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El abecé de la ilustración

Por Laura Isola

La muestra “Abecedario a mano”, de Isol, se presenta como un ejercicio de extrañamiento que recuerda que el trabajo de plasmar letras sobre el papel tiene mucho de trazo y sobre todo de dibujo: un arte plástico que se desborda en el infinito del soporte que lo contiene. En galería Mar Dulce, hasta el sábado 27.

Foto:Gentileza Mar Dulce
Si se pide a una persona corriente que defina la escritura, es casi seguro que dará la siguiente contestación: “Eso es la cosa más fácil del mundo. Todos los niños saben que la escritura es parte de la educación elemental y que la expresión ABC indica los rudimentos más sencillos de cualquier materia de nuestro conocimiento. El problema, sin embargo, no es tan sencillo”. Esto lo escribe Ignace Gelb en un libro complejo y fascinante que se titula Historia de la escritura. Allí, entre otras cosas, describe el proceso de aprendizaje del hombre para comunicar sus pensamientos y sentimientos mediante signos visibles, pero que también fueran comprensibles para otras personas. Porque la relación entre la escritura y la lengua fue muy vaga en los primeros estadios. Hasta que la “fonetización” de una etapa posterior fue acercándose y correspondiéndose a una forma más exacta de categorías de habla. La escritura, por fin, se convirtió en un instrumento del lenguaje, “un vehículo por el que las formas exactas de lenguaje podían ser fijadas de manera permanente”. Es casi una experiencia fantástica, casi al límite de lo pensable, imaginar ese mundo casi sin reglas de escritura. O con una escritura independiente de la expresión de las ideas. Una escritura emancipada. Soberana de sus propias letras. Hasta que llegó el alfabeto que, según lo define el historiador y egiptólogo polaco, es el sistema de signos que expresan sonidos individuales del habla y el primero que merece ser llamado de este modo es el griego. El último, en una línea sucesoria, no sólo de la historia de la escritura sino también del arte es el de Isol. Por un lado, Abecedario a mano es un ejercicio de ostranenie. Ese extrañamiento tan precioso que nos enseño el formalismo ruso para volver desconocido aquello tan familiar y cercano. Las letras son dibujos y también, su valor en el sistema que forman. Para ello, en cada cuadro se arma una tríada de belleza e ingenio: las letras dibujadas, en sus formas mayúsculas y minúsculas en imprenta y manuscrita, se corresponden con una palabra y una imagen. Por el otro, las relaciones son inesperadas y certeras. Deudoras de esos comienzos que se señalaban, cuando la escritura poco tenía que ver con su representación del habla, el abecedario de Isol escribe palabras que empiezan con esas letras y que se asocian en su imaginación plena y desbordante de sentidos. La hache lleva por leyenda “Está bien, no me hables”, donde la letra muda vale doble: en el verbo y el silencio que implica la sentencia. Y pasa con muchas otras que juegan con lo múltiple y lo diverso; con un azar controlado que establece conexiones luminosas y realza las imágenes. Son collages y ahí hay otro indicio: en el superposición y el encastre de los materiales, también, hay una clave. No sólo el procedimiento sino la premisa de dibujar palabras y escribir dibujos. Sin repetir y sin soplar. Levantando un viento fresco que haga circular las letras para mezclarlas un poco. Como en una calesita o una hamaca. Ese balanceo que luego se transforma en canto y poesía que sirve para memorizar el alfabeto. La ilustradora Marisol Misenta puso toda su creatividad en volver a nombrar uno de los inventos más increíbles del hombre. Esa economía perfecta de un número muy restringido de signos para tener las infinitas posibilidades de combinación de palabras es, en los collages de esta artista ganadora del gran premio Astrid Lindgren, un deletrear y dar de nuevo.

Redacción de Perfil.com


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