CULTURA

'El Clan' y la teoría de los dos demonios

Por Facundo Falduto | La película de Trapero es una construcción impecable de la posdictadura, pero también permite pensar al próximo gobierno.

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Foto:Cedoc

[Advertencia: la columna revela puntos clave de la trama y contiene spoilers]

1. El Clan, de Pablo Trapero. Drama argentino de 108 minutos, producido por Fox International y El Deseo, entre otros. Con un muy buen Guillermo Francella, poco ayudado por el diálogo, y un Peter Lanzani cuyas limitaciones terminan ajustándose bien a la parquedad que requiere el personaje. Trapero logra una reconstrucción impecable de la Buenos Aires de los ’80 (que, como siempre estamos una década atrasados, parece, vista de lejos, de los ’70). Soundtrack adecuado pero inexplicable: ¿Por qué aparece dos veces un tema en inglés de los ’60 (Sunny Afternoon) en medio de puros hits del rock/pop nacional de los ’80? ¿Por qué no usar la versión de Baccarat de Just A Gigoló? Fotografía excelente. Hasta ahí la ficha técnica, pero, ¿qué nos dice El Clan?

2. La historia del Clan Puccio y su familia es directa, redonda. ¿Hasta qué punto puede ser simple una historia sobre crímenes ocurridos en torno a, pero no durante, la última dictadura militar? Arquímedes Puccio es un militar retirado por la fuerza de las Fuerzas Armadas Argentinas que, spoilers, se encuentra transformado en mano de obra desocupada al finalizar el Proceso de Reorganización Nacional. Es, a la vez, respetable jefe de una familia católica apostólica y romana de San Isidro. Padre de Alejandro, una estrella del equipo de rugby de CASI, con alguna participación en los Pumas; dos hijos también dedicados al deporte que intentan huir del país, y otras dos hijas en roles menores. Arquímedes, junto a Alejandro y otros dos desempleados de la Fuerza, se dedica a secuestrar empresarios (o familiares de), conocidos de San Isidro, compañeros de club de Alejandro, aprovechando la ingeniería social de los vínculos. Los capturan, cobran el rescate, y los asesinan. Es una historia clásica de hybris: Arquímedes intenta seguir con los golpes, a pesar de que su antiguo superior le avisa que ya no cuenta con protección. Un tercer secuestro sale mal. El cuarto se dilata hasta la Policía los descubre, los allana y los apresa. El Clan cierra con un epílogo algo kitsch, que recuerda a Esperando La Carroza, con un tumultuoso griterío final y placas sobre negro que cuentan la historia final de cada miembro de la familia.

3. Sería fácil ver El Clan como una historia de la violencia continuada de la última dictadura cívico-militar extendida en tiempos democráticos. Como una trama de violencia cubierta por “el silencio hipócrita de la sociedad sanisidrense de la época y las instituciones como la Iglesia, el club de Rugby y las propias fuerzas armadas”. Seguramente varias críticas lo vean así. Pero El Clan no aparece en un vacío. Se estrenó en simultáneo con una miniserie sobre los Puccio, un buen libro sobre la investigación que realizó Rodolfo Palacios para la miniserie, y un centenar de notas en todos los medios gráficos y digitales del país. Mirtha Legrand lleva a Francella a su mesa para hablar del caso, Intratables entrevista a parientes de las víctimas en prime time. Un hype que no se justifica solo por el 30 aniversario del descubrimiento del caso. Y si todos los dedos apuntan para el mismo lado, a veces conviene enfocar hacia la mano, el codo y más allá del hombro.

4. Al principio de la película, casi se puede sentir lástima por la pobreza de los Puccio, como familia de clase media-alta venida a menos, que es una de las formas más trágicas de pobreza. Arquímedes es un psicópata, sí, y ni siquiera un psicópata querible, como los que nos gustan a nosotros, como Tony Soprano o Don Draper. En una era prenarcisista, hay más de culpa judeocristiana en la dinámica familiar que de deseo de realización personal. La esposa, Epifanía, y los hijos, están al servicio de la causa mayor, que es la familia, y Arquímedes cree que él también lo está. Pero la religión aparece solo lateralmente: Arquímedes llama por teléfono a las familias de sus víctimas desde un teléfono público naranja de ENTEL, enfrente de la Catedral de San Isidro, sí, y todos rezan en la mesa, también. Pero la institución religiosa no forma parte a priori de la patología criminal. Tampoco el Rugby: hasta el final, aparece como un ente normalizador de las relaciones, pero no se muestra como especialmente violento. ¿Entonces?

5. La violencia. Siempre el tema es la violencia. No hay excesos en el uso de la fuerza en el modus operandi del Clan. Sí, por supuesto, secuestran, golpean, mantienen en cautiverio, matan. La película se promociona como impactante, casi gore. Pero llama la atención una cierta asepsia en los operativos, viniendo de un grupo de exrepresores, y por ende extorturadores. Resulta mucho más violenta y brutal la irrupción final de la Policía, de la represión estatal, del monopolio del uso de la fuerza. Entonces, ¿cuál violencia es la barbarie? ¿Cuál es cuál? ¿Quién es el violento? ¿De dónde viene la violencia?

6. Una lectura posible es contraponer El Clan a Relatos Salvajes. Trapero comenzó a filmar cuando la película de Damián Szifrón ya era una de las más vistas de la historia argentina. En Relatos, la violencia es siempre ajena, exógena, extraña. Hay gentes malas que provocan el mal, en un alumno bulleado, en las instituciones que llevan a la locura a un ingeniero, en una vendetta en el medio de la ruta. La violencia genera violencia, la violencia viene de afuera, la gente buena es víctima de violencia. La violencia son los otros. Otra forma de ver El Clan es en contraste con obras anteriores de Trapero. En El Bonaerense, un cerrajero “de pueblo” es víctima de una cama y debe escapar. Un tío de la policía homónima lo rescata y lo manda a trabajar en la fuerza, en el conurbano. La institución que lo salva es la misma que lo persigue. En Argentina, en especial en el magma allende la General Paz, las instituciones son plásticas. La línea entre la institución y el exterior es difusa. Y a la larga, nada nos salva de la barbarie. Que son los otros, sí, pero también somos nosotros.

7. Arquímedes Puccio es un outsider. La película sugiere lo que su biografía confirma: es un peronista ferviente (fue dos veces funcionario de tercera línea, se sospecha que estuvo en la Triple A) y nacionalista en una San Isidro gorila y liberal. Esa otredad se ve acentuada cuando pasa a ser mano de obra desocupada. Desprecia a la gente que lo rodea, que rodea a su familia, las personas que eventualmente serán sus víctimas. La escena clave es el planeamiento del secuestro de Emilio Naum: Arquímedes se reúne con un informante que lo pone al día de sus movimientos y, sobre todo, de cómo y en qué gasta fortuna malhabida (toda fortuna es, en cierta medida, malhabida). Puccio, insinúa Trapero, se puede ver en sus ojos, no odia lo que Naum posee, sino lo que es. ¿Es ese el origen de su violencia?

8. Una última comparación posible es con Born. El libro de María O’Donnell que narra el secuestro de Montoneros a los hermanos Born en 1975 y que, coincidentemente, salió el mismo año que El Clan, y también es un éxito de ventas. Born es también una historia sobre violencia ocurrida en torno a la dictadura, tal vez causa o consecuencia de ella, pero no durante. Puede ubicarse en el boom de libros de no-ficción-o-más-o-menos sobre la década del ’70. Agotados los temas sobre la propia dictadura, con los juicios a represores rumbo a su conclusión, y con la mayoría de los responsables muertos o presos, ¿qué nos queda? Explorar los resquicios, rascar el fondo de la olla, revisar otros crímenes. ¿Born intenta justificar la teoría de los dos demonios o se limita a contar una historia?

9. El Clan, Born, y hasta Relatos Salvajes miran hacia la neblina de la próxima transición democrática que marcará el fin del kirchnerismo y, de una forma u otra, de su política de Derechos Humanos. Resulta difícil pensar que Macri o Massa continuarían en esa dirección. Daniel Scioli, con más chances de llegar a la presidencia, promete mantener la línea. En cierta medida ya lo hizo en la provincia de Buenos Aires con Remo Carlotto, la “línea blanca” de los organismos, a la cabeza. Pero concluidos los juicios, ya no habrá mucho que hacer al respecto, al menos, de la dictadura. Y es poco probable una eventual persecusión a los “responsables civiles”, que plantearon los sectores más ultras del oficialismo y que afectaría, sin dudas, al “clima de negocios” que (se espera) sobrevendrá con el próximo gobierno. Hay que apuntar la linterna, de nuevo, hacia los resquicios. ¿Cuáles quedarán cegados y cuáles seguirán a oscuras?

10. El Clan, entonces, no es un retrato del horror de la violencia de la dictadura que siguió por sus propios medios. No habla de las supuestas dos caras de una sociedad hipócrita y predemocrática. No intenta plantear otra visión sobre el Proceso, ni refutar unos hipotéticos “dos demonios”. Tampoco indaga sobre el origen de la violencia. Con sus errores a cuestas, El Clan cuenta un solo demonio, una sola violencia, una única víctima. Y no es el que canta Charly García al final de la película, cuando sobre los créditos suena Encuentro Con El Diablo. El demonio somos nosotros. Siempre somos nosotros.

(*) Editor de Perfil.com. Twitter: @elfaco.



Facundo Falduto (*)


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