CULTURA ARQUEOLOGIA DE JOSEPH BEUYS

El corazón más deshabitado

Con un sentido museográfico que desvirtúa la vitalidad que alguna vez tuvo el artista, se presentan en la Fundación PROA los derrelictos de lo que fue Joseph Beuys. Descontextualizado, su trabajo provoca una nostalgia sin objeto en la que el material se presenta despojado de cualquier significado.

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Foto:Proa

Cuenta la leyenda que el 16 de mayo de 1944, Joseph Beuys, que había nacido en 1921 en Krefeld, Alemania, volvió a nacer, y también para el arte. Era piloto de la Fuerza Aérea alemana y eran los tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Su avión se estrelló en Crimea y fue socorrido por los tártaros, que lo curaron, lo alimentaron y evitaron que se muriera de frío con miel, grasa y fieltro. Tres elementos de salvación que Beuys acarreó por sus obras, desde 1955 hasta entrados los 80 o, lo que es decir –ahora sí– hasta su muerte, en 1986. Ese episodio de su biografía se vuelve medular en la significación de su arte: no sólo en los materiales que utiliza sino en la idea de la curación, de la herida y la sutura entre el arte y la vida. Perteneciente al grupo Fluxus, uno de los movimientos de la segunda vanguardia del siglo pasado, Beuys se calza su sombrero característico e intenta pensar, teórica y prácticamente, de nuevo el arte. No sólo en el plano de la realización, las materias primas que vienen de otro lado, el videoarte, las performances y las acciones políticas concretas, sino en la formulación del sentido del artista y su relación con el medio. Por un lado, traza su propia genealogía; tal es el gesto de la vanguardia, con el idealismo y el romanticismo alemán. Y por el otro, a partir de la década del 70 fundó con Henrich Boll la Universidad Libre Internacional para poner “el compromiso del cuerpo social en el arte” y hacer de su idea fuerza, “cada hombre es un artista”, una realidad. Además de una militancia política de características protoambientalistas en ese momento con la organización del Partido Verde Alemán. Beuys no buscaba producir obras sino crear acciones y llevar el concepto de movimiento (que está en Fluxus como “lo que fluye”) a su máxima expresión. Un deseo de nómade que prescinde del lugar: no hay dónde ir, entonces se puede ir a todas partes.

Todo intento de exhibir las vanguardias artísticas es, por lo menos, una paradoja; cuando no, una traición. Tanto las que abrieron el siglo XX como sus predecesoras después de la Segunda Guerra Mundial huyeron del museo, salieron de las galerías y pensaron otra forma de arte. Volver a meterlas en esos espacios que rechazaron, intentar separar el arte de la vida que tanto les costó conseguir, darles marcos (literales o simbólicos), dotarlas de explicaciones, carteles, visitas guiadas, curadores y un público que vaya hacia ellas (y no ellas hacia el espectador) pareciera ser un conjunto de medidas a contrapelo del espíritu avant-garde. Sin embargo, hay algunas opciones para que podamos ver, por ejemplo, la muestra de Joseph Beuys en Fundación PROA. En todo caso, lo que se privilegia al momento de la exposición es no tanto el funcionamiento de ese sistema artístico sino el esqueleto. Las más de cien obras que están allí organizadas como un recorrido por las acciones y preocupaciones del artista alemán congelan el instante y lo reproducen hasta el infinito. Es como si la maquinaria artística revolucionaria que Beuys pensó para el arte de la segunda mitad del siglo pasado se hubiera quedado sin combustible. Detenidas quedaron las piezas con las que modeló un nuevo pensamiento para el arte contemporáneo, y la muestra se vuelve una arqueología del saber. Pero no está mal que hayan perdido el vigor y la potencia, aunque esto sea lo que más llame la atención. O tal vez ya hicieron su trabajo de horadar las conciencias sobre el arte por venir. Quizás ya estén tan incorporadas que puedan formar parte del museo sin que nos demos verdadera cuenta de que son parte de nuestra vida.

Joseph Beuys: obras
Fundación PROA, Av. Pedro de Mendoza 1929. Martes a domingo de 11 a 19. Hasta junio de 2014.



Laura Isola