CULTURA ENTREVISTA CON JORGE MACCHI


Controlar el accidente

Se inauguró en el Malba –con una presencia descomunal de público– la muestra “Perspectiva” de Jorge Macchi (Buenos Aires, 1963), que reúne su vasta producción a partir de los años 90. Aunque más que una retrospectiva, se trata de la implementación de un punto de vista de un artista que ha sabido calcular los efectos de su vocación creativa. Imperdible.

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Foto:Guyot

Ser un artista neoconceptual no quiere decir nada”. El que lo dice es Jorge Macchi, que una y otra vez ha tenido que cargar con este rótulo. Ya ser un artista conceptual es algo difícil de traducir, “¿qué tipo de arte no lo sería?”, se pregunta y sabe que la respuesta está en que esas categorías se necesitan para entender algo que, justamente, está queriendo decir otra cosa. O mejor dicho, queriendo bajar la dificultad de procesos artísticos que intentan aumentar lo complejo, potenciarlo, hacerlo parte de la obra. “Además, si a ese mote de conceptual le agregás neo me estás confirmando que no querés decir nada de nada”.  
Por el contrario, el artista que inauguró Perspectiva, una muestra que reúne sus trabajos desde los años 90 hasta la actualidad, está pleno de sentidos. No sólo los que cada obra puede presentar en sí misma en las distintas capas a las que se va accediendo en niveles de comprensión, sino en un trazado más amplio que se despliega en el todo de la exhibición. Es un recorrido amable no por fácil, sino porque estéticamente funciona, si uno se deja llevar por la vista y el intelecto. Allí están sus recurrencias, lo que lo apasiona como el tiempo, las imágenes y la música. Por eso, el título de la exposición es muy evocativo: Perspectiva. No sólo para huirle a “retrospectiva”, que suena tan grave y un poco adusto, sino para unir los años transcurridos en su quehacer con un procedimiento formal que viene del dibujo y la pintura: “Cuando aparece la perspectiva, se modifica la posición del sujeto, y eso está en el acceso a todo lo que pienso relacionado con el arte. En todo caso, lo que estoy haciendo siempre es una relación entre sujeto y objeto. Una posición del objeto en el espacio y con la música, también, en el tiempo”.
“Después de dar muchas vueltas elegí vivir en Buenos Aires. No porque pertenezca más o menos a esta ciudad, sino porque decidí tomar la ciudad como base. Es genial vivir acá para mí, que no soy de estar en lo último de lo último”. Esa decisión de vida quizá tenga algo que ver con la obra que está al comienzo de la muestra. Un vidrio quebrado a propósito deja ver el azar de sus líneas. Debajo el mapa de la ciudad de Buenos Aires mitiga esa eventualidad y lo transforma en recorrido. De eso se trata, Buenos Aires Tour, la instalación que se funda, como toda ciudad como todo mito, en ese territorio craquelado, construido, imaginado. Las líneas que lo trazan parecen la de una red de subte, pero son pura fortuna. Los sonidos del ambiente son los objet trouvé de este plano accidental. No es la mirada turística. Tal vez, la del flâneur. “No”, contesta Macchi. “Si bien este recorrido está originado en algo fortuito y aleatorio, después seguí un recorrido muy específico. Hay un momento accidental y luego un control del accidente”.

Hay un miedo terrible a que el arte contemporáneo no se entienda; se trata de contrarrestar el horror de un espectador diciendo eso lo puedo hacer yo, preguntando si el matafuego forma o no parte de la muestra, que se indigne frente a la obra que lo molesta por su simplicidad, por inadecuación, por sus malos olores. Para Macchi esto no es problema alguno: “Así como no creo en las identidades o las nacionalidades para hablar de arte, no tiene ningún sentido hablar de arte argentino, las obras tampoco dicen ni hablan. Nunca escuché que alguna lo hiciera. Me resulta muy ridículo cuando escriben o dicen, esta obra habla de…”.
Es verdad, sus obras no hablan, pero suenan. La música está en muchas partes de la muestra. Como cómplice, coequiper y artista asociado está Edgardo Rudnitsky, un trabajo en conjunto de larga data. Desde las primeras obras Buenos Aires Tour (2003) hasta From Here to Eternity (2013) los pensamientos de Macchi se traducen en imágenes y los sonidos los propone Edgardo: “Soy un músico muy mediocre, pero puedo pensar en la música. Busco ese lenguaje todo el tiempo porque es intraducible, porque me permite dar cuenta del tiempo y también lo puedo ubicar en el espacio. Trabajar con Rudnitsky es grandioso porque es complementario. Somos dos artistas y nuestros trabajos son en colaboración”. Son muchas las piezas que vienen con música de otra parte: Caja de música, La balada de Matsuyama, El cuarto de las cantantes, Música incidental y From Here to Eternity, por mencionar algunas. En cada caso, el procedimiento difiere; aunque en todos ellos, los sonidos buscan independizarse de las imágenes. Aunque sin ellas, no tendrían destino.
El plano está fijo y los autos entran a la escena. Es el tránsito de una calle pero el ruido no es de caños de escape ni de motores. Son notas que suenan con cada automóvil. Reemplazan sus aceleraciones, sus frenadas por música. Por lo tanto, la calle suena y sueña que es una caja de música que cambió bailarina por autos.
From Here to Eternity está formada por el comienzo y el final de la película de Fred Zinneman. La tercera parte que involucra a la obra de Macchi es la articulación entre esos dos momentos de la banda sonora para concebir una mezcla entre ellas que se escucha por la diferencia de los tiempos. El título se refuerza en la proyección en loop del principio y el fin. “Lo interesante es que sea de aquí, que indica espacio, a la eternidad que es el tiempo”. También, le propongo que la escena del beso en la playa, tan famoso entre Burt Lancaster y Deborah Kerr, se hace presente en su ausencia. Que esa película es, sobre todo, ese beso con la ola tapando a los enamorados. “No sé si es tan famosa esa escena como para que suceda eso”, desliza esa duda Macchi, mientras no puedo pensar en otra cosa. En la ola que va y viene sobre la misma arena, en los cuerpos enredados que se dan siempre el anteúltimo beso, el que se volverá a repetir, por siempre jamás.
En La balada de Matsuyama es la historia de un japonés que naufragó y mandó el mensaje en una botella. “Leí la noticia y a cada letra le pusimos un sonido. Lo que se ve en el video es la transformación de ese texto en música por medio de un aparato que al darle vueltas a la palanca la va tocando”. Y de pronto, al escucharla podemos pensar en Borges. En su poema “Caja de música”: “Música del Japón. Avaramente/De la clepsidra se desprenden gotas/De lenta miel o de invisible oro/Que en el tiempo repiten una trama/
Eterna y frágil, misteriosa y clara...”. Evocar un poema, un filósofo, una historia. A todo esto estamos habilitados porque en Macchi hay un constante desplazamiento. No vemos el momento que algo pasa a ser otra cosa, tampoco la transformación completa. Nos alcanza la huella que se borra con la ola de la orilla, el dulzor del perfume que queda en las manos, lo que resta, lo efímero. Todo eso que es una forma de la nostalgia.

 

Jorge Macchi Perspectiva
Hasta el 23 de mayo de 2016
Curador: Agustín Pérez Rubio
Malba
Avda. Figueroa Alcorta 3417



Laura Isola