CULTURA MUESTRA

El camarín de las musas

Una exposición reúne alrededor de treinta obras que recorren la producción de Adolfo Prior desde mediados de los 70 hasta la actualidad. La muestra da cuenta de la versatilidad de un artista fundamental, que ha transitado diversos medios y disciplinas, en la búsqueda por ampliar los límites de la pintura.

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Aprendimos a Mijail Bajtin gracias a Julia Kristeva y Tveztan Todorov. En los años 60, estos dos especialistas búlgaros llevaron al ambiente francés las ideas que el crítico literario y filósofo del lenguaje ruso pensó en Problemas de la poética en Dostoievski en 1929. Allí,
Bajtin expresa por primera vez el concepto de dialogismo, antes de ser condenado al exilio interior (fue deportado a Kazajistán) por Stalin por prácticas contra su régimen. Tanto la autora de Historias de amor como el lingüista pusieron en práctica ese concepto al traducirlo y servirse de él para sus propias producciones. Lo que descubre Bajtin es que la novela, de lo que se ocupa, es una gran polifonía textual. El mundo está saturado de palabras ajenas; el escritor tendrá que orientarse en ellas. Pluralidad de voces superpuestas, diálogo permanente en el que se escucha la voz del emisor y todas las voces que trae en su memoria. Enunciados que dependen unos de otros y asumen distintas formas de intertextualidad: la parodia, la ironía y la cita.
Cuando uno ingresa a la gran panorámica que es montaje de la muestra de Alfredo Prior, Al imperio de las musas. Antología personal, las hijas de Zeus y Mnemósine se oyen. Cuando la cronología es débil y poco eficaz para dar cuenta de las obras que están colgadas con exquisito montaje por Gustavo Vázquez Ocampo y que van desde los años 80 hasta un presente muy cercano, el concepto de la teoría literaria cruza el terreno y se instala en esta maravilla que es el universo de Prior. Sus cuadros conversan entre ellos en una ronda perfecta de colores y formas. A su vez, tienen capas de sentidos que los interpelan: esa memoria del artista, esas palabras ajenas que hace propias para transformarlas en osos, santos, napoleones, chinerías, papeles manteca, momentos de la historia, volcanes.
Prior encuentra la cita justa. La que todos deseamos hallar: la menos frecuentada, la perfecta. Napoleón le viene por Anthony Burgess y su Sinfonía napoleónica, la novela que el escritor inglés le dedica al Gran Corso y refiere en la estructura a la tercera sinfonía de Beethoven, Heroica. Ahí sigue Prior y pinta sobre los discos de esta composición. Además, amplía las series y sacude la mitología clásica en Edipo y la esfinge, la historia en versiones europea y latinoamericana como Stalingrado nunca duerme y La entrada de Castro, respectivamente, y los volcanes que, como nuestro Dr. Alt, pinta y escala con su mente.
San Juan Bautista fue considerado el precursor de Cristo, “la voz que clama en el desierto”, que Prior desterritorializa y hace bautizar en el Riachuelo. Porque también de esto se trata: de apropiarse sutilmente, de poseer aquello que no nos pertenece. Ese es el arte de la cita. Tocar en las propias notas aquellas que ya han sido ejecutadas. La maestría, en este caso, es la habilidad que tiene Prior de seguir siendo él mismo, al tiempo que se modela con otras voces. Antología personal que compendia las formas y las vincula; que se convierte en un gran monólogo interior, sinfín de asociaciones, fluir de pensamientos.
Música, palabras, figuras son convocadas como númenes por el artista que se parece mucho al director de un coro, al escritor de un libro. Como decía William Faulkner, “un artista es una criatura impulsada por demonios. No sabe por qué ellos lo escogen y generalmente está demasiado ocupado para preguntárselo. Es completamente amoral en el sentido de que será capaz de robar, tomar prestado, mendigar o despojar a cualquiera y a todo el mundo con tal de realizar la obra”.

Laura Isola