CULTURA MIRADA DE MUJER

Donde lo fugitivo permanece

La exposición de Adriana Lestido, una de las figuras más sobresalientes de la fotografía contemporánea, plantea una retrospectiva de sus trabajos articulados en un recorrido cronológico. La edición de un libro con lo más señero de su trabajo refuerza la exposición en el Museo de Bellas Artes.

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Y son, sobre todo, mujeres en diferentes etapas de su vida: como madres, como hijas, como presas, como locas, como extrañas. Adriana Lestido configura este universo femenino como una presencia fuerte pero, al mismo tiempo, como una ausencia obvia. Los hombres no están. Por lo tanto, no es una pretensión de la fotógrafa escudriñar los rincones, las camas destendidas, las mesas desvencijadas con pocos platos, los baños y todos los ambientes en la busca de la figura del padre, del marido, del amante, del otro. Ellos no están. Pero tienen una ausencia impactante que se graba en algunos de los cuerpos. Muchos de los nombres están en los tatuajes de las presas, “Andrés te amo”, “Claudio”. Una pátina de blanco y negro recubre los cuerpos de las mujeres y niñas fotografiadas durante más de treinta años que están en el Museo de Bellas Artes y en Adriana Lestido. Lo que se ve, un libro imponente que recopila su obra (Capital Intelectual, 2012). La serie Mujeres presas es de 1991/1992 pero al verla desplegada junto con Madres adolescentes que es de un año antes, la podemos prefigurar. Como un continuum estético y de sentido, los dos grupos de fotos tejen un vínculo íntimo y secreto. Que volverá a reaparecer en Madres e hijas de 1995. Si bien es fácil ver la continuidad por el uso del blanco y negro, la toma directa y toda la artesanía que despliega la artista en su trabajo, esto no lo es todo. En todas ellas, se intuye el desgarro, la grieta. Echadas en el piso o en los catres, las presas ensayan poses de gran belleza sin real conciencia de la posteridad de las imágenes que brindan. Pero no sólo la relación entre sí de estas fotografías es lo que sorprende. Es como si todo estuviera en el comienzo con esa fotografía de 1982, Madre e hija de Plaza de Mayo, en la que Lestido condensa, mejor que nadie, lo público, lo privado, la vida y la muerte. La expresión de la niña con el puño en alto y el pañuelo blanco en brazos de su madre atraviesa los surcos de la memoria y se consagra como indeleble y eterna. El ceño fruncido y la convicción del reclamo se duplican en la cara de la niña y refuerza el dolor en la infancia. Luego de esta imagen, parece decir su obra, fue encontrar esto mismo pero en la cárcel, en el hospital, en el mundo.

¿Por qué tanta tristeza? En gran parte de las fotografías de Adriana Lestido está toda y sin embargo, no es sólo una cuestión de contenido. La temática, por así decirlo, es cruda y trágica. Mujeres presas, madres adolescentes, niños enfermos y hospitalizados obturan hasta las pequeñas sonrisas y los gestos alegres que, también, están aquí. O en El amor, un trabajo en paralelo que comienza en 1992 y va hasta 2005, donde el sentimiento se desata como una de las fuerzas de la naturaleza y arrasa, como un viento huracanado, toda posibilidad de desesperanza. Esto no alcanza para mitigar el desasosiego y explicar la intensidad de sus imágenes: la congoja que desata al verlas, sabiéndolas conocidas. Algo sucede en el encuentro de la mirada del espectador con la de las que habitan las fotos. Entremedio, estuvo la de Lestido que lejos de catalizar el impacto, lo lanza hacia nuestros ojos y nuestra mente. Esa combustión entre ojo que mira, cerebro que entiende y corazón desgarrado provoca el nudo en la garganta, la lágrima que afloja y la angustia en el pecho. No hay razones para pensar en lo deliberado, tampoco en el golpe bajo. Es la vida misma. Lo que se ve. Lo que se tiene.

 

Lo que se ve. Fotografías Se puede visitar hasta el 14 de julio en el Museo de Bellas Artes,  Av. del Libertador 1473  Martes a viernes de 12.30 a 20.30 Sábados y domingos de 9.30 a 20.30



Laura Isola