CULTURA EL COSTOSO ARTE DE LA EDICIÓN INDEPENDIENTE


Editores de oficio

Desde flancos muy distintos, PERFIL dialogó con cuatro editores señeros de personalidades marcadas: tanto Jorge Herralde como Daniel Divinsky, así como Francisco Garamona y Damián Ríos, ofrecen respuestas a inquietudes esenciales de la edición independiente; una visión y un negocio en los que Argentina lleva la batuta de la lengua.

PERFIL COMPLETO


Foto:Pablo Cuarterolo
Jorge Herralde lleva casi cincuenta años editando literatura: es casi una leyenda. La leyenda del hombre que supo crear, con muy poco, un sello que, con el tiempo, se transformó en un verdadero faro de la literatura en lengua castellana –Anagrama, por supuesto–, y que no se dejó abducir por los grandes cefalópodos –o CEOs– devenidos, ocasionalmente, editores. Por sus manos pasaron manuscritos de autores de la talla de Roberto Bolaño o John Kennedy Toole.
En esta ocasión, vino para presentar, en la Feria del Libro tres novelas de autores argentinos –Kohan, Jeanmaire y Mariana Enríquez–, y ahora estamos en el primer piso del fastuoso Hotel Alvear, en una de esas amplias salas de reuniones desde cuya arquitectura y mobiliario se propician la distancia, la formalidad y el cálculo: lo que se dice “el clima de negocios”, en resumen. También están Daniel Divinsky, histórico editor de De la Flor, y dos editores de la joven guardia: Damián Ríos, de Blatt & Ríos; y Francisco Garamona, de Mansalva.
Mientras nos acomodamos, el que rompe el hielo es Herralde. De las dos formas más usuales de hacerlo, a saber: hablar sobre el clima, o contar una anécdota con Fogwill; el editor de Anagrama elige esta última. Cuenta que lo vio una vez en la inauguración de un local, cuando volvía de Eloísa Cartonera. “Entonces ahí estaba Fogwill, con su vozarrón, y me dice: ‘¡Herralde! ¿Por qué publicas estas mierdas de libros en tu premio?’. Le dije: ‘Hombre, no me parece que sean tan mierdas... ¿A ti qué te parece Alvaro Pombo?’, ‘¡Qué horror!’, ‘Y Alan Pauls?’, ‘¡Qué horror! ¡Tú deberías premiarme a mí!’”.
Después de las risas, proponemos el primer tópico: la Feria del Libro.
Se sabe que en ferias de otras latitudes –Frankfurt o Guadalajara, por ejemplo– es habitual hacer negocios, arreglar traducciones, compras.
—Pero ¿qué ocurre en Buenos Aires? O, dicho de otro modo, ¿de qué le sirve a una editorial estar presente en la Feria del Libro de Buenos Aires?
Divinsky: Mostrás todos los libros del catálogo. En la época en que teníamos fichas de cartulina, había libros que se vendían uno o dos todos los meses, y en abril ocho, nueve. Normalmente, ninguna librería tiene todo tu catálogo. Hay libros que el librero da por agotados porque no se toma el trabajo de mandar buscar el ejemplar.
Rios: Es cierto, mostrás todo, y además charlás con la gente, pasan amigos, editores, te contactás con libreros del interior a los que a veces se complica llegar.
D: Es la investigación de mercado de las pymes.
—¿Pero se negocia algo?
D: Sí, porque vienen libreros del interior, y sobre todo del exterior, que no los ves en todo el año, a menos que tengas un corredor internacional.
Garamona: Libreros que no tienen cuenta con el distribuidor de uno...
R: Te contactás con otros editores, y hasta en algunos casos hay posibilidad de que se pueda traducir algo.
Herralde: En España hay dos muy distintas. Una es la Feria del Libro de Madrid, que está en El Retiro, y donde es en parte esto: tener todo tu fondo allá, estos libros que en las librerías dicen, por pereza o por lo que sea, que están agotados y no lo están, y entonces viene gente con sus listitas, hay firmas de libros, hay contacto. Y luego está la cosa del Liber, Sant Jordi, que en realidad no ha acabado nunca de funcionar.
—Si en la Feria de Buenos Aires hacemos una panorámica del gran salón, se percibe una síntesis perfecta de lo que pasa en el mercado editorial: dos stands monstruosos, Random y Planeta, y después las editoriales chicas...
H: Monstruosos, y progresivamente monstruosos: ahora ya son un duopolio. Antes estaba el grupo Santillana. Pero como todo proceso de concentración cada vez es más monstruoso. Planeta, por ejemplo, además de ser Planeta, ha comprado no sé cuántas editoriales, y tiene cadenas de televisión, tiene periódicos, tiene todo tipo de negocios: no tiene nada que ver con ninguna de las otras editoriales.
R: Estrictamente no somos lo mismo. O sea, estamos todos en un mismo salón. Pero el modo en que pensamos la edición es distinto. Para ellos la edición, como dice Herralde, es una de las tantas cosas que hacen. En cambio todo lo que nosotros hacemos es edición: trabajamos con los autores desde el inicio de los libros, desde la tapa, después cuando sale el libro lo acompañamos, sabemos lo que nuestros autores leen, lo que no leen, lo que les gusta...
H: Lo que antes se entendía por edición.
R: Totalmente. Y otra cosa que pasa es que a veces las grandes editoriales como Random están teniendo una política de agarrar del semillero a los autores que mejor funcionan en las pequeñas editoriales: los toman, les pagan muy buenos anticipos.
G: Vos sabés que le pregunté a un escritor que se había pasado a otra editorial cuánto le habían pagado, y le pagaron 17 mil pesos... Tampoco es que es mucho dinero. Y además son libros que los ves una temporada y después desaparecen. Nosotros, en cambio, seguimos al libro, lo cuidamos.
H: Este tipo de editoriales como nosotros, en sentido amplio, editamos. Y en muchos casos, los grandes grupos los imprimen y los depositan en las librerías.
—La diferencia entre el editor y el publicador.
H: Exacto.
D: Constantino Bértolo, que es un gran editor, vino acá y dijo: “Lo mío es un almácigo. Yo planto los autores y puedo permitirme perder con ellos. Si crecen y van a dar ganancias, inmediatamente los fagocita el sello del cual dependo”.
H: Yo lo conozco mucho, es muy inteligente, pero es un editor privilegiado. Yo le decía un “editor tolerado”. El era muy amigo de Claudio López, formaba parte del grupo Random y tenía un pequeño despachito en Madrid, con un pequeño presupuesto para editar autores minoritarios, y lo toleraban... hasta el año pasado.
R: Nosotros con Francisco (Garamona) todo el tiempo estamos hablando de los costos de imprenta, cuánto está el papel, porque nunca llegamos con los costos. En el caso de Bértolo, que es un muy buen editor, esos problemas no los tiene. Tiene un presupuesto destinado, que hasta puede desperdiciar.
—¿Hay algún tipo de apoyo estatal para las editoriales independientes? ¿Lo hubo?
D: Las compras estatales en los últimos diez años fueron importantísimas, y a mi criterio muy ecuánimes, y de un surtido muy variado. La última gran compra que hizo el gobierno con fondos del Banco Mundial fueron libros de 75 editoriales, de las cuales 58 eran nacionales, y buena parte de ellas, pymes.
G: A nosotros no nos compraron...
D: La otra cosa que tiene que ver con la Feria, y que empezó también con “la década perdida” –lo digo irónicamente–, es la instauración de las compras de la Conabip, que les paga el viaje a bibliotecarios del interior que van y compran lo que su público les pide.
G: Lamentablemente pide Majul ese público.
D: Pero también otras cosas.
G: Y Mafalda, capaz.
D: No menospreciemos tanto a la gente que compra.
G: Yo no menosprecio: es la realidad.
H: En el caso de España, desde el gobierno del PP, que tiene un desdén absoluto por la cultura, subieron mucho el IVA, y luego cesaron las ayudas, pero durante años lo que había con otros gobiernos eran compras estatales de bibliotecas, y eso sostenía en buena parte a los libreros, y los autores y editores.
—¿No debería haber un fondo estatal de apoyo a ediciones independientes?
R: Yo, como política editorial, lo que le reclamaría a esta gestión primero es que no haya despidos, que haya buenos aumentos de sueldos. Eso de mínima. Por ahora, está haciendo todo lo contrario. Después podemos hablar de fondos, tenemos muchos proyectos que estamos discutiendo en la Cámara del Libro. Pero en principio pedimos que pague buenos sueldos, que no desmantele la Biblioteca Nacional, como ha hecho Manguel, que no puso la cara pero lo hizo él.
H: Pero Manguel se declara inocente.
G: Aceptar ser funcionario y ser director de ahí es participar...
—En relación con los problemas económicos de los que hablaban, ¿hasta qué punto importa el dinero? Digamos, cuando se empieza a vivir del oficio, ¿no se empieza también a pensar dos veces antes de editar un experimento literario?
G: Mirá, hay un montón de editoriales ahora con la invención de la imprenta on demand, que es algo de lo que no estoy a favor: yo cada vez que saco un libro hago mil, dos mil, tres mil, y bueno, el otro hace veinte, y si hacés veinte podés sacar lo que escribió tu abuela en un rapto de inspiración, ¿entendés? No es jugarte demasiado.
H: El on demand es más un hobby.
D: Pero una editorial profesional, seria, como Eterna Cadencia, hace tiradas de 800 ejemplares, que me parece antieconómico.
H: Yo cuando empecé, tirar menos de dos mil era ruinoso. Ahora, en cambio, se pueden hacer 800 a un precio razonable.
G: ¡Y podés hacer hasta uno! Es como una locura.
H: Pero eso ya no es hacer una política editorial; es hacer otra cosa.
—¿Cómo ven ustedes las nuevas herramientas tecnológicas, el libro digital?
D: Buñuel en su autobiografía decía que cuando era joven le ofrecían una hostia y la escupía, pero ya en su madurez decía: “Gracias, no fumo”. Yo con lo digital: “Gracias, no fumo”.
H: En contra de las profecías de hace diez años, que decían que el libro en papel iba a desaparecer, yo creo que era propaganda instigada por los fabricantes de cacharritos. Ahora en la Europa continental el libro electrónico está entre un 4 o 5% de la facturación total, y en Estados Unidos, donde hay precio libre, se ha estabilizado en un 25%, con tendencia a bajar, y con la particularidad de que son libros de género, pero en literary fiction el peso es poquísimo.
D: Hay algo que siempre cito hasta el cansancio: en el año 2000 se hizo en la Argentina el congreso de la Unión Internacional de Editores. Los que aportaron buena parte de la plata para organizarlo eran los fabricantes de CD ROM, que trataban de decir: “Olvídense de esto que están haciendo; esto va a ser totalmente reemplazado”. ¿Y cuánto duró el CD ROM?
G: Nada. Además hay que pensar que son todas herramientas, en el fondo. Hoy podés apretar un botón en una máquina y te imprime un libro que está descatalogado hace mil años.
—¿Y ahora qué está pasando con la derogación de la ley que impedía imprimir afuera? ¿Ustedes dónde están imprimiendo?
G: En Argentina, porque tenemos la mejor imprenta del planeta.
—¿Pero no les resulta más caro que imprimir en... Malasia, por caso?
G: Eso puede ser para libros infantiles, con determinado plástico.
R: Yo prefiero mantener una relación con el imprentero que sabemos cómo trabaja, y además es una suerte de socio: la única posibilidad que tenés de financiarte con alguien.
—Y en relación con los autores, ¿qué criterios manejan cuando les llega un manuscrito?
R: Hay un equívoco que tiene que ver con que mucha gente piensa que un escritor ocupa una parte del tiempo en escribir un libro, y después ocuparía otra parte del tiempo en ofrecerlo a las editoriales, y después otra parte en editarlo, como si fueran compartimientos estancos. Todos esos procesos existen, pero son simultáneos, o porque leíste un adelanto, o alguien te lo recomendó, o por otros motivos. De lo que nos llega a la editorial, el 1% tiene posibilidad de ser publicado, en el mejor de los casos.
—¿Por qué el 1%?
G: Por la cantidad de títulos que ya tenés pactados, y porque sabés por dónde querés ir. Además hay una cuestión de tiempo: uno no puede leer todo. A nosotros nos llegan dos, tres manuscritos por día. Todo el mundo escribe.
—¿Les pasó alguna vez de haberse comido un manuscrito de alguien que luego fue consagrado?
H: No nos consta. Lo que sí, en algunos casos hay escritores que han triunfado comercialmente, pero en un registro literario que no interesaba a Anagrama. Lo que pasa es que hay un alud de manuscritos, en nuestro caso en los premios, in crescendo, debido también a la facilidad de enviar un PDF.
R: A nosotros los libros que más nos interesa editar son los que vamos a buscar.
G: Además, el autor tiene que saber que para publicar un libro debe ir a la editorial, hacerse conocer, comprar algunos libros: no es ir, dejar el manuscrito y salir corriendo.
R: Tener una idea de lo que publicamos...
H: Eso es muy común. De repente recibes manuscritos que no tienen nada que ver con la editorial: es casi insultante.
D: A De la Flor en un momento llegaba tal cantidad de originales que le tuve que dar una instrucción a la telefonista. Le dije: “Mirá, si llama García Márquez por una novela nueva, decile que ya tenemos comprometido todo el plan editorial”.
—Si los libros que más les interesan no son los que les llegan sino los que van a buscar ustedes, ¿cómo conocen autores nuevos?
G: ¡Hay que ir a fiestas!
R: Sí, hay que ir a fiestas, pero no sólo eso: vas a lecturas, te enterás, alguien te lo recomienda. Un libro bueno no pasa mucho tiempo sin que se publique.
G: No es como antes, que el autor podía morir inédito.
H: Yo creo que hay pocas maravillas incógnitas escondidas.
R: Sí, y los mejores libros son los que salís a buscar, los que trabajás durante mucho tiempo. Después, que funcionen o no, eso es otra cosa.

Alejandro Bellotti / Gonzalo Santos