CULTURA YOKO ONO EN MALBA


El clavo que saca otro clavo

Como parte de la celebración por los 15 años del museo, desembarcó en nuestro país “Dream Come True”, la muestra retrospectiva de la artista japonesa Yoko Ono, nutrida por unos ochenta trabajos producidos desde los años 60 hasta la actualidad.

PERFIL COMPLETO


Foto:Malba
John Lennon no logró que el mundo –del rock, del espectáculo, la vida, en fin– quiera a Yoko Ono. De nada sirvió Dear Yoko, esa amorosa canción; todo Double Fantasy, el disco que hicieron juntos en 1980. Tampoco antes Imagine, los besos, los abrazos, las fotos de Annie Leibowitz, el activismo por la paz, el Bed Peace, el Hair Peace, dos de las encamadas por la paz, pudieron contrarrestrar la pesada carga que la responsabilizó de la ruptura de The Beatles, como si esta mujer pudiera haber hecho tanto ella sola. Pero en un imaginario amplio y colectivo, la viuda de Lennon, esa expresión bien connotada, pervive. Me arriesgo a pensar que aún, en gran medida, al subir la escalinata del Malba para ver su muestra Dream Come True, que inauguró en estos días.
Sin embargo, en el mundo del arte, más pequeño, un tanto menos resonante, cuando se mantiene en sus propias fronteras, en sus mismos circuitos, Yoko Ono (Tokyo, 1933) es una artista conocida y respetada. En todo caso, para ser justos y precisos: ésa es la que conoció Lennon. En 1966, en una galería en Londres, a propósito de una muestra de ella. “Clava un clavo”, decía un letrero, y John le preguntó si podía hacerlo. Ella le dijo que sí, a cambio de cinco monedas. El le dijo que le daba unas cinco imaginarias y clavaría un clavo imaginario. La historia que sigue es conocida: un clavo saca otro, los dos casados, los divorcios conflictivos, la vida en común, el amor hasta los tuétanos, las peleas, las reconciliaciones, el hijo, hasta el asesinato del músico. Las sobrevidas de las viudas de los famosos son siempre complicadas.
Además de algunos objetos, pocos, videos, registros de performances, dentro del museo está esa obra, como una instrucción. Y muchas más que forman parte de una serie que Yoko realizó a lo largo de su extensa carrera. Pomelo (Grapefruit) es el libro de 1964 que contiene el espíritu y las frases en las que se inspira esta muestra, junto con Acorn, una edición que comienza en 1996, especie de secuela de ese primer texto. Por lo tanto, Dream Come True abunda en las instrucciones para hacer cosas en el momento o para la vida misma, el artista como demiurgo y el público en plena participación efusiva.
La decisión curatorial de Agustín Pérez Rubio y Gunnar B. Kvaran, con la anuencia de la propia Ono, es, por lo menos, problemática. Las instruction pieces, así llamadas, están desprovistas de una cronología. También las más radicales y crudas: “Smoke everything you can/ including your pubic hair” (“Fuma todo lo que puedas/ incluyendo tu vello público”). No hay tiempo ni espacio que recupere su origen ni su entorno. De este modo, arrojadas a un campo sin fuerzas, a la pura experimentación, estas obras pierden su potencia transformadora, o el intento de aquello, para volverse un puro continuum de situaciones. En ese sentido, Yoko es menos una artista conceptual de fuerte impronta activista que una abuela que quiere divertirnos, ingeniosamente, y eso sí, enseñarnos que la paz está bien y la guerra está mal.
De la manera en que se puede ensayar un conceptualismo “blando” y poético frente a la dureza de esta misma corriente, esta selección puede caer en un conceptualismo “entretenido”. No es ninguno de los ploteos en los que abunda la exposición, pero have fun (“divertite”) podría ser el leitmotiv. Nada malo para estos tiempos que corren en los que, como refiere Daniel Molina en sus intervenciones de Twitter, “aburrir es lo único que esta época no perdona”.
Hay otra versión de Yoko en esta misma exhibición. Refrendando el esfuerzo de la vanguardia, el de unir arte y vida, dos acciones entran y salen del museo. Por un lado, la convocatoria Arising (“Resurgiendo”), que recibe hasta el 16 de octubre fotos de los ojos y el testimonio de mujeres en situaciones de violencia. Una verdadera acción micropolítica que convierte al museo un 911, extremando los límites entre el arte y la denuncia, entre la vida y la muerte. Por el otro, las intervenciones públicas esparcidas por la ciudad que nos sacuden el polvillo de la rutina y nos proponen desde las más vitales, como “Respira”, hasta las más evanescentes, como “Imagina”. En estos casos, lo simple –siempre tan bienvenido– arroja más de un sentido.

Laura Isola