CULTURA MUESTRA

El diálogo continuo

Réplica de un instante ya mítico, como fue y sigue siendo la galería Ruth Benzacar, la recreación de aquel espacio dentro de la galería que ahora florece en Villa Crespo presupone un juego de dobles en el que el artista visual Jorge Macchi y el arquitecto Nicolás Fernández Sanz demuestran la posibilidad del mundo en el interior de una ballena. Hasta el sábado 15. Imperdible.

Una puesta en abismo. La instalación creada reproduce en escala 1:1 la antigua sede de la galería dentro de la nueva.
Una puesta en abismo. La instalación creada reproduce en escala 1:1 la antigua sede de la galería dentro de la nueva. Foto:ruth benzacar

En el doble está la clave. En Díptico, la gran instalación de Jorge Macchi y Nicolás Fernández Sanz, hay al menos dos referencias: el título y su significación de despliegue del número 2 y el par de autores. El artista visual que es Macchi y el arquitecto que es Fernández Sanz y un curioso trabajo en conjunto que vuelve a subrayar esta idea de la duplicación. Macchi se encuentra con Fernández en el lugar exacto donde se cruzan sus vidas y sus trabajos: la galería Ruth Benzacar.

Las obras del primero están, hace tiempo, vinculadas con este espacio. Es artista de la galería y, para más, lo es desde hace treinta años. Las ideas del segundo son las que transformaron el galpón de Villa Crespo en la nueva sede. Cuando se mudó, después de muchos años de estar en la punta de la calle Florida, en un sótano, frente a la Plaza San Martín. La nueva recolocación de Benzacar, fundada en 1965, fue realizada por el arquitecto: en 2015 terminó la refacción de más de 700 metros cuadrados que habían funcionado como depósito de repuestos industriales. El cambio no sólo fue el tamaño sino, sobre todo, la luz. Una lucerna que estría el techo altísimo de la nave aporta una luminosidad nueva.

Lo que lograron, entonces, es que ambos espacios estén juntos. No sólo en lo inmaterial del recuerdo: Orly Benzacar y Mora Bacal, actuales directoras, son hija y nieta de Ruth, su fundadora. Asimismo, hay objetos y materiales que vienen desde Retiro y se pusieron en Villa Crespo. Lo de juntarlas es literal: hay una maqueta en escala 1:1 que está dentro del antiguo depósito. De madera, con su característica ventilación, sus banquitos y sus columnas, la réplica desplazada de ese espacio interrumpe el volumen despojada de la nueva.

Ya no hay que bajar, como antes. Sólo entrar a las dos: primero a una y después a la otra. La que se le metió en sus entrañas. O se la comió como la ballena a Jonás. Mientras que la leyenda de este profeta habla de desobediencia y de restitución a un destino prefijado, ir a Nínive a predicar el bien, aquí podemos ver el gesto contrario. Benzacar siempre estuvo en Benzacar. Como si nunca se hubiese ido y ahora sólo se materializa, por un rato, para luego dejar el espacio vacío y seguir presente como un espíritu o un fantasma. Sobre esto escribe mucho y bien Mariana Enríquez en el texto que acompaña a la muestra.

Doppelgänger es, en literatura, el doble fantasmagórico de alguien. El “doble andante”, si se traduce término a término esa voz del alemán. El que camina al lado ha servido, desde su primera aparición en el siglo XVIII en el escritor germano Jean Paul, para designar al gemelo, al otro yo, la voz de la conciencia o la otra cara del bien, según las ocurrencias en E.T.A. Hoffmann, Edgar Allan Poe, Stevenson, entre otros. Pensemos ese recurso, por qué no, para este caso. La galería nueva replica en su antecesora menos la fisonomía, muy diferente por cierto, que una tradición y descendencia. Como si en esa operación se suturaran los tiempos que dejan de ser diacrónicos para encontrar su sincronía. Tiempos que se dan al mismo tiempo. El pasado de Benzacar se funde con el presente.

Macchi y Fernández Sanz proponen una puesta en abismo: el doble de la galería original en tamaño real. Una escala absurda que sería el sueño de Zoolander, cuando en una escena de la película se pregunta angustiado cómo van a hacer para entrar los niños en esa escuela tan pequeña, mientras la mira en forma de maqueta a escala 1:100. A su vez, ellos diseñaron la obra completa en las proporciones ajustadas a la escala que se puede ver en la trastienda. La luz que entra por arriba en Villa Crespo le confiere algo que la otra nunca tuvo en Florida al 1000. Por su parte, la que está inmersa contagia de sus recuerdos y ofrece a sus habitantes pretéritos. Quizá sea porque sus autores son parte de ese juego infinito de encastres que han inventado. Cada uno es y está en su lugar: el artista y el arquitecto, en la antigua y la nueva. Como si ellos mismos hubieran sido prefigurados en el origen de todo.


Díptico

Jorge Macchi y Nicolás F. Sanz

Ruth Benzacar.  Juan Ramírez de Velasco 1287

Hasta el 15 de julio

Martes a sábados de 14 a 19



Laura Isola