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Comida china

Cuando me mudé a Buenos Aires, a fines de los 90, los restoranes chinos eran una novedad para mí.

Bajamos un piso por escalera. Ahí abajo todo era silencioso y más oscuro. Caminamos un trecho y entramos. Parecía aún más oscuro que afuera.
Bajamos un piso por escalera. Ahí abajo todo era silencioso y más oscuro. Caminamos un trecho y entramos. Parecía aún más oscuro que afuera. Foto:toledo

Cuando me mudé a Buenos Aires, a fines de los 90, los restoranes chinos eran una novedad para mí. Creo que en Paraná había abierto poco antes un diente libre chino, pero nunca había tenido plata para ir. Acá estaban en todas partes y eran baratos. Me acuerdo de los muebles feos: sillas de caño con asientos de algo parecido a la pana, los salones saturados de lámparas de papel, el olor dulzón y pegajoso de la salsa de soja, las bandejas metálicas rebosantes de chau fan tibio o arrolladitos primavera, crujientes y grasosos.

Ya un poco harta del tenedor libre –que a mí nunca me rinde porque como poco–, una salida con amigos porteños me llevó a Cantón, en la calle Córdoba. Era a la carta, pero de precios accesibles y platos gigantes. La comida cantonesa era bastante más sofisticada. A los dos o tres años de mi primera visita, Cantón cerró y todos nos lamentamos la vez que fuimos y encontramos las luces apagadas y el local vacío.

Entonces vino la época del delivery de comida china. Las bandejas de plástico hasta el tope de chau mien o salteado de vegetales o, por supuesto, los arrolladitos primavera siempre grasientos mas no crujientes, sancochados entre el plástico de la bandeja y el papel film con el que las sellaban. Ponían tanta comida y tantas vueltas de papel film que era imposible abrir los paquetes sin derramar una buena parte del plato.

En algún momento, hará diez años, dije basta a la comida china. No es que lo dijera como una promesa, simplemente nunca más se me ocurrió entrar a un restorán o pedirla por teléfono.

Pero el año pasado fui a Santiago unos días. Mi amigo Diego pasó a buscarme por el hotel, para dar un paseo y almorzar. Hicimos una caminata larga, un día precioso, caluroso para ser agosto. Después de charlar un rato me preguntó si me gustaba la comida china porque quería llevarme a Lung Fu. Le dije que sí. Por más que ya no me gustara, siempre me parece de mala educación desairar el plan de un anfitrión. Y además que dijera el nombre del lugar y no simplemente “un restorán chino”, debía querer decir algo. Seguimos caminando hasta la entrada de una galería. Esas galerías maravillosas que sobriviven a los malls chilenos, con carteles de neón en la entrada que marcan con flechas arriba, abajo, a los costados, indicando relojerías, casas de cambio, sex shops, comiquerías, ropa.

Bajamos un piso por escalera. Ahí abajo todo era silencioso y más oscuro. Caminamos un trecho y entramos. Parecía aún más oscuro que afuera. Una mujer china, vieja y diminuta, asomaba atrás del mostrador de madera de la recepción. Nos indicó con una inclinación suave de la cabeza que siguiéramos adelante. Seguimos y nos topamos con una gigantesca pajarera vidriada desde el piso hasta el techo. Adentro había un árbol y un centenar de pájaros pequeños, de distintos colores, que volaban en su celda transparente o se posaban en las ramas del árbol. Era extraño. Daba un poco de miedo y un poco de asco tantos pájaros juntos. Pensé qué pasaría si rompían el vidrio y empezaban a pasar por sobre las cabezas y los platos de los comensales, llevándose mechones de pelo y restos de comida entre sus garras minúsculas.

El salón estaba recargado de adornos, hermosos por separado, delirantes y también aterradores todos juntos. Una alfombra espesa y apelmazada por el tiempo y los vapores de los clientes y la comida, atemperaba el ruido de pasos, cubiertos, conversaciones.

La comida era deliciosa, la mejor comida china que probé nunca. Pedimos los únicos wan tan vacíos del mundo y alas de pollo rellenas con cerdo.



Selva Almada