CULTURA EXTRAÑOS INQUILINOS

El arte de la escritura

Escrita con un alto sentido musical de la prosa, la primera novela de Matías Alinovi destella en el horizonte de la literatura argentina contemporánea por estar escrita en endecasílabos y acentuada de manera bíblica. Un ejercicio de escritura que se revela, en su aparente sencillez, como el pórtico hacia una verdadera obra maestra.

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Foto:Cedoc Perfil

Entre las múltiples definiciones sensatas sobre lo que es literatura, encuentro un par especialmente satisfactorias y una tercera de perfección absoluta: una, la que sostiene que su ejecución laboriosa consiste en efectos calculados (me parece haberla leído en algún jardín del Descanso de caminantes de Bioy Casares). Otra, estupenda, es la que propone Julio Ramón Ribeyro en ese libro sapiencial y despiadado que conforman las Prosas apátridas, uno de los instantes más altos de la expresión escrita en cualquier lengua conocida: la literatura en esencia como una dominación formal, complicado ejercicio que intenta someter la realidad a la cama de Procusto, de ahí que la diferencia principial entre la creación y la crítica sea la manera en que operan sobre la realidad, puesto que “los críticos trabajan con conceptos, mientras que los creadores, con formas. Los conceptos pasan, las formas permanecen”.

Entre esas dos ideas capitulares, es posible ubicar el libro La Reja, de Matías Alinovi (1972), un texto que, para comodidad de sus editores y lectores semiprofesionales, va rubricado como una novela, pero que en realidad trata de otra cosa, muy otra cosa: el triunfo de la voluntad sobre la forma.

El libro cuenta la historia de una casa quinta ocupada por una familia menesterosa en el partido de Moreno, provincia de Buenos Aires, lo que dispara diversas reflexiones esenciales, sobre todo para aquellos que, como es mi caso, hemos perdido alguna propiedad debido a la voracidad ajena o, por decirlo en términos que satisfarían al Inadi, a la injusticia social. En ese sentido, las preguntas planteadas por el narrador son primordiales: ¿qué compramos cuando compramos un bien inmueble?, ¿hasta dónde nos pertenecen sus paredes, sus pisos, sus cielos rasos?, ¿qué significa ser un propietario?, ¿soy dueño de un lugar o sólo de su usufructo?, ¿cuándo fue de verdad un sitio nuestro?

Tales inquietudes, dignas de figurar como apéndices de una improbable poética penal del espacio, mueven a pensar en el lugar en que nos ubicamos con respecto a los otros en el entramado social; y en ese sentido, la novela disecciona el panorama de cierta realidad argentina con precisión quirúrgica: entre alguien que tiene algo que le roben y los que no tienen otra cosa más que el acto de robar (puesto de esta manera resulta esquemático, pero es al leer el texto cuando el argumento gana en complejidad).

Sin embargo, el verdadero triunfo del texto de Alinovi –el lugar desde donde construye una auténtica obra de arte– es en el manejo del lenguaje, demostrando, sin las afectaciones propias de los poetas que escriben una novela, que es posible escribir narrativa sin un solo gramo de adiposidad, dotando cada palabra de un brillo propio, devolviéndole el poder magnético que posee toda prosa digna de su nombre: la de ser musical y la de ser transparente.

El texto, escrito en endecasílabos, fluye con la naturalidad de una lengua que se sabe sometida, porque la verdadera creación, la más auténtica, es aquella que brota bajo reglas muy precisas, como tan bien lo supo el mexicano Daniel Sada, autor del monumento Porque parece mentira la verdad nunca se sabe (Tusquets).

 En alguna ocasión, hablando con Mauricio Kartún al respecto de su obra El niño argentino, me comentó algo sobre la rima que aplica para el análisis de esta novela: “Lo que propone la rima es el acto creativo básico, que es la relación entre elementos antes no relacionados, y no hay una mejor definición de creatividad. Algo que se relaciona no por una cadena causal, asociativa o disociativa, sino por algo absolutamente azaroso y fuera de sentido, como es la consonancia, obliga a establecer relaciones entre elementos de manera que la cabeza trabaja, diría yo, en el non plus ultra de la creatividad. Buena parte de lo que he descubierto en la obra ha sido a partir de la consonancia. Es algo que te va llevando y de pronto te propone campos de sentido para los cuales no había otra manera de acceder”.

Y es que, si existe el non plus ultra de la creatividad literaria, sólo sucede cuando las palabras son, esencialmente, una imagen acústica, péndulo desquiciado entre el sonido y el espanto: fruto que Matías Alinovi consigue con este libro, ejemplo dignísimo de talento y arrojo en tiempos donde la literatura argentina reciente se encuentra abocada a aburrir fatalmente a sus contemporáneos.

La tercera definición de literatura, la que encarna la perfección absoluta, pertenece a Juan José Arreola: “Literatura es contemplar, en la sopa de pescado, los misterios del fondo marino”



Rafael Toriz