CULTURA ADIOS A UN GIGANTE


El intérprete rosarino

Los libros del escritor argentino Jorge Riestra (1926-2016) se volvieron de difícil acceso en los últimos tiempos, hasta que a fines del año pasado la editorial de la Universidad Nacional de Rosario comenzó la reedición de toda su obra, caracterizada por el obsesivo cuidado por la modulación de la frase, en función del ritmo y la economía de la narración, y una captación minuciosa de las maneras y las expresiones del lenguaje coloquial.

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Foto:Sebastián Suarez Meccia

Las memorias del antiguo Rosario cuentan que en la esquina de Santa Fe y Entre Ríos, hoy parte del centro de la ciudad, había un hombre que se paraba cada tarde contra el mostrador de un boliche. Era grande, trajeado y de sombrero, y solía estar con la copa o un cigarrillo en la mano. Poco más que un adolescente, Jorge Riestra se dijo que a los 45 años iba a ser como ese hombre, uno que amaba el ambiente del café. Esa promesa fue quizá su primera línea, el punto de partida de la obra que pronto comenzaría a escribir y que consagró a la introducción de un espacio singular en la literatura argentina.

Riestra falleció el 3 de febrero pasado en Rosario, a los 90 años. Premio Nacional de Literatura en 1988 por la novela El opus, premio del Fondo Nacional de las Artes a la trayectoria artística en 2002, sus libros se volvieron de difícil acceso en los últimos tiempos, hasta que a fines del año pasado la editorial de la Universidad Nacional de Rosario comenzó la reedición de su obra, con los dos primeros títulos, el relato El espantapájaros y la novela Salón de billares.

El ámbito de la ficción de Riestra es la ciudad, pero en El espantapájaros (1950) se trata en apariencia de lo contrario. El protagonista, Lázaro Terpi, abandona la gran urbe, vista como un sitio de alienación, y renuncia a la propia condición humana para transformarse en espantapájaros. “La vida se oculta, a veces, en lo imposible”, dice el narrador, y en particular en lo que pasa desapercibido en la existencia corriente. Esa formulación es el anuncio de la metamorfosis, que no remite a un relato fantástico sino más bien a una indagación reflexiva donde Riestra pone a punto las características que distinguen su escritura: el obsesivo cuidado por la modulación de la frase, en función del ritmo y la economía de la narración, y una captación minuciosa de las maneras y las expresiones del lenguaje coloquial, con un preciosismo que lo desmarca de entrada de los registros populistas.

Esa poética funciona a pleno en Salón de billares (1960), fábula urbana que tiene como escenario El Nuevo Sol, “el café de los grandes casinistas, el salón de billares más afamado del país, el museo y, a la vez, la escuela del arte y la ciencia del casín”. En el lugar se reúne habitualmente un grupo de eximios jugadores, la Vieja Guardia, quienes son a la vez depositarios de valores fundados en la amistad y la pertenencia al mismo ámbito. Riestra no hace pintoresquismo ni realismo social: el café constituye un mundo aparte, del que la intimidad de cada uno queda afuera, envuelta en una penumbra que la sustrae a la narración. Uno de los núcleos de la novela es precisamente la confrontación entre el exterior decadente y un sitio que devino en “el símbolo de una manera de vivir cada vez más difícil de encontrar” y que tiene su clave en la camaradería masculina.

La misteriosa aparición de un ex marino alemán, Pachman, y las partidas de casín que entabla cada tarde con Rojas, uno de los concurrentes al Nuevo Sol, desencadenan la historia, y también la leyenda, ya que el narrador cuenta los hechos como quien relata una serie de sucesos que se transmitieron de boca en boca y tuvieron muchas versiones. En la elaboración mítica, de resonancias borgeanas, los jugadores son vistos como arquetipos, representantes de fuerzas que se oponen desde el principio de los tiempos; y también como protagonistas de una rivalidad cuyos motivos permanecen en la sombra, como todo aquello que no está relacionado con el café, y desencadenan un crimen. Los miembros de la Vieja Guardia están ahí también para contener los desbordes interpretativos, ya que observan el duelo desde la distancia que les otorga su maestría y su experiencia de vida.

El exterior se presenta con sus rostros menos amables: la prensa sensacionalista, los policías corruptos, el cinismo solapado en la modernidad. Lo deslumbrante de Salón de billares no está, sin embargo, en el modo en que la Vieja Guardia se impone a las adversidades, sino en el registro incesante de detalles, expresiones y gestos, en la descripción minuciosa de las partidas de casín, en la plenitud del personaje dentro del café, como aquel que observaba Riestra de joven, en una esquina de Rosario. El taco de ébano (relatos, 1962), La ciudad de la torre Eiffel (nouvelle, 1963), Principio y fin (cuentos, 1966), A vuelo de pájaro (cuentos, 1972) e Historia del caballo de oros (novela, 1992) completan la obra de un narrador tan virtuoso como los jugadores que retrató en los billares.



Osvaldo Aguirre