CULTURA MALAPARTE & LEWIS

Dos cronistas para un mismo desastre

Cuando los Aliados decidieron invadir Italia, en agosto de 1943, creían que la misión sería fácil. Sin embargo, encontraron una sorpresa: geográficamente, Italia no era el punto más vulnerable del Eje y, a pesar de los éxitos en Calabria y en Taranto, el desembarco en Salerno fue la batalla más desesperada que tuvieron que afrontar hasta la fecha. Dos escritores, Curzio Malaparte y Norman Lewis, un italiano y un británico, dieron cuenta perfecta de aquello. Edgardo Cozarinsky revisita ambas voces.

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Foto:Cedoc Perfil
El desembarco de las tropas anglonorteamericanas en la bahía de Nápoles a fines de 1943 fue uno de los episodios más caóticos del fin de la Segunda Guerra Mundial. Estuvo signado por la incompetencia y la imprevisión de dos ejércitos que separaba un idioma común y unía una agresiva ignorancia del carácter napolitano.
Dos crónicas lo registran. Curiosamente, fue un autor más bien oscuro el que obtuvo un resultado literario más rico, y el escritor consagrado el que, con el tiempo, sufre del sensacionalismo de su registro. El primero fue Norman Lewis, sargento británico que necesitó treinta años de distancia para escribir su obra maestra: Nápoles 44. Sus novelas hoy están olvidadas, pero sus libros de viajes, ese territorio inagotable de la literatura en lengua inglesa, sobreviven: A Dragon Apparent pinta un sudeste asiático que la guerra de Vietnam iba a destruir; Honoured Society se interna en la Sicilia de la segunda posguerra, donde los intereses norteamericanos permiten la resurrección de la mafia; Golden Earth preserva impresiones de Birmania antes de que pasara a llamarse Myanmar.
La otra crónica, apenas novelada, la escribió un dandi veleidoso de las letras y la política italiana: Curzio Malaparte. Con seguro instinto periodístico, redactó dos best-sellers inmediatos y truculentos: Kaputt (1944), reescritura de los informes enviados mientras seguía como corresponsal de guerra al ejército alemán en el frente del Este, y La piel (1949), impresiones de la ocupación aliada de Nápoles, cuando actuó como agente de enlace italiano para el comando en jefe norteamericano. Una parecida mezcla de displicencia elegante (y complicidad ocasional) ante poderes enemigos distingue, bajo una corteza tremendista, a sus libros.
El material es casi el mismo. Lo que los separa es la actitud narrativa. Lewis articula disonancias, observa el rapto de frivolidad en medio de la sordidez, registra la degradación con una falta de énfasis que potencia la fuerza del testimonio. Reconoce “la apática V de la victoria en la misma mano alzada semanas atrás en un apático saludo fascista” y empieza a entender que desde hace siglos Nápoles ve sucederse ocupaciones, guerras, monarquías, aun una efímera república, que no alteraron su escepticismo fundamental. Esa ciudad carece de agua, ha sido bombardeada dos veces y sin embargo está invadida por campesinos que buscan refugio; en ella se ofrecen las prostituciones más variadas, se come a los pocos gatos que quedan vivos y una condesa levanta el parqué de su palacio para sembrar papas y verduras. En medio de ese apocalipsis cotidiano irrumpe una visión surrealista: en la luz dorada del crepúsculo, Lewis descubre los tres grandes templos griegos de Paestum, y en primer plano dos vacas muertas, patas arriba, su rigor mortis paralelo a las columnas clásicas…
Malaparte, en cambio, confía llanamente en la brutalidad de su crónica, al mismo tiempo que procura no salir demasiado mal parado en su condición de italiano que asesora al ocupante. Luce un instinto infalible para dar siempre un paso más allá en materia sexual: el padre que cobra a los soldados para inspeccionar la vagina de su hija, “la última virgen de Nápoles”; las madres que alquilan sus hijos a los marroquíes integrantes de una división francesa unida al ejército norteamericano; el travesti que en medio de una casa destripada finge un parto para un público selecto y entre alaridos saca de su entrepiernas la pequeña talla de un ídolo fálico; los talleres que fabrican pelucas rubias para el pubis de prostitutas teñidas, las únicas buscadas por los soldados negros… Un episodio muy citado es el de la cena en honor del comandante norteamericano que había expresado su preferencia por el pescado; le sirven un tesoro sacrificado por el acuario de la ciudad, una sirena hervida, demasiado parecida a una niña muerta como para no hacer desviar la mirada de los comensales antes de ser rápidamente retirada de la mesa. Los servidores vestidos con galas de época no escatiman sarcasmos sobre los modales de los nuevos amos. Todo lo narrado en La piel vibra con la pulsión de un escritor-voyeur. El Vaticano no tardó en poner el libro en su prestigioso Index.
Como otros escritores ingleses, Lewis (1908-2003) fue espía ocasional, de rango modesto, menos útil para los servicios que lo empleaban que para enriquecer su obra con un conocimiento capilar del lado oculto de la política: fue también el caso de Somerset Maugham (Ashenden) y Graham Greene (El americano tranquilo, El factor humano). De origen humilde –su padre conciliaba actividades de farmacéutico y médium espiritista en un suburbio de Londres–, Lewis parece una contrafigura de Malaparte (1898-1957), de su vocación de provocador en el escenario político y cultural. Este pasó de un precoz fascismo dannunziano a un desplante anarquista que lo hizo confinar a la isla de Lípari en los años 30; de allí emergió para visitar la ocupación italiana de Etiopía, para dialogar sin peligro con los enemigos enfrentados en la Segunda Guerra Mundial y afiliarse, como tantos otros, al Partido Comunista en la inmediata posguerra; terminó su vida como maoísta di maniera. El peregrinaje ritual a Beijing fue abreviado por el avance de un cáncer que lo devolvió a una clínica de Roma, donde murió lejos de la faraónica casa que se había hecho construir en Capri y bautizó Casa come me. (Propiedad del productor Carlo Ponti, su escalinata monumental fue filmada por Jean-Luc Godard en El desprecio, por Liliana Cavani en La piel y por Roman Polanski en What?)
A setenta años de distancia, mientras las intervenciones norteamericanas en el mundo árabe se empantanan después de haber promovido la aparición de los mismos terroristas que hoy combaten sin éxito, resulta instructivo comparar dos crónicas de aquellos momentos de agonía para la población civil y de estupor para sus temporarios ocupantes.

Edgardo Cozarinsky