CULTURA TEXTOS APOCRIFOS

Con el aura de los malditos

La constante atribución de textos mediocres a figuras estelares de la literatura universal suele ser un género en sí mismo, que revela no sólo el peso de la fama en la construcción del prestigio sino la ignorancia de los editores, críticos y lectores que los dan por válidos.

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La búsqueda “Instantes Jorge Luis Borges” arroja 306 mil resultados en los navegadores de internet, apenas por debajo del número de enlaces de El Aleph, y muy por encima de relatos emblemáticos como El jardín de senderos que se bifurcan o La muerte y la brújula. El gran escritor argentino es más conocido en la web por aquel poema que nunca escribió y que se le atribuye desde fines de los años 80 que por cualquiera de sus obras. La denuncia del fraude no logró impedir su circulación: como en los casos de otros autores de renombre, el virus del texto apócrifo persiste y multiplica los equívocos entre lectores, académicos y críticos especializados.

Gabriel García Márquez, Pablo Neruda, Bertolt Brecht y sor Juana Inés de la Cruz también incorporaron poemas que no les pertenecen y que suelen funcionar como vía de ingreso a sus obras. No se trata de un problema exclusivo de internet: en los años 70, las principales revistas literarias de Argentina y España difundieron y celebraron El dado egocéntrico, un apócrifo de Julio Cortázar. Instantes comenzó a difundirse después de su publicación en la prestigiosa revista mexicana Plural. Y los catálogos de las principales bibliotecas nacionales ofrecen a los lectores Elogio de la utopía (1992), un libro de conversaciones con García Márquez que nunca existieron, precedido de un prólogo de Eduardo Galeano igualmente falso.

Las falsificaciones y las adjudicaciones erróneas no sólo provocan pasos en falso y confusiones graciosas. “Yo creo que dicen algo –y dicen mucho– sobre ciertas figuras de autor y sobre las formas en que se las imagina. Los textos atribuidos suelen ser malos, es cierto; pero el prestigio de los autores por lo visto puede más: logra volver imperceptible esa calidad tan escasa”, opina Martín Kohan.

Alta literatura. La difusión que alcanza el texto apócrifo hace imposible reconstruir su circuito y ver en qué circunstancias comenzó a ser atribuido a un escritor. En los extremos de la cadena se encuentran un autor consagrado y otro con mucha menor difusión, cuando no un ilustre desconocido: el poema La marioneta, en el que supuestamente García Márquez se despide de sus amigos al enterarse de que tiene cáncer, fue escrito por un tal Johnny Welch; Muere lentamente, Queda prohibido y Nunca te quejes, endilgados a Neruda, provienen respectivamente de la periodista brasileña Marta Medeiros, el escritor español Alfredo Cuervo y un anónimo.

El reclamo de otra autora, Magalí Frutis, en una página de internet donde se publicó un poema atribuido a sor Juana Inés de la Cruz, proyecta algo de luz en ese agujero negro donde un texto se convierte en parte de la alta literatura: “He visto este poema en muchas páginas, en algunas con firma de sor Juana, en otras sin firma siquiera. Este poema es mío, lo publiqué hace tiempo en un grupo en Facebook y el administrador del grupo lo posteó en su página El Club de los Libros Perdidos, de allí en adelante lo vi en muchas partes”.

“Yo no leo para ser más inteligente,/ leo para ignorar un poco menos./ Yo no leo para ser una persona más compleja,/ leo para ser alguien más simple./ Yo no leo para enriquecer mi vocabulario,/ leo para no endeudarme con mi lengua”, escribe Frutis. Los versos tienen cierta resonancia con un poema de sor Juana, pero lo que parece sostener el equívoco es un rasgo típico en la atribución de textos falsos: la confesión de una presunta intimidad que vuelve finalmente accesible al escritor consagrado y muestra su lado débil. Como si el apócrifo revelara una verdad oculta. De la misma manera, el falso Neruda pudo decir: “Muere lentamente quien no viaja,/ quien no lee,/ quien no oye música,/ quien no encuentra gracia en sí mismo./ Muere lentamente/ quien destruye su amor propio,/ quien no se deja ayudar”.

Esa clave se afirma en Instantes, el poema más difundido con la firma de Borges: “Si pudiera vivir nuevamente mi vida/ en la próxima trataría de cometer más errores./ No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más”. El texto habría sido redactado por una ignota aficionada de nombre Nadine Stair –o Strain– o por el humorista Don Herold en un medio con tan escasas preocupaciones literarias como el Reader’s Digest.

En un artículo publicado por la revista Plural, Mauricio Ciechanower consideró a Instantes una “pieza preñada de un poder de síntesis magistral”, que “refleja los pensamientos más íntimos del gestor de Elogio de la sombra a propósito del trayecto de vida que le tocara en suerte recorrer, desechando aquellos tramos existenciales a los que hubiera deseado dejar de lado y, por el contrario, incorporando aquellos otros que hubieran podido proporcionarle placer y gratificación plena”. Elena Poniatowska dijo en su libro Todo México que leyó ese “acercamiento de neto corte humano a esta figura mayor de la literatura de todos los tiempos”, como había anotado Ciechanower, ante el propio Borges, que lo escuchó “con incredulidad, con atención”, y luego comentó, pudoroso, que se trataba de un poema “demasiado inmediato, autobiográfico”.

Según una investigación de Iván Almeida sobre la recepción del falso poema, “Jorge Luis Borges, autor de Instantes”, el comentario de Poniatowska fue un agregado posterior y por cuenta propia al texto original de la entrevista. Un gesto que duplicaba la ficción del texto apócrifo.

El nombre del autor resultó tan fuerte como para admitir sin reparos un texto de ínfima calidad. María Kodama lo encontraría ploteado en la Feria del Libro de Buenos Aires. “Hubo en Borges un énfasis tan subrayado por la plenitud de la literatura, que surgió la necesidad de imaginarlo arrepentido por haberse perdido la vida –dice Martín Kohan–. El poema es literariamente tan magro, y lo que presenta como atractivo vital es tan idiota, que acaba paradójicamente por dar la razón a Borges”. La atribución del poema se torna verosímil además en el contexto de frases derivadas de entrevistas periodísticas, del tipo “cometí el peor de los pecados: no fui feliz”.

Para una historia del fraude. Las falsificaciones tienen también sus propios capítulos en la historia literaria y aportan textos de calidad, en tanto resultan del pastiche o la sátira. “Las atribuciones erradas y la idea de texto apócrifo persiguen a Borges desde la infancia”, dice al respecto el editor Gastón Gallo, que en 1996 reeditó la novela El enigma de la calle Arcos, firmada por Sauli Lostal y atribuida por Juan Jacobo Bajarlía al propio Borges.

La primera colaboración literaria de Borges, recuerda Gallo, fue una versión de El príncipe feliz, de Oscar Wilde, publicada en El País el 25 de junio de 1910 con la firma “Jorge Borges (hijo)”. “Sea que los allegados a la familia creyeran que el hijo del profesor era todavía muy niño para encarar esa traducción del inglés o que una lectura rápida de la firma omitiera su mención, lo cierto es que el felicitado no fue el niño sino su padre”, señala el editor de Simurg.

La atribución de Analización de una versada señaló el episodio siguiente: “Una suerte de collage verbal, con frases y modismos tomados de textos publicados por Borges en la revista Proa y de El tamaño de mi esperanza con el fin de ridiculizarlo mediante la yuxtaposición de formas idiosincrásicas, conceptos pretendidamente serios y no pocos sinsentidos”, dice Gallo. Se publicó en el número 6 de la Revista de América (1926) con la firma del presunto autor y como parte de una Curiosa antología de jóvenes prosistas.

Otro hito fue la publicación de El dado egocéntrico, una parodia de Cortázar escrita por Jaime Poniachik, notable creador de acertijos, paradojas y juegos de ingenio. “Ese era un dado egocéntrico. Cayera como cayera, siempre caía de cara y con la misma sonrisa entonaba: soy yo, soy yo. Les hacíamos las mil y una al pobre dado: lo lanzábamos desde el balcón, adentro del plato de sopa o justo antes de que se sentara la tía Albertina (105 kilos), lo poníamos sobre el banco”, decía el texto en sus primeras líneas, en el tono de Historia de cronopios y de famas.

Poniachik envió El dado egocéntrico a la revista rosarina El lagrimal trifurca en 1969, con una nota en la que afirmaba haberlo recibido de Francisco Porrúa, el editor que impulsó Rayuela. El texto se publicó en 1972 en una plaqueta y fue reproducido en las revistas El Escarabajo de Oro, El cuento, de México, y Cuadernos Hispanoamericanos, de Madrid, con una nota laudatoria de Félix Grande, especialista en la obra de Cortázar.

El caso terminó con un pedido de disculpas de Poniachik y una carta en la que Cortázar pontificaba sobre el incidente: “Cuando se procede sin mala intención, estas cosas son divertidas y útiles, y los argentinos deberían hacerlas con más frecuencia, para agilizar las relaciones entre escritores, que son siempre almidonadas, broncosas y narcisistas”. Pero la broma también sugería un juicio de valor: el modo en que un texto avanzaba desde el margen hasta el centro del espacio literario y descubría las cristalizaciones de una obra consagrada, el punto donde comenzaba a estereotiparse.

Marginales. Reconocidos por muchos lectores, los apócrifos parecen inscribirse en la tradición más dudosa de la literatura, con los plagios, las obras repudiadas por sus propios autores y otros textos que circulan con el sello del rechazo. Sin el aura de los malditos, pueden revestirse con el atractivo de lo presuntamente oculto o marginado.

“Las falsas atribuciones vendrían a ser la contracara de los plagios: en vez de apropiarse del texto de otro, consisten en imponerle uno que no es suyo. No lo veo como una puesta en cuestión de la figura de autor sino al revés, como una consecuencia de su frecuente fetichización”, señala Martín Kohan. Para el narrador y ensayista, la proliferación del apócrifo “responde a ciertas formas y a cierta necesidad de imaginar a los autores; y a pensar a los autores por sobre los textos, en vez de hacerlo a la inversa: habría que ver, en cada caso, qué es lo que les atribuyeron y en procura de qué clase de figuración autoral”.

El virus del apócrifo puede contaminar de tal manera la obra que termina por ser uno de sus textos representativos, como ocurre con el poema contra los indiferentes de Bertolt Brecht (“Primero apresaron a los comunistas, y no dije nada porque yo no era un comunista”), en realidad un sermón del pastor luterano Martin Niemüller. O incluso afirmarse como la realización más valiosa del artista: en el texto falso La vida al revés, Quino mostraría “una sabiduría que trasciende sus reconocidos dibujos”, según uno de sus panegiristas en la web. Las confusiones implican al público y las instituciones: la presentación de Elogio de la utopía, el libro falso de conversaciones con García Márquez, reunió en 1992 a 500 personas en la Feria del Libro de Buenos Aires; el autor, Nahuel Maciel, sería denunciado por plagiar al sacerdote Mamerto Menapace (de quien procedían las declaraciones adjudicadas al escritor colombiano) e inventar entrevistas con Carl Sagan, Juan Carlos Onetti y Mario Vargas Llosa, entre otras personalidades. El volumen llevaba incluso la firma del premio Nobel en la portada.

“En el caso particular de Borges –puntualiza Gastón Gallo–, la atribución errónea es un marco que atraviesa su concepción de literatura y expande las posibilidades de la letra: leer la filosofía como una rama de la literatura fantástica, por ejemplo, o dirimir el valor de una locución en función de su enunciación”. Que se le hagan atribuciones erróneas, entonces, “es el triunfo de su literatura”.

Los apócrifos, agrega Kohan, “son una ficción de autoría, pero a la vez, como toda ficción, no dejan de expresar una verdad. La atribución es falsa, claro, pero dice algo verdadero sobre la manera en que se imagina a ciertos escritores. Porque la clave es que la asignación, siendo falsa, y a menudo inverosímil, pese a todo funciona. La clave está en que resulten verosímiles”.

Las denuncias de la Fundación Internacional Jorge Luis Borges sobre el fraude de Instantes tuvieron amplia difusión. Pero mientras tanto un nuevo  apócrifo parece imponerse en su reemplazo: En el tiempo, un poema igualmente calamitoso, citado en junio en una campaña del Gobierno de la Ciudad para homenajear al escritor, suma más de 50 mil enlaces en internet y trepa en el ranking de los textos más leídos del escritor nacional.n




Osvaldo Aguirre