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A diez años del desembarco en la Ciudad de Buenos Aires, ¿qué caracteriza al sello que imprimió en materia cultural el partido comandado por el actual presidente Macri? Límites y alcances de una política enfocada en el “eventismo”.

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E l patrimonio [cultural] tiene que aprender a ganarse la vida”. La frase pertenece a Teresa Anchorena, pero Pablo Avelluto la reproduce en una de las primeras entrevistas que dio luego de asumir su cargo como ministro de Cultura, dejando traslucir la impronta que le viene imprimiendo a su gestión: la cultura, pensada como gasto, debe encontrar alguna forma de ser autosustentable, máxima que no es, por supuesto, novedosa: está en la matriz cultural del PRO desde sus orígenes y quien la supo encarnar a lo largo de los dos gobiernos de Macri en la Ciudad de Buenos Aires fue Hernán Lombardi, político cuya carrera estuvo asociada en gran parte a la actividad turística.

Cuando en 2007 Macri asume como jefe de Gobierno, lo nombra presidente del Ente de Turismo de la Ciudad, cargo para el que tenía cierta idoneidad, pero también lo nombra ministro de Cultura, luego de descartar, por distintos motivos, las opciones de Ignacio Liprandi y Rodríguez Felder. Esa doble función hizo que, en la práctica, las actividades se fueran fusionando hasta derivar en eso que se conoce como “turismo cultural”, denominación que jerarquiza el primero de los términos.

Pero esa jerarquización –o más bien subordinación– no sólo ha tenido que ver con su formación, su procedencia, sino que además, o a lo mejor principalmente, apunta a resolver la ecuación de la autosustentabilidad del patrimonio y de los bienes culturales. Dicho de otro modo: para que los asientos contables estén en orden, parte de lo que se “gasta” en cultura debe ingresar en concepto de turismo. Así lo considera también Rubens Bayardo, director del programa de antropología de la cultura en la UBA y del programa de estudios avanzados en gestión cultural de la Unsam. “El sentido de muchos eventos culturales es generar consenso e identidad entre la población local y simultáneamente atraer turistas e inversores globales, en suma, capitales”, dice.

Pero como eso no es suficiente para lograr la autosustentabilidad, otro de los rumbos que tomaron las políticas culturales fue el de incentivar la participación del sector privado en la cultura estatal.
En esa dirección, una de las principales medidas de Lombardi fue activar, en 2009, la Ley de Mecenazgo promulgada en 2006, por medio de la cual se habilita a las empresas privadas a patrocinar distintos proyectos artísticos a cambio de una exención de impuestos. De este modo, y mientras en el kirchnerismo la financiación estaba, muchas veces, supeditada a las afinidades ideológicas del artista y regía una lógica en cierto modo orwelliana, en el macrismo los parámetros están más cercanos a las necesidades del mercado y rige, en cambio, una visión huxleyana: un mundo donde todos deben ser felices y donde opera una banalización de la idea de “felicidad” parecida a la que atraviesa los manuales de autoayuda.  

Desde esta concepción, las distintas asociaciones entre cultura y turismo, entre cultura y mercado, dieron como resultado el diseño de una política cultural del “eventismo” o, como dice José Pablo Feinmann retomando a Guy Debord, de la “creación del acontecimiento”, lo que propició, a su vez, una asociación –o confusión– entre cultura y espectáculo. Proliferaron así las “gallery nights”, la noche de las librerías, de las disquerías, de los museos, de la filosofía, de los cafés, y se potenciaron los festivales, previo despido de la mayor parte de sus directores.

En este sentido, Bayardo considera que “la gestión de PRO en Buenos Aires ahondó una tendencia que suele sintetizarse en términos como festivalización, economización e instrumentalización de la cultura. Respectivamente señalan la preferencia por lo espectacular y el evento, la concepción de la cultura como una mercancía más y como negocios, la utilización de la cultura con fines turísticos, económicos, políticos y sociales externos a sus propias finalidades como actividad valiosa en sí misma”, dice.

Pero a esas utilizaciones, además, y según el escritor y periodista Sergio Sinay, también habría que sumarle otra: la electoral. “Lo que se privilegia es lo que pueda ser “cuantificable, exhibible, glamoroso –a veces lo glamoroso se maquilla como ‘popular’– y pasible de traducirse en encuestas. Recitales, y conciertos en plazas, para fotografiar multitudes”, dice, a lo que agrega esas “gallery nights” donde “las obras quedan anónimas a espaldas de los bulliciosos concurrentes”.

Se trata, en general, de eventos a los que se les suele adosar, en la promoción, esa serie de significantes que activan el engranaje discursivo del PRO: el culto a lo “joven”, a lo “nuevo”, al “futuro”, a la “innovación”, a los que se podría añadir ese “entusiasmo” que en el sistema semántico-huxleyano del ontological couch Alejandro Rozitchner se codifica como opuesto al “pensamiento crítico”, lo que para Feinmann genera una política cultural de la liviandad, que es “la liviandad del globo, que vuela, que hay que tener muy bien atado porque si no vuela y lo perdés”, dice, desde una posición ideológica de la que su colega, el siempre polémico Tomás Abraham, se distancia: “Esa idea de que hay una cultura-entretenimiento y otra cultura seria es una pelotudez derivada del weberismo de la primera posguerra, que fue luego amplificada por los plomos de la escuela de Frankfurt. Y para colmo revitalizada por los anarcoseniles de la franja Debord”, dice, y agrega que “resituarla en nuestra pequeña república en el tercer milenio entre cosas como el eventismo y el canal Encuentro no da siquiera para una paja con soda”.

Los que quedan afuera. Ahora bien, esta visión mercantilista de la cultura ha generado también algunas propuestas interesantes, entre las cuales podría mencionarse el festival Ciudad Emergente, que se inició en 2008, o la más reciente Bienal de Arte Joven.

Sin embargo, la contrapartida de esos festivales, como señala el libro Mundo PRO (Planeta, 2015), es que hay una cultura barrial, “no hecha para emerger”, que al mismo tiempo resulta muy castigada, como advierte también Bayardo, para quien esos festivales y eventos “logran exhibir la vitalidad cultural de la ciudad a pesar de los frenos puestos a las iniciativas autogestionadas en teatro, danza, música, artes emergentes, los centros culturales, los clubes de cultura y al abandono de instituciones como el Teatro Colón, el Complejo Teatral de la Ciudad, el Polo Circo”.

Es que, en efecto, uno de los problemas que suele tener esta dinámica del “eventismo” es que deja afuera a gran parte de las expresiones culturales alternativas o, por así decir, “populares” –en el caso de la semántica del PRO, quizás haya que entender lo “popular” como antítesis de lo “masivo”–, expresiones que, durante el kirchnerismo, paralelamente, eran promovidas, pero como espacios de contención, al igual que lo que ocurrió con la escuela. 

Por eso, apenas asumió Lombardi se redujo el presupuesto del programa de talleres en barrios y empezó la ola de clausuras a centros culturales barriales, aprovechando la falta de un marco legal que regulase esas instituciones cuya suerte, en consecuencia, dependía de que hubiera –y no la hubo– una “voluntad política” que no avanzase contra esa vulnerabilidad jurídica.

Frente a esta situación, en 2015 se sancionó una “ley de centros culturales” que puso un freno a buena parte de las clausuras, pero no a todas: los inspectores de la Ciudad no tardaron en encontrar nuevos artilugios legales, algunos de ellos descabellados: al centro cultural Vuela el Pez, ubicado en Palermo, lo clausuraron porque en la entrada había alguien que no estaba inscripto como patovica; en otros casos, la excusa fue “ruidos molestos”, como por cierto está sucediendo ahora también en La Plata.

En este contexto, no se puede dejar de mencionar la toma de la emblemática Sala Alberdi, la feroz represión posterior, y otras medidas como la desinversión en capacitación, el descuido de las orquestas infantiles o la abolición de algunos programas de música, danza, y de muchos espacios donde la cultura no es pensada como una mercancía sino como un instrumento de “desarrollo humano”, concepto con el que Tomás Abraham no parece estar de acuerdo.

–¿Desarrollo humano? ¿Embriones? ¿De qué hablás? La potencia que tiene cada ser humano de ser más de lo que es, de dejarse llevar por la curiosidad y descubrir mundos, de experimentar ¿qué mierda tiene que ver con estas opciones de la puericultura evangélica que busca moralizar?

En cualquier caso, y más allá de las connotaciones morales que, en efecto, ha adquirido el concepto de cultura como instrumento de “desarrollo humano”, para el escritor y periodista Marcos Mayer, autor de El relato macrista (Ediciones B, 2017), Cambiemos parece ignorar esa potencia de la que habla Tomás cuando ésta busca desarrollarse, o pasar al acto, en espacios o instituciones que no se adaptan al estándar estético de las mayorías. “Hay un aspecto de la cultura que Cambiemos no puede comprender: que hay públicos segmentados y con espacios propios”, dice. “La programación de la TV Pública se parece –sin éxito– a la de cualquier canal de aire. El Colón le abre sus puertas a Karina, la Princesita, o a Palito, pese a que disponen de montones de espacios donde poder presentarse. En sentido contrario, pero con la misma concepción, se ataca al Incaa porque financia películas ‘que no ve nadie’, cuando se podría pensar en cómo hacer que se vean en lugar de condenarlas por el delito de lesa impopularidad”.
Al caso del Incaa también habría que sumarle el caso de BAN!, un festival de novela policial que se venía realizando desde 2011 y que, desde entonces, no ha parado de crecer, tanto a nivel cualitativo como cuantitativo.

Según los datos de Ernesto Mallo, el escritor que lo organizaba, en su primera edición tuvo 1.200 visitantes, pero en 2014 esa cifra se multiplicó por diez: recibió 13 mil visitas. A pesar de eso, el financiamiento fue decreciendo edición tras edición, hasta que este año se cortó por completo. “Si un evento sale un millón de pesos y van cien personas, es caro para la Ciudad”, dijo en abril de este año el nuevo ministro Angel Mahler (ver recuadro), una declaración que recuerda a la de Avelluto cuando, en la misma entrevista a la que nos referimos al principio, dijo que las ediciones facsimilares que editaba la Biblioteca Nacional eran un “disparate carísimo”, y que estaba cansado de la “glorificación y las opresiones del pasado sobre el presente”.

Quizás por eso ahora acaba de traer a Plataforma de Ideas al periodista norteamericano David Rieff, quien plantea acabar con la tiranía de la memoria en su reciente Elogio del olvido, y a lo mejor también es por eso que, si bien dispuso la gratuidad de los museos nacionales –que tal vez representan ese pasado opresor–, también les pidió que intentaran ser “autosustentables” y que trataran de tener “autonomía económica”. Para eso, los habilitó a que cobrasen algunas muestras, a que vendieran publicaciones, a que movieran mejor el merchandising, y a que saliesen a buscar nuevos públicos. La centralidad, de hecho, y como señaló Américo Castilla, ex secretario de Patrimonio Cultural –actual asesor de Avelluto–, ya no está en la obra sino en el visitante, a quien tal vez convendría empezar a llamar “consumidor”.
Por supuesto, si eso no alcanza, siempre está la posibilidad de alquilarlos para reuniones de negocios o para eventos. En cualquier caso, la plata recaudada va a una cuenta bancaria del ministerio y luego cada cual recibe lo que haya logrado generar, más allá de las características y necesidades de cada institución. O sea: lo que se premia es una gestión comercial, no una gestión artística.

Pero a esta lógica mercantilista también habría que sumarle la incomprensión de ciertos fenómenos culturales. Por eso no contemplaron, hasta muy tarde, el impacto del aumento de tarifas en los clubes de barrio, o en los teatros independientes, a varios de los cuales –El Crisol y Café Müller, por ejemplo– la política energética se los llevó puestos, y a muchos otros los dejó en estado de agonía.
Para el escritor Martín Kohan, “la relación entre Cambiemos y esto que aquí estamos llamando ‘cultura’ parecería ser más que nada de ajenidad, esa clase de cosas que a alguien no le interesan demasiado y a las que no les presta demasiada atención. O bien, siendo menos optimistas, parecería pasar por ciertas expresiones que deberíamos considerar pseudoculturales: lecturas de la autoayuda, el vocabulario new age. La idea misma de concebir el mundo como una suma de emprendedurismos mercantiles, o la idea de que lo que sea que haya que manejar puede y debe manejarse como una empresa, trae sin dudas consecuencias letales”.

En esa línea, para Tomás Abraham si las políticas culturales del kirchnerismo eran “un pastiche decadente de recuerdos del 70”, las del Pro son “casi nada”.
–No saben qué hacer con lo que llamamos “cultura” porque la idiosincrasia de sus dirigentes es embelesarse con emprendedores, empresarios de éxito, jóvenes higienizados en zona norte, y coachers ontológicos.


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