CULTURA ALEXANDER VON HUMBOLT

El comienzo de todo

Creó una nueva forma de entender la naturaleza y fecundó el diálogo entre arte y ciencia. Anticipó el cambio climático, la ecología y las relaciones coloniales de Europa con el Nuevo Mundo. La vida y la obra de Alexander von Humboldt encuentran en La invención de la naturaleza un correlato a la altura de su leyenda.

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Hasta hace poco tiempo –apenas antes de conocer mejor el tamaño de nuestra ignorancia– hubo viajeros consumados que decidieron explorar las maravillas de un globo de barro vestido de nubes, lleno de plantas y animales prodigiosos, océanos y tempestades con lava corriendo por sus venas y en perpetuo movimiento, en medio de una aterradora enormidad iluminada por el fantasma de estrellas remotas. Viajeros –preciso es llamarles “naturalistas”– abocados a comprender el maravilloso milagro del mundo, ese misterio alucinado que bajo nuestros cielos vio nacer y extinguir a dinosaurios, engendró el lenguaje y las ciudades y nos legó la conciencia y las civilizaciones, que nacen con el signo de la muerte. Entre ellos, el mayor de todos fue Alexander von Humboldt (1769-1859), una voluntad inaudita a quien nada de lo humano le fue ajeno.

Prusiano desdoblado en vulcanólogo, botánico, antropólogo, físico, zoólogo, astrónomo, oceanógrafo, etnólogo, químico, geólogo, climatólogo y, para decirlo en una palabra, humanista en la más grande extensión de la palabra, Humboldt fue un auténtico polímata, cuyos legado y visión dan forma a la ecología contemporánea y al estudio de la geografía.
La ocasión de volver a su figura es la estupenda biografía preparada por la escritora Andrea Wulf: La invención de la naturaleza, un voluminoso tomo escrito no sólo con la pasión sensible de una erudita, sino también con la vivacidad fuera de serie que rodea al personaje.

Considerado por el New York Times como uno de los libros del año, y habiendo ganado ya premios como el Royal Society Science Book, el Costa Biography Book y el Sigurd F. Olson para libros sobre ciencias naturales, el libro de Wurf se encuentra a la altura del biografiado, puesto que la autora no sólo realiza un análisis pormenorizado de la vida y los viajes intelectuales de Humboldt, sino que –algo raro en el mundo intelectual– la suya es una biografía que pone el cuerpo. Durante varios años Wurf visitó los lugares en los que estuvo Humboldt, reproduciendo sus trayectos y, a su manera, continuando los periplos del aventurero con otra mirada sobre el mismo camino: “El libro ha sido un viaje por todo el mundo que me ha llevado a archivos en California, Berlín y Cambridge, entre otros muchos. He leído miles de cartas pero también he seguido sus pasos. Vi las ruinas en Jena, donde pasó muchas semanas diseccionando animales, y en Ecuador, en el Antisana, a 3.600 metros de altura, con cuatro cóndores volando en círculo sobre mí y rodeada de una manada de caballos salvajes, encontré la choza desvencijada en la que durmió una noche en marzo de 1802”.

La intención del libro de Wurf es volver al pensamiento visionario de Humboldt, que sigue vigente en muchísimos campos de la vida cotidiana, puesto que Humboldt no sólo fue el primer científico en hablar de los peligros del calentamiento global ocasionado por el hombre: también fue pionero en considerar a la Tierra como un organismo vivo, donde todas sus partes se encuentran interrelacionadas, una perspectiva que en el siglo XX sería desarrollada por el ambientalista James Lovelock a través de su célebre teoría Gaia, que sostiene que la Tierra funciona como un sistema viviente autorregulado.

A poco que se conoce la vida de Humboldt uno lentamente se va despeñando en los caudales más voraces del asombro y el encanto. A su condición de rico heredero cultivado en las mejores escuelas de su tiempo se suman las consideraciones de algunas de las principales mentes de su época. Goethe, por ejemplo, lo consideraba “una fuente con muchos chorros que manan de forma refrescante e infinita, y nosotros sólo tenemos que colocar recipientes bajo ellos”. Darwin sostuvo que sin él no habría pensado jamás embarcarse en el Beagle ni concebido El origen de las especies. El libertador Simón Bolívar –con quien dialogó fecundamente en Europa– lo consideró “el descubridor del Nuevo Mundo”; el presidente Thomas Jefferson, un botánico amateur absolutamente solvente, llamó al alemán errante “una de las mayores joyas de la época”; Julio Verne utilizó algunas de sus descripciones para construir los paisajes de sus novelas; Chateaubriand admiró su estilo, y también influyó de manera decisiva en escritores americanos como Emerson y Thoreau, así como en un artista tan original y extraordinario como el biólogo y naturalista Ernst Haeckel, descubridor de cientos de especies, divulgador de la obra darwiniana y autor de las hermosas ilustraciones vegetales, animales y marinas agrupadas bajo el nombre Kunstformen der Natur, uno de los trabajos donde ciencia y arte se funden en imágenes de belleza extraordinaria.

Humboldt es también el primer europeo autorizado para visitar las entonces desconocidas colonias americanas protegidas por el Imperio español (estuvo en Cuba, Ecuador, Venezuela, Perú, Nueva Granada), y viajará extensamente por México, de donde extraerá el material para una de sus obras capitales: el monumental Ensayo político sobre el reino de la Nueva España, en el que no sólo descifrará el calendario azteca, sino que también visitará y analizará las minas, escalará y medirá el tamaño de los principales volcanes, conocerá la herbolaria y el saber ancestral de diversos pueblos indígenas, y esbozará un detallado análisis de las terribles e injustas condiciones políticas y sociales implementadas por los españoles, así como su terrible sociedad de castas. Es preciso remarcar que Humboldt, desde la primera hora, fue un defensor tanto de los indios como de los negros, puesto que consideraba las condiciones esclavistas y el colonialismo en el que vivían como los cánceres a desterrar del Nuevo Mundo (recibido con frenético interés por el presidente Jefferson –Humboldt era el rock star de su época–, sus lúcidos y pormenorizados apuntes sobre lo que él mismo llamó “el cuerno de la abundancia” en relación con la Nueva España le serían de capital relevancia al gobierno americano para posteriormente anexionarse más de la mitad de México, puesto que conocerían de primera mano, gracias a las observaciones del alemán, los puntos flacos del territorio). Para Humboldt, la miseria constitutiva del Nuevo Mundo, cuyos estragos nos atormentan hasta el presente, es resultado directo de la barbarie europea.

Posteriormente, y habiendo vuelto a Europa –concretamente a París, capital de las ciencias y las artes de la época–, Humboldt será nombrado chambelán del rey alemán y realizará un viaje por Rusia, que será motivo de un tomo enciclopédico.

Más que autor de una obra, el sabio viajero construyó una auténtica cosmogonía, erigiendo con su obra el mejor gabinete de curiosidades de todos los tiempos. Así lo explica su biógrafa: “Humboldt no pensaba en un solo libro. Preveía una serie de extensos volúmenes bellamente ilustrados que, por ejemplo, mostraran las grandes cimas de los Andes, flores exóticas, manuscritos antiguos y ruinas incas. También quería escribir varios libros más especializados, obras de botánica y zoología que describieran las plantas y los animales de Latinoamérica de forma precisa y científica, además de otras sobre astronomía y geografía”. Humboldt es el científico más acabado en una época en la que el mundo todavía está envuelto en velos de fantasía.

Su obra, publicada durante treinta años en más de treinta volúmenes, comprende prácticamente toda la ciencia –más la estadística– conocida en su tiempo; sin embargo, puede agruparse en dos grandes secciones.

Por una parte, la obra englo-bada bajo el nombre Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente, realizada con su amigo Aimé Bonpland, que comprende el Ensayo sobre la biografía de las plantas, el Examen crítico de la geografía del Nuevo Continente, el Ensayo político sobre la isla de Cuba, el Atlas geográfico y físico del virreinato de la Nueva España y la Vista de la Cordillera y monumentos de los pueblos indígenas de América.

Por otra, se trata de la monumental Cosmos, un hito de ventas en su tiempo que quintaesencia sus saberes como viajante a través de una escritura y una mirada nómadas ensanchando las ciencias de su época a través de la descripción gráfica y exhaustiva del mundo físico, desde prácticamente todas las ramas del conocimiento. Este vasto tratado, publicado en cinco tomos y escrito en la vejez, es la suma de su obra y su pensamiento, haciendo tanto un retrato de la naturaleza como una descripción de la historia de la ciencia entre representaciones de paisajes en el tenor de sus célebres Cuadros de la naturaleza, que eran textos que conjuntaban conocimiento, poesía y ciencia con una profunda sensibilidad artística. De acuerdo con Wurf, se trataba de “un libro científico que no se avergonzaba del lirismo. Para Humboldt, la prosa era tan importante como el contenido, e insistió en que su editor no le cambiara ni una sílaba porque se destruiría la melodía de sus frases”.

Y es que von Humboldt fue el último exponente de una sabiduría que comprendía todas las capacidades del hombre conjugadas en una expresión estética, por eso su visión del mundo –hermosa como un hechizo– no puede sino remitir a los albores de la especialización, cuando aún era posible soñar y hasta saberlo todo. Esa visión ecuménica del hombre, en el presente, ha quedado desbordada.

Otro humanista del presente, Oliver Sacks, ha escrito sobre Humboldt: “No sólo tenía ese cariño manifiesto por el mundo natural, sino que al parecer era también extraordinariamente sensible a las culturas y los pueblos con que se encontraba, algo que no puede decirse de todos los naturalistas e incluso los antropólogos”. Es probable que en esa sensibilidad radique la mayor riqueza de su legado –al margen de comprender la observación científica como la Poética de poéticas–; en comprender que la Tierra y todo su contenido no son un más allá de nosotros, sino una parte constitutiva de nuestro propio cuerpo, siendo como somos pedazos de una vida y una conciencia desbordada en esquirlas luminosas que son en sí mismas partes elementales del universo (rotos y separados hace tiempo, sólo a través del fragmento podemos aspirar en el presente a la comprensión de una totalidad perdida).
Volver a Humboldt, a través de su legado sin igual, vertebra la posibilidad de habitar la realidad mediante una conciencia planetaria que permita imaginar futuros mejores, sin llevar a cuestas una historia de violencia y estupidez cuyos resultados categóricos e irreversibles son ya la degradación y la esterilidad. Con una mirada imantada por la despiadada poesía de lo que existe, Humboldt nos hizo conscientes de nuestro lugar maravilloso dentro de la naturaleza.

Andrea Wurf ha escrito una obra formidable que invita a especular con maneras de la antropología, ensayando formas más fecundas de ser humanos: esas que permiten comprendernos en nuestra verdadera dimensión y riqueza, y que son una manera de asumirnos como parte sustantiva de un universo infinito.n

Rafael Toriz