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Ciencia Ficción

Dentro de los exotismos de la literatura nacional, hay pocos terrenos menos visitados que la ciencia ficción, un género que ha construido su tradición desde las sombras y ahora reaparece con un par de tentativas reivindicatorias.

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Foto:Cedoc Perfil

Es un lugar común de la ciencia ficción pensar en formas de vida incorpóreas que a veces usurpan el cuerpo de algún incauto. Pero tal vez la ciencia ficción misma sea un género incorpóreo, cuya manifestación en revistas y libros fue algo meramente circunstancial y contingente. El estilo, tal vez lo único que a la literatura le queda por ofrecer –Fresán dixit–, casi nunca estuvo presente, como ya lo argüía Capanna en su pionero ensayo de la década del 60: lo importante es la idea, la tesis. Ostentar un virtuosismo estilístico, experimentar con el lenguaje para regocijo de los puanners del mundo nunca, o casi nunca, estuvo entre las preocupaciones esenciales de los escritores del género, y es justamente eso lo que los vuelve fáciles de transponer a otras gramáticas como la del cine, o a productos audiovisuales caros al Homo videns de la gran aldea global. En realidad, no es que la ciencia ficción esté muriendo: simplemente se va cambiando de cuerpos, como los alienígenas de Pasajeros (1968), de Robert Silverberg, o como aquellos Cuerpos descartables (1985), del argentino Sergio Gaut vel Hartman.

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Sin embargo, en el fandom argentino –y desde luego también en otros– pervive un espíritu romántico que en los últimos años se tradujo en la producción de muchísimos fanzines –en papel, como corresponde– atravesados con estéticas modernas o deudoras de los viejos pulps baratos y de tapas rutilantes. A los clásicos y sempiternos Cuásar y Axxón se le han sumado Aventurama, Próxima, Sensación, Acción y Fantasía, Pistas del Espacio –la continuación, dirigida por el mismo Alfredo Grassi, de la revista que publicó Acme en los 50–, Opera Galáctica –elaborada por el indiscutible e histórico number one del fandom argentino: Héctor Raúl Pessina–, Revista Palp (en Córdoba) o Sueños del Futuro, entre otras, o más bien entre muchas otras –sin contar, desde luego, las que han salido en versión electrónica, como NM (ex Nuevomundo), ni las colecciones especializadas como Saqueos en Greiscol, ni los libros de editoriales independientes que se inscriben en el género, sin que la pertenencia a esa tradición se explicite en ningún paratexto (¿habrá algún tipo de pudor o prurito académico?). 

Elvio Gandolfo dijo alguna vez –y por lo que se sabe, lo sigue sosteniendo– que la ciencia ficción en Argentina no existe, ni nunca existió. Que no hay un conjunto de “autores buenos, malos y mediocres que conformen un género con características propias”. Que no hay una tradición. Mariano Buscaglia, nieto de Alberto Breccia, se opone de manera rotunda: “Es probable que Gandolfo estuviese polemizando adrede. La ciencia ficción argentina existió desde edad temprana. Pocos lo saben, pero la primera revista nacional del género, e incluso la primera en lengua española –contemporánea de las pioneras y fundacionales de Hugo Gernsback–, la editó Horacio Zappalorti en 1937, y se llamó La novela fantástica. La segunda revista hispánica también fue Argentina: Hombres del futuro (1947). El único problema es que acá, a diferencia de Estados Unidos, no contamos nunca con editores ni investigadores que rescataran, compilaran y sistematizaran el material disperso y perdido en revistas y libros de escasa difusión, que por cierto es muchísimo, muchísimo más vasto de lo que cree la crítica”.

Ahora bien, frente a esa carencia, o más bien frente a esa “palabra vacía” (en el más lacaniano de los sentidos), este joven escritor e ilustrador, criado entre libros polvorientos, pulps y dibujos de mutantes con tentáculos que raptan doncellas desprevenidas, viene realizando una tarea arqueológica y detectivesca, desde hace más de diez años: reunir aquellos libros y revistas en los que la retina del investigador –entrenada para otro tipo de faenas literarias– aún no se ha detenido. Libros que, por cierto, no han corrido la misma suerte que la novela rosa, a pesar de que también han tenido su imperio. “Lo mío es sólo una pasión amateur, sin los aciertos ni las herramientas de un académico. El objetivo es inspirar a muchachos con mejores capacidades e intelecto que uno para que se sumen en el rescate de esta literatura tan postergada”.

 Junto con Christian Vallini Lawson, otro investigador del fandom (editor del fanzine Aventurama y de otros históricos como Acronos, que editó cuando tenía apenas 16 años), están preparando una cronología exhaustiva con todo el material que han acumulado entre visitas a bibliotecas o hemerotecas, pesquisas por internet, entrevistas a escritores o ilustradores que se quedan boquiabiertos de que aún exista alguien que los recuerde –han rescatado, entre otros, el testimonio de Adolfo Pérez Zelaschi, Rubén Molteni, Bajarlía, Eugenio Zoppi, Luciano de la Torre o Francisco Solano López–, trabajosas investigaciones y operaciones de rastreo sobre los seudónimos anagramáticos y anglosajones con que firmaban, por motivos comerciales, muchos escritores argentinos (por ejemplo, en la colección Rastros de la década del 40); o tardes enteras en “cuevas” o librerías de saldo, cual cartoneros de la literatura, tratando de hacerse de aquellos incunables que para otros no son más que basura: detritus literario. 

En general, su búsqueda se enfoca tanto en las revistas especializadas como en aquellas de interés general o culturales que solían incluir entre sus páginas relatos del género. “La ciencia ficción –dice Mariano– se introdujo desde edad muy temprana en cuanto diario y revista anduviera por ahí. Caras y Caretas, por ejemplo, fue uno de los mayores imanes del género. Allí han publicado Alberto Ghiraldo, Carlos Octavio Bunge, Horacio Quiroga, Roberto Payró, entre muchísimos otros no tan conocidos”.

Con paciencia oriental y un pathos arrollador y distante del gélido logos del académico, han encontrado fantasías científicas en revistas populares como Fray Mocho, La vida moderna, Leoplán, Rojinegro o en la conocida Vea y Lea donde –dicho sea de paso, y porque es un dato que sólo conocen unos pocos– se publicó el texto Quiromancia, de Rodolfo Walsh, para que luego, cuarenta años después, viniera Ricardo Piglia, Yates y Divinsky a jactarse de haberlo “descubierto” escrito en Braille. “Ese cuento lo leí cuando tenía veinte años”, dice Christian, que ahora va llegando a los cuarenta.

¿No es, lo anterior, sintomático de la pereza o el desinterés que hay desde hace tiempo en nuestro campo intelectual? Según Buscaglia, “todavía hay textos de autores geniales como Juan Carlos Licastro, Luis María Albamonte –conocido por su seudónimo: Américo Barrios–, Ernesto Bayma, Lisardo Alonso, Arturo Cancela, por nombrar sólo algunos, que permanecen en el más absoluto olvido. La novela Amor que asesina (1949), de Alfonso Ferrari Amores, es a mi criterio una de las mejores obras nacionales del género y hoy prácticamente no queda nadie que la haya leído. Después hay tipos como Leonardo Castellani, Adolfo Pérez Zelaschi y Pedro Romaniuk, cuyos libros lindan con la paranoia y el absurdo, condimentados con toda la mitología ufológica de fines de los 70 y la parafernalia New Age de aquel entonces. Un delirante capaz de competir con lo mejor de la literatura de vanguardia argentina”.

Pero claro: en la historiografía nacional del género se suelen citar siempre los mismos nombres: Holmberg, Lugones, Quiroga, Macedonio Fernández, Oesterheld, Bioy Casares, Borges, Gorodischer, Gandolfo, Carlos Gardini, Marcelo Cohen. A lo sumo, las más exhaustivas dedican un breve espacio –una mención al pasar, sin mucha convicción– a Bajarlía, Goligorsky, Vanasco o al prolífico Alfredo Julio Grassi. Por lo general, no hay interés –ni siquiera de carácter sociológico– en desempolvar escritores olvidados –que, como se ve, los hay a raudales–, sino más bien en forzar hasta la exasperación textos canónicos para encontrar en ellos algo cercano y, en ocasiones, remotamente cercano a la ciencia ficción, como hace Gandolfo con Cortázar en su tristemente célebre prólogo a la antología Los universos vislumbrados (1978), como hace Sandra Gasparini con Juana M. Gorriti o Lucio V. Mansilla en Espectros de la ciencia (2012), y como hacen tantos otros, generosidad hermenéutica mediante.

Por eso, cuando se escucha a tipos como Mariano o Christian la sensación es que se abre una terra incognita, en una era donde todo ya está masticado y deglutido y vuelto a masticar otra vez. Un universo paralelo habitado por mutantes de cien ojos, espacionaves con tecnologías delirantes, organismos imposibles, híbridos mitológicos, ciudades futuristas que recuerdan los mejores óleos de Xul Solar, o palacios galácticos que no tienen mucho que envidiar al que soñó Coleridge bajo los efectos del láudano. Y ahí está justamente la riqueza de la ciencia ficción: no en el estilo, no en la textura, no en el trabajo estético sobre la forma, no en el carácter “escribible” del relato, sino en la creación de mundos, en los universos diegéticos que se proponen; en el despliegue de historias interesantes o ideas novedosas, que es por cierto lo que la literatura considerada “seria” –tan preocupada por el tono que, en muchos casos, termina reduciéndose a la mera enunciación de ese tono– ha ido perdiendo.
Pero no sólo hay cosas por descubrir en la literatura de ciencia ficción, sino también en los medios audiovisuales: otra terra virgen. Darío Lavia, director del portal Cinefanía, de la revista Macabra y flamante columnista en Radio Nacional, también está trabajando en la cronología, pero ocupándose de los ignotos del cine y del material del género que se ha producido en televisión, radio y teatro. Su faena no es menos ardua que la de sus compañeros: el material sobre el que investiga ha sido soslayado por la escasa historiografía que puede encontrarse al respecto, en parte por desinterés, pero en gran parte porque mucho ya no está: se han perdido la mayoría de las cintas de cine mudo y más de la mitad de las producciones sonoras, muchas de las cuales se adscribían a la ciencia ficción y al fantástico, como Z.P. 15 al espacio (Canal 9, 1961) o Destino: a la Luna (Canal 7, 1960), o programas de radio como Las aventuras de Julio Verne (Splendid, 1957), Las aventuras del comandante Bidú (El Mundo, 1958) o el sugestivo Chang, el pequeño investigador frente a los hombres sin alma (radio El Mundo, 1944), del que se conservan algunas publicidades. “Lo único que se puede hacer –dice Darío– es buscar los rastros que esas emisiones han dejado en revistas, diarios y/o cualquier otra fuente escrita de la época. La idea es hacer una historia nacional del género lo más exhaustiva de lo que seamos capaces, que contemple todas las formas en las que se fue manifestando a lo largo del tiempo”. Una empresa sin duda ambiciosa, que recuerda la memorable “enciclopedia galáctica” de la saga Fundación de Asimov. 

Además de la cronología –que publicarán, estiman, entrado 2015–, en los próximos días darán curso legal a la Federación Argentina de Ciencia Ficción, que intentará ocupar el espacio en blanco que ha dejado el mítico Cacyf (Club Argentino de Ciencia Ficción y Fantasía), y estarán lanzando nada menos que diez revistas en formato pulp en las que empezarán a publicar una pequeña porción de todo lo que han acumulado, junto a producciones de autores argentinos recientes. Algunos títulos son desopilantes: Cuentos de ciencia loca, Extraños mundos del futuro, Cineficción, Sensación de Maravilla o Cautivantes misterios del espacio. “La idea es tender un puente –dice Christian– entre las viejas y las nuevas generaciones, que en general no se leen entre sí y a veces ni siquiera conocen la existencia del otro”. Además, agrega Mariano, “yo estoy recopilando cuentos gauchescos fantásticos –género que denomino weird gaucho en contraposición al weird western– con la idea de hacer un librito a futuro”. 

Tal vez es cierto que la ciencia ficción está mudando de cuerpo –transustanciación a la que estos muchachos le oponen una resistencia casi épica–; pero de lo que no cabe duda alguna es de que Argentina fue un país en el que ha habido una ingente producción de obras del género, de las que conocemos un mínimo e irrisorio porcentaje. Mientras en las universidades siguen proliferando las tesis o los estudios sobre la influencia del dedo gordo torcido, o de la retención de heces, en la obra de un escritor –y recién ahora se están dignando a leer a tipos como Philip Dick, J. C. Ballard, Thomas Disch o William Burroughs– la ciencia ficción nacional sigue siendo el gran agujero negro de nuestra literatura.



Gonzalo Santos