CULTURA TODOS LOS ROSTROS

Cortazar

El Museo Nacional de Bellas Artes inaugura una muestra que atraviesa la vida y la obra de Cortázar a partir de la colección personal del escritor. PERFIL accedió en exclusiva a la exposición, que abrirá el martes.

Foto:MNBA

El centenario del nacimiento de Julio Cortázar ha generado en nuestro país una serie de homenajes encadenados que permiten volver, una vez más, sobre la figura y la obra de uno de los más populares escritores argentinos: juegos, rayuelas varias, intervenciones críticas, fotografías, ediciones, todo y más cabe en los fastos que homenajean a un escritor insigne. Este es, sin dudas, el Año Cortázar.

En el día de su cumpleaños, el próximo martes 26, el Museo Nacional de Bellas Artes inaugura una muestra inédita para ese espacio destinado casi exclusivamente a las artes visuales. Bajo el título Los otros cielos, la muestra atraviesa vida y obra de Cortázar a partir de la colección personal del escritor: innumerable material fotográfico, correspondencia, documentación y películas en super 8, inéditas para el público local, entre otras varias curiosidades originales. Obviamente, lo sabe el lector, el título remite a uno de sus cuentos más celebrados, El otro cielo (incluido en Todos los fuegos el fuego), donde la imagen simbólica del “pasaje” signaba la historia de ese narrador escindido entre Buenos Aires y París.

Podemos aventurar que el visitante comienza su itinerario desde la entrada al museo. Los cortazarianos devocionales saben que el arte ocupa un lugar primordial en la vida de su escritor amado. Entonces, deberá atravesar las salas del patrimonio, rodeadas de clásicos exquisitos –algo argentino, algo parisino–, hasta llegar al pabellón de exposiciones temporarias: ese puente, que mira a los jardines enmarcados en las avenidas Figueroa Alcorta y Libertador, es el “pasaje” a un puro universo biográfico-ficcional: rodeado de un cielo que es otro, del lado de acá o de allá, se encontrará con la vida y la obra –o mejor, lo que liga vida y obra, en su experiencia belga-argentino-francesa– en un prisma de brillante facetado. Diversos objetos y fotografías referidas a su infancia y su juventud, a los lugares donde vivió; las tapas de sus libros, además de obras que pertenecen al patrimonio del MNBA, muchas de ellas mencionadas por Cortázar en Territorios, ese libro de 1977 dedicado a las artes plásticas, como una suerte de curaduría cortazariana que parte de esos textos que hablan de su pasión.

Para una tarea semejante, de relevo, investigación y apasionado rescate, la directora ejecutiva del MNBA, Marcela Cardillo, eligió a dos especialistas: Graciela García Romero y Juan José Becerra, que tuvieron a su cargo el planteo museístico y la investigación literaria, respectivamente.

Graciela García Romero puntualiza su tarea específica: “Desde los últimos meses del año pasado me dediqué a rastrear el acervo cortazariano. Fue una búsqueda de su mundo material –fotografías, libros, cartas, casas– y que me develó a su vez su universo existencial. Los portadores de una fotografía, de cartas o de un cuadro, además de narrar episodios de su vida, me fueron componiendo ese personaje amado incondicionalmente.”

Por su parte, el escritor Juan José Becerra destaca el carácter del lector fanático de Cortázar “cercano al groupie de la estrella de rock”, y agrega: “Creo que en esta muestra podrán saciarse ciertas necesidades de conexión digamos místicas con esa figura. Las fotos, los muebles, los manuscritos, los documentales sobre ciertos espacios sagrados en la vida de Cortázar estarán allí”.

 La muestra no se centra sólo en la biografía recreada sino que el visitante se encontrará con esos elementos que hacen al fetiche del escritor, que son luego la fantasía del lector fanático de los detalles. Como bien lo subraya Becerra: “¿Qué otra cosa puede pedir un lector fetichista que un encuentro con el halo que produce la mitología personal del escritor que amamos?” Una estela de ese mundo, hasta de ese espacio idealizado en tantas imágenes, de esa máquina donde teclearía hora tras hora para dar una versión y luego otra: por ejemplo, podrán verse las que hizo de Rayuela, ese texto emblema, que lo liga en su originalidad con el surrealismo y con las experiencias lúdicas a las que arriba cuando llega tardíamente a una París que había desterrado el automatismo y se entregaba a nuevos devenires. De esa experiencia, Cortázar despliega ante sus lectores algunos consumos culturales, algunos guiños, que durante mucho tiempo fueron copiados, emulados por fanáticos. Y ese escritor también encandila a los jóvenes porque, como confiesa Becerra, “si hay un escritor fértil que siembra aquí y allá el deseo de ser uno mismo el escritor, ése es Cortázar”.

Sergio Chejfec escribe lúcidamente en uno de los textos del catálogo: “La enciclopedia de Cortázar es tan variada como vasta, y se manifiesta en constantes referencias y alusiones culturales, pero también en el carácter de sus personajes, a menudo voceros de las experiencias o visiones del autor”, y luego agrega: “Narradores y personajes suelen compartir el hecho de ser unos ávidos consumidores culturales, en la medida en que el consumo cultural, vinculado a modalidades idiosincrásicas (…) deriva en una pedagogía moral y estética, cultural, que es la red verdadera de esta literatura, aquello intangible pero real que alimenta las narraciones”.

Por eso, a los consumos culturales que el lector conoce –que ama, porque los menciona Cortázar, no importa que sea en los 60, en los 80 o en 2014­–, los curadores han sumado otras curiosidades que hablan de ese entramado amoroso que nos liga a la biografía de los escritores que veneramos. Un Cortázar paternal, en el recuerdo de Christophe Karvelis, hijo de Ugné, una de sus mujeres, por ejemplo. La narración fotográfica que establece la mirada de los grandes fotógrafos y que lo muestran en distintas situaciones: Alberto Jonquiéres, Alécio de Andrade, Pepe Fernández, el cubano Chinolope que lo retrata en La Habana, con Lezama Lima, Alicia D’Amico, Eduardo Comesaña, Dani Yako y Carlos Freire, que nos trae al último Cortázar junto a Carol Dunlop. Y los retratos de René Burri, Horacio Villalobos, Ulla Montan, donde asistimos a sus transformaciones. Infaltables, los múltiples retratos que Sara Facio hizo de Cortázar, entre 1967 y 1974, que signan también los años de una amistad, en Buenos Aires y París (ver aparte).

Un recinto especial reúne al visitante con la que fuera una de las estancias más amadas por Cortázar, la finca en la Provence. Alejado de París, se instala en Saignon y escribe, escribe y recibe a los amigos, o visita a ilustres como Robert Graves. Ese lugar es reproducido en esta exhibición, y constituye una de las curiosidades destacadas. También llaman la atención las cintas que se reproducen en una pantalla enorme: como esa donde la cámara enfoca el frente de la Galerie Vivienne, otro de los lugares de “pasaje” del cuento que titula la muestra.

Amado, discutido, insoslayable, negado y vuelto a descubrir, Julio Cortázar es innegablemente uno de los grandes de nuestra historia literaria y fundamental en la formación de un lectorado. Porque si están los que valoran sus cuentos por sobre sus novelas, o subrayan su rol de lector refinado por sobre sus escarceos populistas, siempre es, parafraseando al ineludible Borges, “el otro, el mismo”. Y a cien años de su nacimiento y a treinta de su muerte, este homenaje es bien merecido. El museo público más importante del país le abre sus puertas, le crea un cielo. Cielos, cielos, de acá y allá. Bélgica, Banfield, Chivilcoy, Mendoza, París, Saignon, y eternamente Buenos Aires. Cielos como puentes, o como pasajes. O como mejor lo dice el narrador de El otro cielo: “Los pasajes y las galerías han sido mi patria secreta desde siempre”



Juan Fernando Garcia