CULTURA LEON FERRARI (1920-2013)

Creación y compromiso

Fue uno de los artistas plásticos argentinos más influyentes de los últimos años. Reconocido por sus provocativas obras en torno a la religión, la guerra y el poder, en 2004 una retrospectiva suya recibió ataques de la Iglesia Católica –encabezados por el entonces cardenal Jorge Bergoglio–, amenazas de bomba, y parte de sus trabajos fue destrozada por fanáticos. En 2007 fue elegido mejor artista en la Bienal de Arte de Venecia.

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Hay ocasiones en las que el arte, con su merodeo elíptico de la verdad, genera reacciones que sirven para desnudar el verdadero nodo ideológico de una institución. No se trata de un objetivo buscado a priori sino, más bien, de un hallazgo fuera de su ámbito. El artefacto estético inaugura una dinámica exclusiva con lo real. Establece un tramado de tensiones insólito que despierta ecos inesperados. Toda obra de arte, entendida como novedad semiológica, establece un orden fundado en un punto de vista distinto. Todo símbolo termina abriendo las puertas a una nueva idea del mundo; por lo tanto, a una flamante percepción. Ciertas instituciones, es sabido, funcionan como las cancerberas del statu quo; por lo tanto, reprimen, castigan o exigen silencio cuando las voces no entonan el canto que esperan.

En 2004 se expuso en el Centro Cultural Recoleta una retrospectiva de la obra de León Ferrari. Abarcaba un período de producción de medio siglo (1954-2004). En esa muestra se podían ver las líneas que el artista había explorado a través de los años. Por un lado, estaban las esculturas con alambre y los dibujos, obras en las que el contrapunto entre lo lleno y lo vacío determina una caligrafía de trazos concretos pero lo suficientemente abiertos como para remitir al abismo. Y por otro, los trabajos de índole más política, fundados sobre la potencia expresiva de la iconografía de nuestra cultura; entre ellos, se contaba el famoso Cristo crucificado sobre un avión bombardero estadounidense o las estatuillas de la Virgen encerrada dentro de frascos de vidrio. A tres semanas de la inauguración, la jueza Elena Amanda Liberatori se presentó en el lugar y, luego de recorrer la muestra, dispuso suspenderla en forma temporaria. La magistrada hizo lugar, así, a una medida cautelar que había sido presentada el 3 de diciembre de ese año por una asociación religiosa, Cristo Sacerdote, que había cuestionado que la muestra se exhibiera en un lugar público perteneciente al Gobierno de la Ciudad. También se produjeron atentados violentos de grupos ultracatólicos: hubo amenazas de bombas, protestas en la calle y rotura de obras. Al poco tiempo, la Justicia revocó la clausura de la muestra. El fundamento decisivo del fallo fue el de la libertad de expresión: “Una obra como la de León Ferrari se enmarca en una larga tradición de polémicas con las creencias más arraigadas o difundidas. Ante la dimensión crítica del arte, es posible una diversidad de reacciones emocionales e intelectuales, pero ninguna justifica impedir la expresión artística del otro. Cuando se prohíbe dicha expresión, se entra al ámbito de la censura, que no es más que una forma de imponer al otro una creencia, una idea o un valor”.

La obra de León Ferrari, fallecido el jueves 25 de julio en la Ciudad de Buenos Aires, fue reconocida por su calidad, por la libertad morfológica y por su compromiso ético. En 2007, recibió el León de Oro de la 52ª Bienal de Venecia; en 2010, fue distinguido con el Premio al Mejor Artista Internacional vivo por el conjunto de obras presentadas en la feria de Arte Contemporáneo de Madrid (ARCO) en su edición número 29 y, en noviembre de 2012, recibió el premio Konex de Brillante. Pero también fue objeto de polémica y sufrió críticas y ataques de los sectores conservadores. Hay una causa concreta para que ocurra esto: la mordacidad, la acidez y la convicción con que León Ferrari ponía en práctica su credo estético. El claro eje que recorre la mayor parte de su obra es el poder o, mejor, las alianzas, evidentes o soterradas, que usa el poder para organizar estructuras impías que le resulten favorables. Es por eso que algunas de sus obsesiones temáticas han sido las guerras, el sufrimiento de los desposeídos, las estrategias del discurso dominante, la retórica de la hipocresía y la mentira como pilar social.
Con su partida se pierde un artista de una frescura única, cuya obra, de una belleza tan profunda como crispada, combina la furiosa inmadurez gombrowicziana –el juego irreverente y provocador– con la solidez enunciativa propia de las verdades urgentes.



Jorge Consiglio