CULTURA UNA RUIDOSA SOLEDAD

El cuerpo puesto a escala

Por vez primera en Sudamérica, llega a Buenos Aires la obra del artista australiano Ron Mueck (1958), célebre en todo el orbe por sus esculturas desoladas e hiperrealistas. Con curaduría de Hervé Chandès, se exhiben en PROA algunas de sus piezas señeras. Un recorrido por sus huellas digitales, que exhiben uno de sus primeros oficios: ingeniero de efectos especiales en el cine.

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Foto:Cedoc Perfil

Dios está en los detalles” es la frase de Aby Warburg que usa Carlo Ginzburg como epígrafe para deslumbrar con Indicios. Raíces de un paradigma de las inferencias indiciales. En ese artículo de 1986, el historiador italiano le presta atención al método de Giovanni Morelli, que si bien había caído en desuso y con bastante desprestigio, en el siglo XIX había servido bastante para corregir atribuciones a cuadros que eran inexactas. El estudioso del arte firmó los artículos sobre pintura italiana con un seudónimo ruso, Iván Lemolieff, que era más o menos un anagrama de su nombre verdadero. Para saber quién es el autor de una obra, muchas veces sin firma, en mal estado de conservación o repintada, Morelli recomendaba desechar los rasgos evidentes de un pintor y fijarse en los detalles. Los lóbulos de las orejas, las uñas, la forma de las manos y los pies serán, para el historiador-detective, los lugares privilegiados para reconocer al autor. “La personalidad hay que buscarla allí donde el esfuerzo personal es menos intenso”, recomendaba Morelli, y con esto cautivó a Freud, que leyó sus trabajos, cuando era el falso historiador ruso y luego se enteró de que era un médico italiano que murió en 1891. Morelli, como Freud y Sherlock Holmes, prestó atención a lo que pasa inadvertido, a lo insignificante, pero que para ellos es de significación plena. También sabemos por Ginzburg que esta tríada tiene un común denominador: todos fueron médicos y aplicaron un sistema semiótico para diagnosticar las enfermedades que muchas veces no están a simple vista.
En el caso de las obras de Ron Mueck que se exhiben en PROA, no hace falta poner a prueba un sistema de atribuciones para determinar a su autor. Ya sabemos que las nueve obras son de este artista canadiense que nació en 1958 y que de un tiempo a esta parte se ha encargado de revivir el hiperrealismo, aunque con algunas variantes. Este conjunto de obra evidencia, en principio, la importancia de la escala humana menos para seguirla que para metamorfosearla en proporciones mayores o achicarla notablemente. En su ausencia, lo humano está presente. Como si las figuras que Mueck modela con la perfección de un obsesivo, con la paciencia de un maníaco, renunciaran sólo al tamaño. Tomaron de las botellitas que Lewis Carroll preparó para Alicia, ésas que la achicaban o la hacían crecer en demasía. Pero todos estos son sus rasgos distintivos. ¿Dónde encontramos, en las obras del autor de Mujer con las compras, el indicio que nos revele sus impulsos? ¿Cuáles son los datos marginales en los que se puede ver que el control del artista se ha relajado? En las manos, en los pies; allí están cifradas las historias que el artista detiene para congelar el instante: en las de la mujer anciana, con su dedo levemente artrítico y su anillo de casada incrustado en el anular. En la pequeñez de los dedos de la mujer que alza el pesado hato de ramas, o en la mano de la joven que se le retuerce por detrás de su cuerpo. El método Morelli puede usarse, levemente desplazado, para indagar –tal como el joven Freud hizo– en esos datos marginales el núcleo íntimo de la individualidad artística con los elementos que escapan al control de la conciencia. O, dicho en palabras de Freud –en realidad de Virgilio–, en el epígrafe a Interpretación de los sueños: “Si no puedo persuadir a los dioses del cielo, moveré a los de los infiernos”. Pareciera que Mueck está buscando lo mismo



Laura Isola