecnología, los análisis de los distintos soportes, materiales e inmateriales de nuestro ser como individuos, la teoría como garante plenipotenciario del arte contemporáneo: en suma, la relación crítica del arte, la tecnología y la imaginación con los límites de las sociedades posindustriales.
Curador dentro de un presente conflictivo, y sobre todo diseñador de preguntas inquietantes, Groys dialogó con PERFIL al respecto.
—Por estos días, se publican en Argentina dos libros tuyos, de corte muy distinto. Por una parte, la “Introducción a la antifilosofía” (Eterna Cadencia), una colección de ensayos sobre filósofos que traza un mapa intelectual relativamente heterodoxo, de donde no se extraen directivas que muevan a actuar en lugar de pensar, por lo que, como señalas en la introducción, “sólo pueden resultar decepcionantes”. Por otro, se publica “Arte en flujo” (Caja Negra), una colección de ensayos que se leen como estrategias para la comprensión del presente a través de un análisis del estado del arte. ¿Cuál es tu relación con la traducción de tu trabajo?
—En cierto sentido, ambos libros están conectados. Desde sus inicios, la filosofía ha sido una búsqueda por un terreno común. Este terreno común ha sido supuestamente la razón. En mi Antifilosofía comento autores que han buscado un tipo diferente de terreno común, más allá de la razón, podría decirse. En Arte en flujo también hay una búsqueda de un territorio en común, que en este caso es la experiencia compartida de la finitud y la mortalidad.
—Has insistido, desde hace tiempo, en que la literatura funcionaba como un arte persuasivo, y que en tiempos como los nuestros –globalizados, posnacionales, licuados en un flujo permanente– nadie desea ser persuadido –convencer es infecundo, sostuvo Walter Benjnamin. En ese sentido, ¿dónde colocarías tu producción ensayística?, y sobre todo: ¿qué lugar le confieres a la teoría crítica en tanto creación poética?
—Aunque, en efecto, en nuestro tiempo es difícil de practicar el trabajo de persuasión, todavía es posible tratar de producir un cierto efecto de reconocimiento. La fenomenología sigue funcionando –incluso si la ideología se ha vuelto menos eficaz. Cuando leemos ciertas frases descriptivas, de diagnóstico, como esta máxima benjaminiana que citas, “convencer es infecundo”, tendemos a decir casi de manera involuntaria: ¡cuán cierto es!
—¿Qué lugar tiene para ti la teoría crítica en tanto creación poética? ¿Cuentas con un agente literario?
—No, no tengo agente literario y conozco a algunos poetas que tampoco lo tienen y aun así conciben sus textos como creaciones poéticas. La cultura está en un flujo y por lo tanto la forma en que se ven los textos está cambiando todo el tiempo. Por lo tanto, algunos poemas bien pueden ser vistos como contribuciones a la teoría crítica.
—Actualmente, prácticamente todos somos productores de contenido, por ello, ¿cómo podemos articular un sistema que nos permita estratificar el valor de la información sin poner ese mismo sistema en crisis? ¿Es posible y, sobre todo, es deseable?
—Yo no me veo a mí mismo como un proveedor de contenidos. Más bien, yo produzco ciertas formas textuales en las que los lectores proyectan sus contenidos, si es que eso sucede. Asimismo, yo no creo que el texto sea un medio de información. Sencillamente, se trata de una cosa hecha con palabras.
—¿Estás familiarizado con el concepto de post historia que propone Vilém Flusser?
Hasta donde yo entiendo, el concepto del fin de la historia fue propuesto por Alexandre Kojève en la década de los 30. Después de eso hubo muchísismas modificaciones, incluyendo la de Flusser. El problema es que mientras tanto tenemos una historia del fin de la historia. En algunos lugares la historia ya terminó; en otros, no todavía.
—Uno de tus análisis más estimulantes es el que sostiene la ingente capacidad de archivo de internet, puesto que ha permitido la documentación del proceso artístico en sí mismo para considerarlo como una obra, transformando nuestra percepción del tiempo y espacio de la obra de arte así como la relación tradicional con los museos. Me llama la atención, dado que tu idea de archivo es estrictamente descriptiva, que no choque con la visión de Jacques Derrida en “Mal de archivo”, para quien se trata esencialmente de “tener un deseo compulsivo, repetitivo y nostálgico de retornar al origen… es correr detrás del archivo, aun cuando haya demasiado”.
—Yo no creo que utilicemos los archivos principalmente para aprender algo sobre el pasado o volver a los orígenes. Nosotros necesitamos los archivos para inscribir nuestro propio trabajo en ellos. Allí donde no hay archivo tampoco existe el interés por la producción cultural original, que sería diferente de lo que ya contiene el archivo; asimismo, tampoco habría perspectiva ni futuro para cualquier tipo de trabajo artístico o intelectual, y por lo tanto tampoco la capacidad de tomar distancia del propio tiempo. Uno podría estar encarcelado en la prisión del presente.
—Ahora que el prestigio de la creación artística se encuentra detentado por los procesos, performances y estrategias del arte contemporáneo, no sólo con finalidades retóricas sino como parte misma del ecosistema capitalista –y como demuestra el caso de Google, también en la producción de relaciones comunicacionales y asociativas–, ¿es posible aún construir una crítica moral de mundo?
 —La crítica moral del mundo es siempre posible. El mundo siempre ha sido malvado y seguirá siendo malvado. El rey del mundo es Satanás, que siempre ha sido y todavía lo encarna el sentido común.
—¿Será más implacable el control de internet sobre la vida del hombre que lo que fueron los regímenes totalitarios del siglo XX?
—El futuro de internet está estrechamente relacionado con el futuro de la globalización. La política de los mercados abiertos no puede ser eterna. El proteccionismo y las guerras pueden venir en su lugar. Entonces, internet como la conocemos no existirá más.
—¿La capacidad de archivar lo que hemos sido, ya sea que nos pensemos como obra de arte, mercancía o apenas un flujo errabundo condenado a desaparecer, nos permitirá, por primera vez en la historia abolir la evanescencia del presente?
—Por el contrario, tales elementos intensificarán la experiencia de esta evanescencia. Hoy en día todo lo que hacemos se vuelve archivable mucho más rápido que en otras épocas. Los eventos, conferencias y performances se registran y se suben a internet en tiempo real. Aquí la diferencia entre presente y pasado desaparece casi por completo. La máquina de archivado demuestra el carácter transitorio de todo y de todos precisamente a través del registro de todo y de todos. A lo que sea que nos estemos enfrentado, lo primero que miraremos será la fecha de caducidad. Nuestra condición contemporánea puede ser definida como la escatología de todos los días.

Rafael Toriz