CULTURA

Buenos Aires, ciudad suspendida

Como pocas ciudades en la región, Buenos Aires fue un triunfo de la civilización sobre el ambiente. Por ello, gracias al arte barroco de superposición temporal que permite la fotografía, es posible atisbar el misterio que la fecunda y les da sentido a sus entrañas en un libro vivo que se revela como una auténtica obra de arte.

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Foto:Buenos Aires Memoria Antigua
Conocí a Luis Priamo en los años 70. Ya entonces estaba obsesionado con la conservación del material fotográfico de Santa Fe y Buenos Aires. Priamo es un pionero que recorre el camino que él mismo trazó en sus primeras recopilaciones de fotografías, encontradas en los desvanes de los estudios de quienes las tomaron o rescatadas de los archivos.
Buenos Aires. Memoria antigua, libro excepcional por su formato y su calidad gráfica, recopila más de trescientas fotografías de Buenos Aires, de 1850 a 1900. Luis Priamo ha compuesto un nuevo álbum de Buenos Aires (álbumes se llamaban los modestos o ambiciosos conjuntos que armaban los fotógrafos de aquellos tiempos). Son imágenes tan históricas como nuevas. Excepto los especialistas, seguramente muy pocos hayan recorrido esta cinta ininterrumpida de visiones que produce dos efectos: el reconocimiento (falso o verdadero) y la sensación de atravesar temporalidades diferentes.
Quienes tomaron estas fotografías estaban registrando el novedoso presente de la ciudad. Capturaban el tiempo en las imágenes fijas de su transcurrir vertiginoso. Buenos Aires era un espacio en construcción, que crecía y se poblaba velozmente. Las fotos muestran el vacío de grandes explanadas frente a edificios construidos para perdurar y permiten ver cómo se iba ocupando ese vacío, década tras década. Los fotógrafos encaraban el presente. Su perspectiva era la inversa de la nuestra. Hoy vemos lo que la ciudad fue. Ellos perseguían lo que estaba siendo. Encuadraban la ciudad que sería, en potencial.
Estas dos temporalidades obedecen a lo que vio el objetivo de la cámara y lo que ven nuestros ojos frente a las imágenes. Los fotógrafos construían álbumes de actualidades. Más de un siglo después son colecciones de imágenes del pasado. Este desfasaje de tiempos es uno de los curiosos encantos de la fotografía histórica. En la ciudad persisten cúpulas o muros que aparecen en estas fotos del siglo XIX. Creemos reconocerlos: tipologías arquitectónicas que se repitieron o restos. La escuela de la calle Paraná y Santa Fe es la misma que hoy, y sin embargo resulta otra, porque la calle está empedrada, tiene vías de acero para el tramway, y parece barrial pese al ancho de la avenida que es una apuesta futurista, fuera de escala para el año 1889. Es la misma escuela, sin duda, pero en otro período histórico, cuando el Estado construía templos laicos, como el que persiste todavía frente al Teatro Colón.
El ilusionismo de la memoria nos induce a reconocer teatros que hoy ya no existen, que fueron demolidos o ardieron en un incendio. Ese extrañamiento produce desconcierto y placer: una foto muestra la Plaza San Martín acosada por un pabellón enorme, estilo ecléctico, que afortunadamente fue desmontado en 1934. Otra foto atestigua la extravagante construcción de una especie de castillo, terminado en 1888 y sensatamente demolido en 1914: frente a esa imagen se percibe la posibilidad de error, que es una constante urbana. Es un alivio que un conservacionismo, inexistente en aquella época, no se propusiera la salvación de errores y arcaísmos. Buenos Aires no tenía conservacionistas: sólo Ricardo Rojas, en solitario, quiso evitar la destrucción de alguna modesta casa criolla que databa de la colonia. La vieja recova y parte del histórico Cabildo cayeron bajo la piqueta que hizo posible la gran plaza cívica. El impulso modernizador dominaba los resabios nostálgicos.
Buenos Aires se pensaba en tiempo futuro. Y estas fotos, que para nosotros son puro pasado, registran ese futuro en el momento mismo en que está llegando, no cuando se ha instalado como presente, sino en la dinámica de su arribo. Por eso la insistencia en fotografiar las estaciones de ferrocarril y el puerto. Sobre todo el puerto, donde hay que encontrar el punto de vista elevado que permita captar una extensión ecléctica, con barcos, muelles en construcción y lavanderas, una aduana que parece extraída de un grabado italiano, depósitos y guinches, carros y mástiles en el centro y en La Boca (un transatlántico y una inundación: lo primero hoy, descartado; lo segundo continúa).
Otro juego del tiempo es el de las coincidencias. Nuestro presente coexiste con una ciudad y un paisaje desaparecidos para siempre: en una foto tomada en 1890, desde la barranca del río, se ve la Iglesia de San Telmo, que sigue allí. Pero sus campanarios comparten la imagen con las cuerdas de ropa tendida por las lavanderas, que todavía entonces trabajaban en la orilla barrosa. Muy a lo lejos, la quinta de los Lezama, hoy Museo Histórico. La imagen comprime el tiempo pasado y lo que todavía ahora subsiste de ese mundo. La fotografía enseña que vivimos en un espesor de temporalidades, que no siempre percibimos, pero que, de repente, una imagen nos trae a la conciencia.
Algunas fotografías permiten, por su diferencia, jugar a las sobreimpresiones: sobre la Dársena Sur en 1890, en una ribera que ya es puerto, donde se ven las arboladuras de los barcos, los guinches a la izquierda y el depósito número 2 a la derecha, podríamos imaginar la misma perspectiva hoy: Puerto Madero, con un edificio a la derecha (si miramos hacia La Boca) y el ancho pavimento, adonde dan las actuales terrazas de los restaurantes. El paisaje técnico del viejo transporte convertido en paisaje del ocio. Los diques acababan de ser inaugurados; hoy sirven de fondo de ventanal a los restaurantes.
Este libro tiene tres partes, que siguen a la presentación de Matteo Goretti, presidente de la Fundación Ceppa que lo hizo materialmente posible: una historia de la fotografía en la ciudad, por Abel Alexander y Luis Priamo; una historia de la ciudad de Buenos Aires en el siglo XIX, por Adrián Gorelik; y 333 fotografías. La abundancia y generosidad del material gráfico no les quita relevancia a los ensayos de historia. Y éstos permiten ver mejor las imágenes. Impresiona el conocimiento que la historia urbana y la historia de la fotografía han alcanzado en los últimos treinta años. Si pudiera hablarse de progreso, se diría que hoy sabemos mucho más sobre la ciudad y sobre quienes la representaron. Los autores de los ensayos son responsables de primera línea de esta acumulación de conocimiento.
Adrián Gorelik sintetiza a los historiadores de su generación y a sus precursores. Su investigación y la de ellos le permite corregir pasadas versiones de Buenos Aires. Doy un ejemplo: Buenos Aires estaba muy lejos de ser una apacible “gran aldea” (y quizás no lo había sido nunca totalmente). La dinámica de estas fotos, los escombros y los materiales de construcción, los carros repletos de mercancías, las ferias de abasto, las estaciones y los rieles le dan la razón. También define con claridad el uso de la fotografía como documento de la historia y las precauciones que esa imagen fascinante impone al historiador.
En el primer ensayo, “Notas sobre la fotografía porteña del siglo XIX”, encontramos una historia de rara continuidad. Son generalmente extranjeros quienes hacen los primeros álbumes de fotos de Buenos Aires: el francés Esteban Gonnet, el italiano Benito Panunzi, el portugués Christiano Junior, que proyectó una serie de álbumes “de vistas y costumbres nacionales” y, por supuesto, dedicó uno a Buenos Aires, ciudad y provincia; el inglés Alejandro Witcomb, que representó con sus fotografías a la Argentina en la Exposición Universal de París en 1889, y cuyo nombre pasó a la galería de arte que persistió hasta la década de 1960; el suizo Rimathé, un fotógrafo con vocación de fotoperiodista. Están los retratos de estos hombres que, con sus máquinas y su perseverancia, sentaron las bases culturales y técnicas de una remota Sociedad Fotográfica Argentina de Aficionados, fundada en 1889. Y está la revista Caras y Caretas, aparecida en 1898, que tenía, según la exigencia del periodismo moderno, un equipo de fotógrafos. La historia contada por Alexander y Priamo es a la vez técnica y fabulosa.
Los epígrafes del libro son un texto indispensable. Ubican las fotografías sobre referencias de calles y plazas porteñas (es sencillo fantasear que esto podría hacerse en Google maps) y son solidarios con la imagen, protegiéndola de las atribuciones y los errores. Sería imposible experimentar la sorpresa o la extrañeza o la coincidencia de los tiempos si esos epígrafes no tuvieran la función de aclarar el malentendido de los falsos reconocimientos, de los parecidos y de las atribuciones. Permiten captar la densidad temporal de la imagen. Enseñan a ver.

Beatriz Sarlo