CULTURA PATRICK MODIANO

El arquitecto de París

La Academia Sueca optó por un escritor comprometido en denunciar a los colaboracionistas franceses del nazismo. Vida y obra
del nuevo Nobel.

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Foto:Cedoc Perfil

En 1964, Jean Paul Sartre rechazó el Premio Nobel de Literatura. Más allá de sus argumentos, el filósofo y escritor francés eludía dinero y prestigio, gesto con el que creyó preservarse de las disputas entre los bandos separados por el muro de Berlín. Tal desaire generó una polémica que lo lanzó a la fama más que si hubiese aceptado. ¿Fue una estrategia para redimirse como faro crítico entre los intelectuales comprometidos en lo político? De ser así, fracasó: su legado quedó aterido en la transformación cultural de un mundo que obvia los genocidios validando la peor miseria humana. En la historia de la literatura, el tiempo transcurre en otra dimensión y el ingreso a lo universal está vedado para aquellas obras que no resisten su silente destrucción.

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El pasado jueves, Patrick Modiano, a los 69 años, francés o más precisamente parisino medular, recibió el mismo premio que Sartre. Su obra recurre a la memoria como un mal de cuya transformación deviene el olvido del horror, ya personificado en el colaboracionismo durante el gobierno nazi de Vichy, ya como la dilución de la identidad para amparar lo impune. A cincuenta años del escándalo Sartre, la Academia Sueca reinstala a París como eje cultural del mundo, pero más como alarma que como reconocimiento. Este Premio Nobel de Literatura advierte a la sociedad del Mercado Común Europeo sobre el avance de las derechas y los olvidos de las izquierdas, que en una crisis económica inusual movilizaron al electorado hacia Le Pen, a mirar hacia otro lado en demostraciones flagrantes de antisemitismo y xenofobia, a permitir que los fanatismos religiosos extremistas gobernaran la escena de las representaciones: ya no se trata de ser Invitado a una decapitación, como la corta novela de Nabokov que en 1938 homenajeó a uno de los pocos textos éditos de Franz Kafka, En la colonia penal. Hoy la barbarie del acto mismo es moneda corriente de la comunicación, ahogando todo estilo del arte.

Queda pendiente si Modiano supera tal designio vehicular, también cómo influye el más importante reconocimiento literario mundial en los sistemas culturales de otros premios, en otras lenguas, a tanta distancia como la que existe entre 1968, año en que el premiado publicaba de la mano de Raymond Queneau (y nada menos que en Gallimard) su primera novela, El lugar de la estrella, y estos días en que las ideologías se han tergiversado en el abuso del poder. En un reportaje, decía Modiano: “La política no es más que una torpe simplificación de las cosas. El escritor trabaja justamente de la forma opuesta; trata de mostrar lo oculto, la complejidad”. También puede pensarse que la institución del Nobel actúa de manera conservadora, rescatando el individualismo moralizante, donde la intervención contra la injusticia está ocluida por el repliegue del pensamiento hacia el ser en sí, como una desmovilización de toda posible rebeldía. Es indudable que premios y concursos literarios influencian a los lectores como a las sociedades donde generan prestigio; más allá de las sinrazones políticas de cada región, existe un problema de ética, si es que ésta es aplicable a la valoración de una obra literaria en el sentido de su perduración como ejemplar.

En este último sentido, las 27 novelas publicadas por Modiano van tras el espectro de un continuo fragmentado. Vuelve una y otra vez sobre un conjunto mayúsculo, especie de túnel infinito, que reconoce como Historia, y del que desprende, en cada novela, fragmentos como rescate de pasajes reales de personas olvidadas, como una antología del dolor y la pérdida de identidad a manos de otros tan institucionales como culposos, o generadores de la mayor injusticia, el olvido absoluto, incluso, negando todo rastro de existencia. El constante retorno al pasado tiene que ver con su historia personal. Primer hijo de un matrimonio víctima de la ocupación nazi en Francia, su padre judío italiano y su madre belga, actriz, finalizarán tempranamente la relación con el abandono paterno y la poca atención de una madre abocada a su carrera artística. Nacido en 1945, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, a los 12 años sufre la muerte de su hermano Rudy, dos años menor, un golpe que lo marcará de tal forma que dedicará la mayoría de sus novelas a su nombre. Allí, en esa materialización, la más horrible forma de la pérdida generó una deuda, y la mirada del escritor se desató con inmensa curiosidad sobre la injusticia de lo que no pudo ser, incluyendo la felicidad.

Patrick Modiano buscó un padre, pero no a su padre. Y es indudable el rol de Raymond Queneau, amigo de la madre, en la formación y la orientación artística. Con singular precisión, Enrique Vila-Matas en una nota publicada en el diario El País de España (2009), a raíz de una nueva edición de Trilogía de la ocupación en español, evoca: “Aquel día, mientras caminaban, el sabio Queneau le habló a Modiano de un largo paseo que había dado con Boris Vian hasta un callejón sin salida que casi nadie conocía, en lo más recóndito del distrito XIII, entre el muelle de la Gare y las vías de Austerlitz: la calle de La Croix-Jarry. Queneau le aconsejó al joven Modiano que fuera un día a ver ese callejón. Y después le habló de Francis Scott Fitzgerald, el genio que en su momento había demostrado con El gran Gatsby que era compatible ser extremadamente joven y escribir una gran novela”. Pero tal influencia fue mucho más allá: en alguna medida facilitó la carrera profesional de Modiano, le abrió las puertas del universo editorial y también, como si fuera poco, de la cultura en general a través del cine. Desde 1938, Queneau colaboró con Gallimard como lector, traductor, hasta formar parte del comité de lectura. Además de la amistad con Vian, frecuentaba a Sartre, y en 1951 ingresa, y permanece allí hasta su muerte (1976), en la Academia Goncourt (Société  Littéraire des Goncourt), que otorga anualmente el premio del mismo nombre, ganado por Modiano en 1978 con la novela Rue des boutiques obscures (Calle de las tiendas oscuras). Pero existió un premio anterior, más relevante aun para la temática de sus primeras novelas: el colaboracionismo durante el régimen de Vichy. En 1972, por su novela Les boulevards de ceinture (publicada en nuestra lengua con nuevo título en 2012: Los paseos de la circunvalación) recibe el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa, que con sus cuarenta integrantes atados al prestigio se mezcla con todos los estratos de la cultura, incluyendo amistades con los miembros de la Academia Goncourt. Ese año forman parte de la Academia tres hombres vinculados a la resistencia contra el nazismo: el escritor y crítico Jean-Jacques Gautier, el dramaturgo y escritor Eugène Ionesco, y el nacido en Argentina Joseph Kessel. Este último tuvo fuertes vínculos con el cine: su novela Belle de jour fue filmada por Buñuel en 1967, y El ejército de las sombras, por Jean-Pierre Melville en 1969. Melville, precursor de la nouvelle vague, cultivó el film noir que tanto influyó en Louis Malle. Para tomar dimensión de las relaciones entre cine y literatura en el París de esa época, fue Malle el que adaptó al cine Zazie en el metro de Raymond Queneau en 1960, el mismo director con quien Modiano escribe el guión de Lacombe Lucien, estrenada en 1974, y que cayó como una bomba en la buena conciencia cultural francesa, al punto que Louis Malle decidió emigrar a Estados Unidos para continuar su carrera cinematográfica. Sanados los pudores, con dos novelas más adaptadas al cine y un guión filmado como éxito, 16 años después, Modiano fue jurado en el Festival de Cannes.

El período más fructífero de Modiano comprende los veinte años entre 1981 y 2001: al ritmo de casi una novela por año, publicó, entre otras Una juventud, Barrio perdido, Reducción de condena, Flores de ruina, Más allá del olvido y Las desconocidas. Su última novela publicada en francés es de 2012, y la traducción a nuestra lengua se publicó este año por Anagrama; lleva por título La hierba de las noches. Todo parece indicar que su obra no es menor, pero más a título documental, valorada en su tierra como un registro del pasado que no se puede ni debe obviar. Con desazón y tristeza, domina sus novelas un reclamo a la Francia que colaboró, a la oscura sombra de Francia que actuó en Argelia, y que llegó a nosotros como un eco macabro con el Plan Cóndor: oficiales franceses enseñando sobre desaparición y tortura en el centro neurálgico del Ejército Argentino de la mano del general López Aufranc.

Tal vez la lectura de Patrick Modiano en Argentina abra un camino narrativo que indague en las motivaciones del colaboracionismo durante esa etapa de nuestra historia, faz tan infame como silenciada, repleta de traiciones y complicidades. Esto sería justo, no para sanar (no hay sanación posible en la cultura) pero sí para tener plena conciencia de nuestras limitaciones.



Omar Genovese