CULTURA ESCRIBE HORACIO GONZALEZ

El carácter inculpatorio y la atmósfera intelectual

Invitado por PERFIL, el director de la Biblioteca Nacional explica su posición –relacionada con los hechos que lo tuvieron como protagonista los últimos días– en primera persona.

PERFIL COMPLETO

Foto:Cedoc Perfil

Hay un sentimiento inculpatorio en la atmósfera intelectual del país, que involucra al lenguaje que usamos para referirnos a los demás y a las reflexiones que habitualmente acompañan todas las afirmaciones que hacemos a propósito de cualquier tema. Hay una disputa por el sentido del Estado que se sobreimprime sobre la conversación que ocurre “allá lejos”, en lo que podríamos llamar la sociedad civil de las palabras cotidianas.

Aquel sentimiento inculpatorio se ha trasladado a todas las esferas donde lo que se habla y se dice debería ser poroso y ajeno a toda crispación. Recuerdo que “crispación” fue un concepto periodístico que se alzó con una palabra del vocabulario común hace un par de años, y le dio un halo de significaciones más allá de su uso trivial: llegó a circunscribir secretamente la palabra barbarie.

Se puede estar en el seno de los debates más decisivos y dramáticos para la vida de una sociedad y una nación. Pero el estilo inculpatorio significa la presuposición de que los que hablan son culpables. Quizás esta situación implique la necesidad de obtener conocimientos nuevos, que muchos no tenemos. Los que practicamos durante muchos años la conversación libre, y usamos moderadamente las “segundas intenciones” (recurso habitual y necesario de todo hablante), deberíamos hacer un curso rápido de readecuación a las nuevas condiciones de la conversación, sobre todo si es la conversación política. Deberíamos entonces anular o estilizar todo lo que forma parte de las “sobras” del lenguaje, haciéndolo formar parte de un cálculo de emisiones, como si hablar fueran los regulados pitidos de una locomotora o las dispersiones de humo de una válvula de escape. Se acabó la melancolía, esa forma del tiempo ido que es lo mejor que tienen nuestras visiones del presente, haciéndolas verdaderamente consistentes.

Así como hay un estilo inculpatorio muy acentuado en la conversación política (en general basada en implícitos y alusiones tácitas, pero fáciles de descifrar), esto se ha trasladado a muchas formas del ejercicio periodístico. No podría ser de otra manera, pues el periodismo es, entre otras muchas cosas, un enorme tejido de oraciones que son la vida paralela de la lengua social y colectiva. No obstante, siglos de debate sobre la responsabilidad periodística no fueron otra cosa que un intento de establecer una suerte de magisterio sobre qué es lo literal de la realidad, qué puede ser glosado, qué puede ser editorializado y cómo deben producirse los montajes (los “titulares”). Este terreno siempre fue un inagotable manantial de malentendidos. La distancia entre literalidad de los hechos, el texto sobre esos mismos hechos y los titulares a que dan lugar son abismos casi de carácter ontológico, es decir, hacen al ser de las cosas. ¿Debe ser así?

A esto se agregan las posibilidades que el periodismo electrónico permite, no a la frase surgida de la redacción visible, sino que se ha creado una redacción en las tinieblas, compuesta (salvo excepciones) por voces anónimas que emanan de la enorme fuerza que contiene el lenguaje en sus zonas más turbulentas, allí donde yacen la injuria y lo soez, fundantes secretos de lo que civilmente se dice. Este descubrimiento ha acentuado el carácter inculpatorio que tiene toda la atmósfera de enunciados que produce una sociedad y su vida política. Compruebo a diario que los resultados del estilo inculpatorio han avanzado en todas nuestras conciencias, y, de alguna manera, todos somos víctimas de esa situación. El estilo inculpatorio afecta a la vida intelectual, cultural, periodística y, en general, a un sentido más elocuente de la democracia. Esto último no debería implicar un trato imputativo entre entidades y personas. Pero ahora este rudo stil nuovo es casi un a priori de la producción de discursos y textos colectivos. Sería mejor parar un cachito. Y pensar si no es más atinado una actitud cultural menos penalizadora de personas, o menos judicializadora de frases ocasionales, o menos basada en la enorme fuerza del implícito capturado como revelación incriminatoria. Si no, corremos el riesgo de construir una sociedad y una democracia de sujetos que se tornan prisioneros sólo por hablar. Y se nos reservará un futuro donde hablar sea sólo una ciencia apta para la producción de titulares.



Horacio Gonzalez