CULTURA ADELANTO: LO NUEVO DE MARIO ORTIZ

Ejercicio inútil e idiota

Alejado de los centros metropolitanos, Mario Ortiz viene construyendo una obra extraña y miscelánea agrupada bajo el genérico de cuadernos, de inspiración wittgensteniana. Eterna Cadencia publica su más reciente material, que continúa esa saga fervorosa del hombre sedentario.

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Foto:Betania Cappato

Cuadernos de lengua y literatura es un texto que ha ido variando con los años, pese a lo que escribe el autor en el prólogo de este volumen con el sugestivo epígrafe “Conectivos temporales”. Allí manifiesta su temor “de que me acusen de reiterativo”, y en el párrafo siguiente advierte: “Ortiz se repite, dirán; Ortiz se duplica como si, por medio de un experimento realizado con esta poderosísima tecnología que es el lenguaje, emanara de mi cabeza una sombra que sería yo mismo que vuelve a escribir lo que ya había escrito un tiempo antes”.

Y es cierto, Mario Ortiz (Bahía Blanca, 1965) se repite, y de eso se trata en parte este libro: de la duplicación, de repetirse en una propuesta y darle una vuelta y otra, como en esa figura que ronda a modo de cita pop todo el texto: el espiral de la serie de TV El túnel del tiempo. ¿Qué es lo que se quiere advertir o dejar en claro? Para contestar este interrogante, hay que remitirse a lo que hacían aquellos científicos de guardapolvo blanco moviendo los controles de esa máquina: tratar de rescatar a los doctores Phillips y Newman, perdidos en una desconocida dimensión. Se anuncia en definitiva que se emprenderá el rescate desde una desconocida dimensión de algo o alguien. Y para ello se usará un artefacto que el sujeto narrativo-poético denominará “homoscopio”, que no es más que una carcasa rota, vaciada de un televisor marca Zenith, que encuentra y recoge de la calle. Restos, imágenes construidas/procesadas en base a restos.
El homoscopio “deja los objetos exactamente igual que si no los enfocara; ni los agranda ni los acerca”. Es una ventana hacia la contemplación de la realidad, hacia la imaginación de mundos posibles y hacia la evocación de sentimientos asociados a objetos/restos. El homoscopio también es esa ventana grande por la que su padre viudo contemplaba su realidad. En un texto atribuido a su autoría cuenta que “estoy en el living de mi casa mirando a través de la ventana y no puedo menos que dar gracias al Supremo por lo que me es darle contemplar”. Este artefacto convertido en lenguaje es el túnel del tiempo que permite evocar a su padre muerto, pero también a un pasado remoto y a un mundo posible.

Estos Cuadernos de lengua y literatura mantienen el espíritu de los anteriores, en el sentido de que los cruza la lingüística, la etimología de las palabras, la elección correcta de éstas para decir o transmitir lo que se quiere decir o transmitir. Es una reflexión sobre el lenguaje, una reflexión “idiota”, como el mismo autor se encarga de aclarar cuando define el origen de la palabra: “Idios en griego significa ‘en sí mismo’”. Estamos entonces ante una reflexión ensimismada del lenguaje, lo que quiere decir que el lenguaje se sume o se recoge en su propia intimidad, como un espiral. El padre ha muerto, ése es el puntapié, pero cómo transmitimos eso sin caer en el cliché y cómo llegamos a incluir este hecho, esta historia dentro de un proyecto mayor. El lenguaje va tanteando, buscando respuestas, y el sujeto narrativo-poético trata de ser lo más honesto posible en esta búsqueda, de ahí que, pese a que podría ser considerado un texto de ficción, este sujeto se resiste a ser considerado narrador: “No soy un narrador y pienso que posiblemente otros encuentren esto mal escrito, pesado, poco original”. Y sin embargo, hay un cuento de ciencia ficción que es un capítulo entero y partes que son poemas, porque Mario Ortiz es conocido como poeta y el primer volumen de Cuadernos de lengua y literatura fue publicado por una editorial especializada en poesía.

Vale la pena aclarar que la poesía es mucho más que un género donde se escribe en verso o libremente; atraviesa géneros, fronteras, formatos, prejuicios. La poesía, suele decirse, es el laboratorio donde se pueden experimentar las innovaciones del lenguaje. Si este “suele decirse” lo aplicáramos como un absoluto, y creo que lo es, Cuadernos de lengua y literatura seguiría siendo poesía. De contrabando o como adentro de un perfecto Caballo de Troya.

En este experimento hay un llamado de la materia, porque tanto la experiencia de la escritura como de la lectura (entendidas ambas como literatura) sean concretas, corpóreas como un escritorio de madera, al cual uno puede golpear y escuchar esos toc-toc, como evocaciones de una historia. Ortiz escribe que materia es una palabra latina que con los siglos se fue deformando “y en España se convirtió en la palabra madera”. De ahí que confiese: “Me quise aferrar a la materia y construir una máquina del tiempo, pero fue inútil”. Sin embargo, para darse cuenta de la inutilidad, por octava vez tuvo que recurrir a la artificialidad (el lenguaje es eso, una construcción), pero no contento con ello, construyó y luego experimentó con un artefacto que pudiera tocar: un homoscopio.

Lo que parece intentar decir es que siempre que se diga o transmita algo con palabras sonará falso. Por más que haya palabras entre sus dedos, eso al fin y al cabo será aire. Nada. O como él mismo escribe: “La muerte también es una palabra”. Todo gira y gira como los espirales del túnel del tiempo: se hace y se duplica, se escribe y se reescribe, es todo y nada, se escoge la palabra adecuada para decir o transmitir cuando “la palabra no expresa nada más que la palabra”. En este dar vueltas está el ensimismamiento, o la idiotez, pero también la inutilidad.



Gonzalo Leon