CULTURA ALICE MUNRO

Con sangre de cuentista

Más allá de las especulaciones, la Academia Sueca se decidió por una autora de relatos en los que, a través de epifanías cotidianas de hombres y mujeres rurales en Canadá, consigue  desnudar improntas humanas universales, no exentas de calidez, compasión y melancolía.

PERFIL COMPLETO

Foto:Cedoc

A nivel mediático, nunca se menciona tanto la palabra “literatura” como en los días previos a que la Academia Sueca entregue el Premio Nobel. Entonces se escucha “literatura” por acá, “literatura” por allá, y muchos sienten, especialmente los escritores, que está pasando algo, que el mundo por primera vez (en un año) está interesado en lo que ellos hacen.

La sensación de que la literatura o las letras son algo importante se ha reforzado en los últimos años, cuando los sitios de apuestas comenzaron a publicar su listado con los cien favoritos, como si los escritores fueran caballos de carrera y el público que ha invertido su dinero para ver cuál escritor traspasa primero la meta estuviera interesado en la literatura. Quienes apuestan lo hacen por intuición o por un dato, no es necesario que conozcan la obra de un escritor; apuestan porque, entre las cosas interesantes de cualquier juego de azar, no es necesario saber.

Aunque, a decir verdad, se sabe lo básico de cualquier juego de azar, esto es probabilidades, o cuánto paga tal caballo o cual escritor. Lo que ayuda a estos apostadores es que, desde hace unos años, los favoritos al Nobel son prácticamente los mismos. En 2010, por ejemplo, los favoritos del sitio Ladbrokes eran el keniata Ngugi wa Thiong’o, el japonés Haruki Murakami, la canadiense Alice Munro, el coreano Ko Un, los estadounidenses Joyce Carol Oates y Thomas Pynchon.

Tres años después, todos ellos figuraban entre los diez con mayores probabilidades. La fidelidad del gusto del público, por otra parte, se reflejó en el resultado del año pasado, cuando Mo Yan figuraba entre los cinco más apostados. Esto no significa que la votación de la Academia Sueca se haya democratizado: votar no es lo mismo que apostar.

Teniendo en cuenta que los favoritos podrían repetirse el próximo año (de hecho, a pocos minutos de conocido el resultado Haruki Murakami volvió a ser primer favorito y Thomas Pynchon volvió a ponerse entre los diez), es bueno contar quiénes son estos candidatos y hacer que usted, que no sabe nada de literatura ni tampoco le interesa saber, invierta su dinero sabiendo un poco más.

Eterno favorito. En abril, Haruki Murakami (pagaba 5/2 en las apuestas y era líder en esta carrera) presentó en Japón su nueva novela, Los años de peregrinación del chico sin color, y en una semana vendió un millón de ejemplares. Es decir, casi el 1% de la población total de ese país compró su libro en pocos días. ¿Pero qué se puede decir de este escritor de best sellers?

Lo mejor que se puede decir de Murakami lo escribe él en De qué hablo cuando hablo de correr, un libro de no ficción en el que reflexiona sobre sus inicios en la escritura, o, mejor dicho, sobre cómo tomó la decisión de hacerse novelista y cómo también esta decisión estuvo unida a la de convertirse en corredor de larga distancia. Murakami compara el footing con escribir y de ahí va mostrando, en lecciones muy didácticas, que cualquiera puede escribir, incluso él. Recuerda el día exacto en que decidió escribir su primera novela, Oíd cantar al viento: “Fue aproximadamente a la una y media de la tarde del 1º de abril de 1978. Ese día estaba solo en la grada exterior del estadio Jingu viendo un partido de béisbol mientras tomaba una cerveza”. Murakami había ido a ver a su equipo, los Yakult Swallows, y le tocaba el turno de bateo a un jugador llegado de Estados Unidos llamado Dave Hilton, quien golpeó la bola, corrió y alcanzó segunda base: “En ese preciso momento me dije: ‘Ya está, voy a probar escribir una novela’”. Por esos años atendía un bar, pero así y todo se las ingenió para escribir de madrugada esa primera novela en seis meses.

Pura sangre. Thomas Pynchon (pagaba 12/1) es de esos escritores de culto que se dan de vez en cuando. Su peculiaridad es que se saben pocas cosas biográficas: estudió en Cornell, fue alumno de Nabokov, escribió folletos para la compañía Boeing y envió a un cómico a recoger el National Book Award. Pero Pynchon es más que eso. Por lo pronto, acaba de lanzar su última novela, Bleeding edge, que transcurre en Nueva York y narra el derrumbe de las empresas dedicadas a internet antes de la caída de las Torres Gemelas. Por otro lado, en las librerías argentinas pronto estará la reedición de 1984, de George Orwell, con un epílogo de Pynchon escrito hace no mucho, en el que plantea la similitud del año 1984 con 2003, cuando ya campeaba internet (al parecer una de sus preocupaciones actuales), que califica como “un avance que asegura un control social a una escala que esos pintorescos tiranos del siglo XX con sus estúpidos bigotes ni siquiera podían imaginar”.

Pero Pynchon es más que paranoia y conspiración. En el prólogo de su único libro de cuentos, Un lento aprendizaje, dicta desde la distancia que dan los años una verdadera cátedra de cómo no escribir a los autores que recién empiezan, poniendo como ejemplo sus propios cuentos, escritos cuando tenía entre 21 y 27 años. En veinte exhaustivas páginas va examinando los errores de cada uno de ellos. Reconoce la influencia que tuvieron la generación beat y el surrealismo en algunos de esos textos, y admite haber robado material de una guía de Egipto de 1899 para construir el relato Bajo la rosa: “Desde luego, saqueé el Baedeker –se refiere a la guía de Karl Baedeker de Egipto–, todos los detalles de una época y un lugar donde no había estado, incluso los nombres del cuerpo diplomático”. En relación con otro de sus cuentos, Entropía, se ríe del espíritu beat que hay en él, mezclado con una dosis de ciencia de segunda mano, lo que hizo que la gente lo considerara un versado en el tema de la entropía. En tal sentido, afirma que “a todo el mundo se le dice que escriba acerca de lo que conoce. El problema para muchos de nosotros es que en la juventud creemos saberlo todo o, por decirlo de un modo más útil, con frecuencia desconocemos el alcance y la estructura de nuestra ignorancia”. Quizá la perla más deliciosa de este auténtico ensayo es el papel que le asigna a Jack Kerouac como el Elvis Presley de las letras.

Casi local. Jon Fosse (pagaba 9/1) podría decirse jugaba de local, pero a la vez era un nombre sorpresivo para algunos. Sin embargo, Fosse es muy conocido como dramaturgo; tanto, que dos de sus obras han sido representadas en Buenos Aires: La noche canta sus canciones y El hijo. Pero además hay un libro publicado en 2010 por Editorial Colihue en el que se encuentran estas obras y otras más, además de un interesante ensayo escrito por Pablo Moro Rodríguez.

La noche canta sus canciones, por ejemplo, es una pieza en la que una joven mujer parte recriminándole a su pareja por estar siempre ahí, “tirado leyendo”; ella dice no soportar verlo así, porque no sale, sólo lee y supuestamente escribe; su pareja, en tanto, parece estar cómodo así. La inmovilidad de él desata la movilidad de ella, haciéndola conducir la historia, el drama. En un momento, ella para hacerlo despertar le dice: “No es seguro que estés hecho para escritor. O consigues que te publiquen algo o tienes que encontrar otra cosa que hacer”. Hacia el final, la mujer decide marcharse con su amante, pero la rutina, que supuestamente odiaba, la retiene. Como dice Moro Rodríguez, “Fosse plantea sistemáticamente la imposibilidad de las relaciones humanas...”.

Ganadora. Cuando el secretario permanente de la Academia Sueca llamó a Alice Munro para avisarle que era la ganadora del Premio Nobel de Literatura 2013 (casi 1,2 millones de dólares), en Clinton –pequeño pueblo de Ontario donde vive la escritora y donde, aparte de ella, la otra celebridad es una vaca de dos cabezas embalsamada– eran las cuatro de la madrugada, por lo que no obtuvo respuesta y no le quedó más remedio que dejarle un mensaje en la contestadora. Minutos más tarde, y ya avisada por su hija, la televisión canadiense tuvo más suerte y logró hablar telefónicamente con “la Chéjov canadiense” (como es conocida). Ella agradeció humildemente las felicitaciones de la presentadora, y cuando ésta le recordó que era la decimotercera mujer en obtener dicho galardón, contestó: “¡Es increíble que seamos sólo 13 mujeres! Ni siquiera sabía que estaba en la lista de finalistas hasta ayer”. La verdad es que Munro estuvo, según los sitios de apuestas, en un segundo lugar desde que se empezó a hablar de literatura, es decir del Nobel.

Pero quizá lo más relevante de esta decisión sea que Munro es una maestra del cuento, género en el que incursionó Borges, quien nunca ganó este premio. Hoy quizá la academia se haya dado cuenta de que resulta cada vez más difícil armar un libro de cuentos; ya no se lo considera una preparación para escribir una novela ni se hace la comparación con carreras de corto y largo aliento, sino como un género complejo de sostener. En Espéculo, revista de Estudios Literarios de la Universidad Complutense de Madrid, Mónica Carbajosa analizó, a partir del número de páginas máximas en la que cada escritor se siente cómodo, la afinidad de esta escritora de más de 80 años con el cuento: “El de Nabokov era el 385. ¿Qué número –podríamos preguntarnos– le correspondería a la narradora canadiense Alice Munro? Si nos atenemos al sentido exacto de lo escrito por Nabokov, el 70 o el 80 sería lo adecuado, ya que es el total de sus relatos más extensos”. Carbajosa aborda el número de páginas, un aspecto aparentemente trivial, para afirmar que Munro es “una narradora de cuentos y su dedicación es absoluta”. Para corroborar esto, en una entrevista para La Vanguardia en 2009 le preguntaron si la escritura de cuentos era muy distinta a la de novelas, y respondió: “No tengo la menor idea”.

Desde 1993 no se le entrega este premio a un escritor, poeta o dramaturgo estadounidense, y si bien autores con méritos no faltan, la Academia Sueca ha eludido durante veinte años entregar el Nobel a un escritor de esa nacionalidad. La misma academia ha reiterado en múltiples ocasiones que no entrega premios por nacionalidad, pero las influencias de Alice Munro vienen de la tradición estadounidense, de autoras como Eudora Welty, Katherine Mansfield, Katherine Anne Porter, Elizabeth Bishop. Ella misma descalificó lo de “la Chéjov canadiense” cuando dijo: “No puedo decir que Chéjov me haya influido porque es como Shakespeare, ha influido en toda la literatura”.

Más allá de todo esto, lo bueno es que se habló de literatura por casi una semana, o mejor, hay que pensar como un apostador y pasar a la siguiente carrera.

 

El ocaso de algo

Guillermo Piro

¿Por qué a la gente le importa tanto saber quién se lleva el Premio Nobel? Lo pregunto en serio. Quiero decir: no estoy introduciendo una pregunta retórica para despacharme luego con una respuesta previamente meditada y puesta a prueba. Pregunto: ¿por qué? A lo mejor está de por medio una apuesta, en cuyo caso la preocupación está más que justificada. Pero tal vez lo que rige ese interés es la ilusión de descubrir a un autor que hasta ese momento se desconocía. Y eso es una reverenda estupidez. Es una reverenda estupidez porque, aun conociendo a todos los autores posibles dignos de ser leídos, siempre quedará una larga serie de autores desconocidos, tan buenos o mejores que los últimos veinte vencedores del Premio Nobel. ¿Y entonces? Siempre veo a los que permanecen atentos y expectantes cada segundo jueves de octubre como aquella corte de ancianas que el sábado de mi casamiento en Zelo Buon Persico, en Italia, acudieron en masa. Eran muchas, todas las ancianas del pueblo, nadie las había invitado. Pensábamos que el trámite sería serio, urgente y conciso, pero de pronto la sala se vio invadida por una procesión de ancianas vestidas de entrecasa. Dulces, amables y sobre todo sonrientes, habían acudido, como supongo que lo hacían todos los sábados de su vida, a ver el casamiento anunciado en esa fecha. No sé qué pretendían: la edad de los novios, la elegancia de los testigos, el beso; ah, el beso. ¿No sería eso, ahora que lo pienso? Tal vez creían que estaban asistiendo al nacimiento de algo, tal vez se sentían testigos oculares de un comienzo. Fue por eso tal vez que al final aplaudieron con italiano frenesí. Yo me sentía un farsante, porque todo lo que perseguía eran los benditos papeles para mi esposa. Fue un casamiento lleno de accidentes divertidos, pero como la mayoría de los accidentes divertidos, carecen de peso y voy a obviarlos. Lo cierto es que la presencia de aquella corte de ancianas me recuerda mucho a quienes esperan con atención quién será el ganador del Premio Nobel de Literatura. Tal vez, pienso, creen que están asistiendo al nacimiento de algo, cuando está históricamente demostrado que en realidad asisten al ocaso de algo. Una carrera literaria, una obra en marcha, una misión, lo que sea. El Nobel planta un punto final, un “hasta aquí llegamos”, un “no va más”. Están asistiendo al velatorio en vida de un autor. No nace nada. Pero algo nace en realidad. Un escritor, tal vez miserable, tal vez no, se vuelve millonario. A lo mejor es eso: asistir al lícito enriquecimiento de alguien que se dedicó a escribir. Es decir, de alguien que no tenía en sus planes enriquecerse.

Los únicos en quienes es aceptable la preocupación son los periodistas. El Premio Nobel garantiza el rellenado de varias páginas, y hasta de tapas de suplementos. Es la ocasión propicia para hablar de alguien, de quien sea, alguien que desconocíamos en absoluto o que desde hace tiempo transita los limbos del menosprecio o –peor– el desdén. Ellos están perdonados. ¿Pero el resto? No conozco un solo escritor que haya ganado el Premio Nobel y haya corrido a comprarse un Lamborghini Gallardo. Son todos demasiado viejos, ñoños y aburridos como para hacer con el dinero algo que valga realmente la pena. En el siglo de la velocidad, el dinero puede servir para cumplir el sueño de correr a 300 kilómetros por hora, y ningún escritor, por más ignoto, canadiense o progresista que sea, parece interesado en eso. Alice Munro es lo suficientemente vieja, ñoña y aburrida como para no escapar a la regla. De modo que sigo sin encontrar una buena razón para alegrarme por su Premio Nobel.



Gonzalo Leon